José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
Carmen de Laúd, el nombre como destino / 1
A los diez años, Carmelita
Procedente del departamento de San Miguel Vivazupa, República de El Salvador, Carmen de Laúd llegó a México a las escapadas, gracias a una excursión, y ya en el país le gustó Chilpancingo, donde armó y dirigió un taller de brasieres, un salón de belleza y El Laurel, un restorán legendario por el cabrito dominguero, sus archicargadas sangrías y su casi inmaculada atención. De cuando en cuando, ahí se daban cita poetas y otros artistas para recordar al Quijote de la Mancha y dedicarle sonetos a la exquisita anfitriona… Seguro que, como decía ella, Chilpancingo le encantó por el clima, pero aquí se enamoró, aquí hizo la fortuna que la llevaría a donar varias hectáreas de terreno para una colonia popular, aquí hizo amistades al por mayor, y aquí quedó con su donairosa figura, para siempre.
Carmen de Laúd murió en esta ciudad el 6 de agosto de 2003. Hace diez años. Hace más de quince, Carmelita me dio la oportunidad de entrevistarla para un periódico de Chilpancingo. La titulé: Carmen de Laúd, el nombre como destino. Extensa como una plática con ella y con la misma admiración con que quedó en el diario y en el cuadernillo al que la integré después, dice, como decía, así:
A 45 revoluciones por minuto
En latín, Carmen quiere decir poema, canción. ¿Y Laúd? Pues Laúd es un instrumento de cuerdas de antigua y noble usanza: clérigos y juglares se acompañaban con él para ludir y laudar las virtudes y la belleza de la persona amada, las gestas de los héroes y los milagros de Dios. Quizá después de la visita que haremos a El Laurel, su restorán, el sitio donde la bella Carmelita oficia y canta, constatemos por qué, en nuestro caso, la mítica concepción del nombre propio como destino presume de certera: si a su nombre y personalidad, este poema para laudar, este laúd que canta, junta la voluntad libertaria que la llevó a ser “dueña de su destino”, por donde se le mire y se le trate Carmen de Laúd viene resultando un amplio y dichoso pleonasmo de sí misma.
En 1984 fui a verla a El Laurel, para pedirle una entrevista. Me invitó a una mesa. Una copa de Bacardí. Me habló de mi tío Carlos, de mi padre, y también salieron a cuento mis hermanas. Casi al mismo tiempo, atendía a clientes que entraban al restorán, dirigía a las meseras, pedía más aplicación en la cocina. Tras tres copas, sin despedida de por medio, se dirigió a su recámara y, desentendida de mi petición, me dio, como quien dice, el portazo.
En mayo de 1985 regresé, grabadora en mano, amenazante: ahora sí no me iba sin entrevistarla. Luego que enfocó y me reconoció, me dijo: ¡Qué bueno que vienes! …Te voy a invitar una copita, añadió con cierta picardía. Y mandó poner en la mesa una botella de ginebra y, para variar, volvió a tirar las barajas de mi tío y de mi padre –nuestros temas–, como una pitonisa que no dejara secar el pozo de la memoria, el agua de la vida.
La vitalidad de Carmelita sorprende y emociona. La vida fluye dentro de ella a 45 revoluciones por minuto. Esa tarde, mientras platicábamos, cortaba cebollas cabezonas en rodajas y las rodajas en cuadritos, con un cuchillo de mango grueso y hoja superdesgastada, un hilo de acero afilado que Carmelita aplicaba como bisturí. Sus dedos, delgados, correosos y elegantes, rebanaban cebollas con la firmeza y el arte con que se fincan en el brazo de la guitarra y van allanando el mundo de la música, poniendo un dedo aquí y otro arriba y otro más abajito; la tensión natural de quien hace de algo simple un acto indispensable. Carmelita hacía muchas cosas, y le gustaba hacerlas bien.
–Te voy a dar esa entrevista que tanto quieres –me dijo–. Hermilo, el mismo Hermilo me la ha pedido varias veces, pero le he dado largas. Te la voy a dar, pero no ahora; no, ahora no. Entonces cuándo, Carmelita.
–Que termine este mes. ¡Que termine mayo, que está lleno de fiestas y de flores! El Día de la Madre, el Día del Maestro, el del Estudiante!… mañana voy a ser madrina de un muchachillo, o muchachilla, ya ni me acuerdo –¡no sé qué es!–, aquí cerca en Mazatlán. Me invitaron unos señores: el que me vende la cecina. ¡Excelente cecina la del señor!… Vienes después de mayo, y veremos. ¡Vamos a ver cómo sale esa entrevista!
Carmen de Laúd siempre habla alto. Habla, dijera León Felipe, desde el nivel exacto del Hombre, en nuestro caso de la Mujer. Alto (y el que piense que habla demasiado alto es porque escucha desde el fondo de un pozo), pero bien modulado. Con música: en Sol Mayor. En cuatro mil cuatrocientas cuarenta y cuatro ocasiones he visto a Carmelita quitarle la copa de las manos a un conocido o al hijo de un conocido de ella, y conminarlo a dejar un tiempo la bebida, y su conminación era una arenga encendida. Alguna vez a una mesera le reprochó el mal servicio que estaba dando a unos clientes y hagan de cuenta que estaba yo viendo un parlamento de Electra maldiciendo la mala imagen que estaban dando del restorán y, de paso, a Zeus y otras divinidades del Olimpo.
La insólita discreción con que reprocha a las mujeres su conformismo y dejadez contrasta con la pasión con que dice poemas de amor –de victorioso amor–: una especie de Rey Lear femenino capoteando las tormentosas punzadas del amor y el inexorable paso de los años estoica y alegremente.
Después de otras idas y vueltas a El Laurel, Carmelita me concedió la dichosa entrevista. “Este joven, Pepe, hijo de un gran amigo mío, tiene años pidiéndome una entrevista. Vamos a dársela –le dice Carmelita a Elvira, su dinámica escudera, antes de invitarme a sentar a la mesa. Y empezamos.
La excursión prolongada
Nacida a principios de siglo en el departamento de San Miguel Vivazupa, República de El Salvador, Carmen llegó a México en una excursión, a la que enroló a varias amigas. Una excursión larga: tres meses en territorio mexicano…. Traía ya medio fraguado el plan de quedarse aquí, y cuando llegó la hora de regresar a El Salvador, dijo a sus compañeras de viaje:
–No, fíjense que yo no regreso, yo no regreso.
–Yo me iba a ir a La Habana –me dice a mí–. Porque yo conocía ya Cuba y había dejado buenas amistades allá, pero vino un anuncio que vi, para una excursión a México y como también quería a México dije no, me voy a México. Me conquisté a unas amigas para la excursión; una era viuda y la otra solterona y tenía dinero y les digo vamos a ver el programa de la excursión de la Virgen de Guadalupe y… era el año 36, en ese año vine yo. Bueno, pues le dije a mi marido: Mira Isidro –así se llamaba; ya murió–, yo necesito descansar, me voy a la excursión y doña Rosita y Mila van a ir conmigo. Son mis amigas íntimas y tienen dinero.
“–…Pero yo no tengo dinero para darte –me dice él.
“–Pero yo sí tengo. Yo tengo. Tengo mil colonos.
“Mil colonos eran en aquel tiempo mil dólares. Así valía el colón allá y aquí valía 360 y a mí se me hicieron 9 mil 600 pesos o no sé cuánto, pero era un dineral. Con ese dinero me vine. Eso sí, traía yo tres velices repletos de ropa, y zapatos bien hechos –por mí– y vestidos para coquetear. Así es que donde yo me paraba –y me paraba así…–, el impacto: bien vestida, bien peinada, y ¿de alhajas? No traigo, aquí mi anillito de brillantes. A mi marido le quedó la casa intacta. Salí y sólo eso saqué yo del hogar. Dejé todas las máquinas… Porque yo tenía un taller de modas –aquí también lo puse–. Se confeccionaban vestidos, se forraban botones, hebillas, se hacía trutrú, tenía mi radio de acción, mis costureras…
“A esas amigas mías las engañé… ¡Y a mi marido! ¡A todos los engañé! Cuando tocó regresarnos, le dijimos al de la excursión que nosotros nos íbamos a quedar tres meses aquí, y fuimos a Gobernación y arreglamos eso. A los tres meses teníamos que irnos para El Salvador. Dicen ellas: vamos a arreglar las cosas para irnos; yo les dije: No, yo no regreso, yo me voy a quedar. Yo me quedo aquí. ¡Y el drama!:
–Pues fíjese Carmela que yo no regreso sola –me dice una de ellas que era mi comadre. Y la viuda:
–Eso nos hubiera dicho usted. Mire Carmela, es usted una mujer totalmente insensata, cómo va a dejar su hogar, a su marido…
–¡Es que ustedes no saben!… –les dije.
–Pero si mi compadre Isidro… No, Carmela…
–No, qué vamos a decir de usted –dice la viuda, y Usted no diga nada, usted es una mujer hecha y derecha y no va a decir nada. Yo me quedo aquí y yo me quedo y ya no regresé y después me escribían a esa dirección y nunca contesté y busqué trabajo, porque el dinero se acabó y…
Y Carmela vio en el periódico el anuncio de un trabajo en Pachuca, donde solicitaban a una peinadora, y para Pachuca se trasladó. A la primera que peinó en la Bella Airosa fue a la mujer del gobernador Rojo Gómez, “una mujer sencilla, no tenía el aspecto de señora, ¿verdad?, era como de tipo vulgar, tan buena, tan santa esa mujer”… Iba rumbo a Acapulco, pero el clima de Chilpancingo le encantó y decidió quedarse a vivir aquí.
Como amo ni Dios es bueno
La verdad es que a estas alturas de la tarde Carmelita ya me ha detallado partes de su nueva vida con cierto dejo de nostalgia pero al fin de cuentas rematando con el toque de libertad y satisfacción que la caracteriza. Que si en Michoacán se interesó de un hombre, que si ya divorciada tuvo algunas intimidades amorosas, que si acudió a una escuela de peinado porque siempre le gustó estar actualizada o que si cuando parece encarrerarse para contar una aventura romántica que vivió prefiere dibujarnos tres frustrantes puntos suspensivos en el oído, describiéndonos sólo el entorno donde aquello pasó…
“Yo quería ser artista de cine –dice– y me fui a los estudios y estuve de extra en una película que se llama A la orilla de un palmar, y ahí estoy de jarocha yo, fumándome un puro de mentiras. Pero cuando vi cómo se hacían las películas, que se repetían una misma escena veinte, treinta, cuarenta veces… yo no sirvo para esto, dije, yo mejor mis peinados. Llegué a maquillar a algunas extras. Había feas, sí. Hoy quiero maquillarte, les decía, te voy a maquillar como yo sé maquillar, y nos hacíamos amigas. Y querían que yo fuera a arreglar a las artistas, no a las estrellas, sino a las extras. Pero era cosa de estarlas esperando y esperando, y no, mejor me voy al salón de belleza, ahí yo hago lo que yo quiero, allá no tengo amo. Yo que siempre he dicho que como amo… ni Dios es bueno. Estoy feliz así como soy. Así vivo. Aún hoy soy feliz.
Me gusto como soy
–De veras, Carmelita. Usted da la impresión de estar contenta consigo misma, de que se gusta así como es…
La pregunta no llega a pregunta, pero la respuesta es espléndida:
–Sí, me gusta como soy, como he sido –dice Carmelita–. Piel, color, voz, alma, ¡vida! Mi vida me gusta, mi manera de ser. No cambiaría nada. ¡Toca!… –me invita, como acordándose de algo al tiempo que alcanza mi mano y la lleva volando hacia su brazo que obedientemente medio acaricio: –Sí –digo-, tiene la piel muy suave…
–¡Suavísima! –dice ella.
–¡Por eso me querían los hombres! –agrega con dramático lirismo-. Piel de seda, de… no me cambiaría por nadie.
–Poca gente se anima a decir eso, así en público –balbuceo.
–Muy pocas –subraya Carmelita–. A un guiso una le echa un montón de yerbas o de chile y se arregla, pero con las personas es distinto. “Le falta sal y le falta sal” y le echa una sal y se arregla también. ¿Pero la persona?… ¡Y si es mujer es peor! Bueno, te lo voy a decir, ái va: las mujeres –que yo también lo soy– somos un enigma… hasta para nosotras mismas. Así somos, considero yo que las conocí tanto cuando tenía un salón de belleza; trataba con casi puras mujeres y nunca las encontré felices. Se contradecían ellas mismas, o se quejaban de que el marido roncaba y… y ¿que el hombre ronca y no lo dejas? –les decía yo–. No, yo lo cambiaría por otro. No, pero qué voy a hacer con mis hijos. Ah, entonces atiéndelo, él es el que da para comer y sostener y para que vengas al salón de belleza –y ah… pero es que también tengo que andar guapa o quitarme todo lo feo o lo que sea, me decían, ¡pero nunca estaban contentas! Que si era en una fotografía, ah no, salí muy fea, ay yo no soy así, pero no se buscaban una razón para conformarse o para modelarse de ellas mismas. Nunca.




