Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
Dilema
Qué difícil resulta definir una opinión y sostener una posición con relación a las movilizaciones ciudadanas de autodefensa y sus policías comunitarias. Al menos difícil me resulta a mí y, me consta, a la mayoría de mis cercanos cotidianos.
¿Cómo no apoyarlas si se comparte el miedo, la incertidumbre, el cansancio, la desconfianza y la irritación? Pero, ¿cómo apoyarlas si se anhela la paz, la gobernabilidad, el orden, la armonía y la legalidad?
¿Cómo coincidir con los que las rechazan y desacreditan sin duda ni vacilación, si lo hacen cáusticos, prestos y animosos en la injuria, la difamación y las peores sospechas… en contra de los movilizados y sus policías? Pero, ¿cómo coincidir con los que las apoyan y avalan sin duda ni vacilación, si lo hacen iguales en la beligerancia, el resentimiento, la imprudencia y las peores sospechas… en contra del gobierno y sus policías?
Estoy seguro de que al gobernador Ángel Aguirre le resulta aún más difícil definir opinión y asumir posición al respecto, atrapado en medio del abierto rechazo y antipatía del gobierno federal hacia los insurrectos, y la disposición firme y la acción decidida de sus paisanos armados.
Estoy seguro de que el gobernador entiende al primero, aunque no comparta su hostilidad, tanto como de que también entiende a los segundos, aunque no comparta su beligerancia desafiante.
Seguro de que a Ángel Aguirre lo obliga y presiona su amistad personal y conveniencia política con el presidente Peña Nieto, tanto como lo obliga y presiona su responsabilidad personal y compromiso político con el pueblo guerrerense.
Es gobernador y como tal debe escuchar, atender y defender la voz y voluntad de sus representados, como lo son los ciudadanos y comunidades que se movilizan para autodefenderse y nombrar a sus policías. Pero como gobernador también debe cuidar, preservar y procurar el Estado de derecho, las instituciones públicas, la aplicación de la ley, el diálogo y los acuerdos.
Para eso fue electo por los guerrerenses y por eso los mexicanos elegimos a nuestros gobiernos.
Resulta muy fácil criticar movimientos sociales como estos, acusando intereses escondidos, manipulaciones perversas, alborotos maquinados. Los movilizados y sus policías son guerrilleros, delincuentes, peones de otros, dicen.
Tan fácil como también resulta aplaudirlos acusando de lo mismo a sus opositores. El gobierno y sus policías son corruptos, cómplices, incapaces, peones de otros, dicen.
Es cierto, muchos de los que hoy demandan al gobierno sensibilidad, tolerancia y negociación, mañana lo señalan por débil, omiso e ineficaz; como también es cierto que muchos de los que hoy demandan al gobierno uso de la fuerza pública y castigo a los transgresores, mañana lo señalan por represor, autoritario e intolerante.
Lo peor es que ni unos ni otros saben, pueden o se atreven a decir cómo podríamos salir de este intrincado laberinto.
Hace poco, un par de amigos y yo reproducíamos la misma conversación que casi todos los días se escucha de casi todos en casi todos lados: la violencia galopa, los malos ganan y el gobierno y sus policías nada y poco pueden o nada y poco quieren hacer para contenerlos; repetíamos rumores ciertos y falsos que se repiten hasta el cansancio acerca de la terrible inseguridad, la ola de crímenes y el deterioro moral de las autoridades.
En síntesis, que las cosas están de la chingada.
Luego de un rato, en un desplante, confieso que más malora que valeroso, les aventé de pronto las preguntas obvias que pocos quieren hacer y menos pueden y saben responder: si las cosas están de la chingada, ¿qué hacemos y por qué no hacemos algo para componerlas?
Fin de la conversación… y es que resulta tan difícil definir opinión y sostener posición, que pa’ qué gastar saliva teniendo la boca tan seca.
Los únicos seguros que tengo, son tres: uno, seguro que es admirable el valor y la dignidad de los que se atreven, con honestidad y buena fe, a movilizarse para defenderse, de los pocos que se atreven a romper el silencio con algo más que palabras, como los comerciantes y empresarios de Chilpancingo; dos, seguro de que el error más grave que puede cometer la autoridad es negar lo innegable, discutir lo indiscutible, ocultar lo inocultable: el derecho y la necesidad de los ciudadanos a exigir más seguridad y mejores policías.
Y tres, seguro de que el problema que enfrentamos define bien el significado de un dilema: “Argumento que consiste en plantear dos proposiciones contrarias para llegar a la misma conclusión”.




