Víctor Cardona Galindo
PÁGINAS DE ATOYAC
El Plan del Veladero
(Séptima parte)
El 28 de octubre de 1926, se libró un feroz combate entre vidalistas y las fuerzas del coronel José Merino Bejarano, que salieron derrotadas en el arroyo del Morenal. Los viejos de Los Valles todavía recuerdan cuando el agua del arroyo bajaba roja de tanta sangre y al sepultar los muertos, no cabían en las fosas, quedaban con los huaraches de fuera y los zopilotes les comían los pies.
Las cosas se pusieron más difíciles después de esta batalla, por eso Amadeo Vidales cambió su campamento al Fortín del Cerro Plateado. Dice José Carmen Tapia Gómez que “la vida de los campesinos de La Costa Grande guerrerense está profundamente ligada al cerro Plateado, que fue ocupado por Morelos y Galeana en tiempos de la lucha por la independencia y en donde, más tarde, se llegó a decir que Zapata y Villa organizarían un congreso”.
También arriba del Fortín está un lugar que se llama la Piedra del Diablo, hay vestigios de un pueblo antiguo y muchos árboles frutales. Se dice que durante mucho tiempo se refugió ahí el insurgente Vicente Guerrero y menciona una leyenda que algunos revolucionarios calentanos escondieron en ese cerro parte del tesoro que robaron en la aduana de Acapulco.
Antes de ese histórico combate, los vidalistas que se refugiaban en la espesura de la selva cafetalera asestaban cotidianamente golpes a los federales que no sentían lo duro si no lo tupido. Por eso los soldados comenzaron a quemar los pueblos y a cortarles las trenzas a las mujeres que encontraban en la zona del café, eso enfureció a los pronunciados y les pusieron una emboscada en la cañada del arroyo de El Morenal. El lugar era conocido así porque había muchos árboles de moreno.
Felipe Reyes fue el primero que tiró. Fue una batalla sangrienta, los vidalistas acabaron casi con todo el regimiento, quedaron muchos muertos, algunos que sobrevivieron a la balacera fueron colgados en los alrededores de Los Valles. Victorina Romero Cabañas comentaba que el arroyo del Morenal bajaba rojo, porque en su cauce quedaron muchos heridos que se desangraban, algunos se acercaban a tomar agua y ahí morían. Con el paso del tiempo y como testigo de aquella fecha quedó un conjunto de cruces esparcidas por el lugar.
Se recuerda que después de la refriega escaparon un capitán, un sargento y un corneta, pero les dieron alcance y los mataron en el camino al cruzar el Arroyo Grande. Fueron muchos los muertos. Los vecinos de Los Valles hicieron una gran fosa en la entrada al pueblo, donde enterraron a los muertos. Por unos días una pestilencia se mantuvo en los contornos de la comunidad y los que pasaban por ahí sentían que el mal olor los perseguía hasta llegar a la ciudad.
Las historias de los viejos recuerdan a Felipe Reyes, esa mañana de aquel 28 de octubre con su sombrero de palma, vestido de manta, con huaraches de cuero crudo, echando en su “matate” cartuchos de cerrojo, unas gorditas de manteca y polvo de árnica para curar las heridas. El héroe de esta batalla salió silbando a sus compañeros que se despedían de sus mujeres y salían rumbo al Morenal. En sus jacales techados con hojas de pito ellas lloraban quedito, mientras se escuchaba el intenso ulular de cuernos que llamaban al combate.
Domingo Benítez Jiménez narró: “Muy temprano los federales llegaron a la comunidad de San Andrés de la Cruz, a las cinco de la mañana, tomaron prisioneras a las mujeres y las raparon. Les exigían que les dijeran a dónde estaba Amadeo Vidales y sus hombres. Después los soldados procedieron a matar a todas las gallinas para saciar su apetito. Luego se dirigieron hacia la comunidad de Los Valles, pero en el camino ya les tenía preparada una emboscada el grupo de Amadeo Vidales, de tal manera que al pasar la curva les hicieron fuego, cayendo de inmediato el guía que llevaban… el otro que cayó con él, fue el teniente de infantería que comandaba la columna, el resto de los soldados se dieron a la fuga en desbandada tirando sus rifles y gritando para identificarse con sus compañeros, así fue como se escribió la historia de ese aciago día para los federales”.
El cronista de Atoyac Wilfrido Fierro asegura: “Fue el día 26 de octubre de 1926 durante un baile en Atoyac cuando el general Fox ordenó reanudar la persecución de los rebeldes, correspondiendo al coronel José Merino Bejarano entrar en acción, subiendo a la sierra y cogiendo a su paso a los pacíficos: Crispín Rojas, Félix Castro, Eugenio Pinzón, Emilio Mesino que sirvieron de guías en aquella acción militar internándose hasta el poblado de Los Valles, pero al seguir hacia El Rincón del Limón fue combatido tenazmente por los vidalistas en el Arroyo del Moreno, el 28 del mismo mes, ocasionándole numerosas bajas”.
Francisco Gómez Dionicio recuerda: “Amadeo Vidales salió de Los Valles en la mañanita y los soldados llegaron a las once de la mañana. A Felipe Reyes le tocó abrir fuego. Los del gobierno llevaban cuatro guías que iban por delante. Amadeo le dijo a Felipe Reyes que dejara pasar a tres y le tirara al cuarto porque ellos tenían la información que sólo eran tres pacíficos, y al cuarto Felipe Reyes disparó y mató a Crispín Rojas que iba de guía obligado por los militares. Atrás iba un capitán que también murió al instante. Luego se cerró el fuego”.
En Los Valles únicamente estaban las mujeres y los niños. “Se escuchaba un solo bugido de tanto disparo cerrado –recuerda Pancho Gómez– quien dice que después del combate los niños jugaban con pedazos de madera imitando los disparos del cerrojo copetón que suena dos veces, cuando dispara y cuando pega”.
A las dos horas los primeros soldados heridos llegaron a Los Valles. El curandero Fidel Martínez no se daba abasto de curar tantas heridas de bala, con lo que tenía a la mano. Durante muchos años, en el solar de Pedro Gervasio, estuvieron dos sepulturas que fueron borradas por el tiempo. También en el camino de Los Valles a Mexcaltepec quedaron muchos enterrados. En la refriega murieron también los guías Félix Castro y Eugenio Pinzón quienes fueron asesinados por los federales. Emilio Mesino se escapó de milagro porque se evadió entre el monte durante la balacera.
Escribe Wilfrido: “En aquella dura situación Merino se repliega buscando la salida hacia Los Valles, en donde fue sitiado, viéndose obligado a pedir refuerzo al mayor Lázaro Candelario que se encontraba en Atoyac. Al enterarse de los hechos el mayor Candelario, salió inmediatamente a aquel lugar logrando salvar a Merino de que fuesen aniquiladas sus fuerzas y quizá hasta de que cayera prisionero. Los rebeldes siguieron atacándolo rudamente, teniéndole avanzadas en todo el camino hasta que regresaron a Atoyac, haciéndole más bajas en los Arroyos del Dominico, La Horqueta y el Rincón de las Parotas. Ya para llegar a este último lugar y en el punto conocido por El Jobero, fue muerto el joven voluntario Juan Cabañas (a) La Zorra, el primero de noviembre… También fueron avanzados un capitán del 67 regimiento antes de llegar al Arroyo de la Cruz y varios soldados en el transcurso del combate. Unos meses después el capitán fue asesinado por el rebelde Cleto García que lo custodiaba en el poblado de Los Valles”.
Muchos habitantes de las cuadrillas cercanas vinieron a ver los muertos del Morenal, entre ellos, don Eduardo Gómez Gervasio, que llegó de El Terraplén. Era una novedad. Los que andaban quemando pueblos por fin habían recibido su merecido.
De aquel combate quedaron de recuerdo los versos de un corrido que compuso Valentín Fierro:
Señores les contaré / un combate que yo tuve / subieron los federales / el día 28 de octubre… Llegaron a San Andrés / llegaron como Animales / agarrando a los mujeres / preguntando por Vidales… Agarraron a las mujeres / queriéndolas exigir / ¿Dónde se encuentra Vidales? / se encuentra en El Porvenir… Subieron para Los Valles / caminando como bueyes / al teniente lo mató / el afamado Felipe Reyes… Corrieron despavoridos / en busca de sus vasallos / el teniente ya cayó / un piquete le dio el gallo”.
De estas gestas heroicas se cuentan muchas leyendas. Se dice que Valentín Fierro tenía una voz que le hablaba en el estómago y le decía con precisión por dónde venían los soldados.
“Después de la pelea de El Morenal –dice Francisco Gómez– Amadeo mudó su campamento al Fortín. Los soldados volvieron a quemar el pueblo y robaron todo lo que había. Por instrucciones del general Amadeo Vidales se bajaron a todas las mujeres y niños a Atoyac. Aprovechando eso los soldados echaron presas a las mujeres para que sus maridos vinieran a sacarlas. Pero la gente de mismo Atoyac abogó por las presas y las liberaron. Luego se regresaron al Fortín donde los revolucionarios hacían milpa”.
Don Isaías Gómez Mesino, hijo del vidalista Eduardo Gómez Gervasio recuerda que el campamento estaba en El Fortín, a hora y media arriba del Cacao. Tenían su cuartel hecho con “toritos” de hojas de pito y palapilla. Explica que el cerro Plateado está a media hora del Fortín y se ve brillar en temporada de lluvias por el agua que brota de sus laderas, “es lloroso y por eso le dicen el cerro Plateado”.
Don Isaías recuerda que los revolucionarios antes de salir a campaña hacían tortillas y bastimento. Don Feliciano Orbe era el mecánico de las armas y se llevó a la sierra a una señora que se llamaba Pachita. En el campamento reformaban el parque, no tiraban los cascajos los reutilizaban poniéndoles fulminante y pólvora.
La señora Bruna Mesino Martínez y sus dos hijas Bartola y Elena Gómez Mesino fueron cocineras en el campamento del general Amadeo Vidales. “El fortín era su cuartel general pero Amadeo Vidales tenía muchos campamentos por todos lados. Los revolucionarios usaban ropa como todos los campesinos, por ejemplo don Eduardo Gómez Gervasio quien era de Mexcaltepec usaba calzoncito de manta que se amarraba en el tobillo”, rememora don Isaías Gómez, quien nació el 3 de junio de 1924.
El 5 de febrero de 1927, un grupo de vidalistas pusieron una emboscada al coronel Jesús Merino Bejarano, dándole muerte a las 10 de la mañana. Su cuerpo fue rescatado por el subteniente Berber y llevado a la fábrica de hilados y tejidos de El Ticuí donde fue sepultado en el salón de escarmenado. Ese mismo día a las 10 de la noche fue fusilado en el camino del río, el ex presidente municipal Patricio Rodríguez, miembro del primer comité agrario que hubo en este lugar y a quien los federales acusaban de ser vidalista. Su cuerpo quedó toda la noche tirado en el agua y los peces le comieron los ojos.
Asienta Wilfrido que el coronel Jesús Merino Bejarano, comandante del 67 regimiento de caballería al hacer un recorrido en compañía del subteniente Berber y de un pelotón de soldados a las avanzadas que la federación tenía instaladas en esta población, fue atacado por los rebeldes a las diez horas del día, frente a la casa del señor Crescencio Fierro, “el 5 de febrero de 1927; en esta nutrida balacera fue muerto el citado coronel y su caballo. El rebelde Valentín Fierro y sus primos Bartolo, Florentino y Domingo Fierro, así como Ángel Gervasio, desde temprana hora se habían encerrado en la casa del señor Gil Marroquín –que se encontraba sola-, y desde este lugar abrieron fuego sobre la columna que comandaba Merino… El subteniente Berber exponiendo su vida en compañía del soldado Antonio Mendiola y ante aquel nutrido tiroteo lograron sacarlo. Su cadáver fue conducido a la Fábrica de el Ticuí en donde lo velaron, dándole sepultura en el salón del Escarmenado. Los rebeldes después de consumar esta acción y de pelear algunas horas abandonaron sus posiciones que tenían instaladas desde el Panteón hasta los Trompos y el Paredón internándose a la sierra”.
Ese día como a las dos de la tarde por órdenes del mayor Lázaro Candelario fue aprehendido en su domicilio el ex Presidente Municipal don Patricio Rodríguez, acusado de sostener relaciones comprometedoras con los rebeldes. Escribió Wilfrido que “El señor Rodríguez era una de las figuras prominentes en el ambiente social y político. Al ser prisionero, cuentan sus familiares que se despidió de cada uno de sus pequeños hijos abrazándolos y besándolos, ya que el presentía el fatal desenlace de su detención; luego fue conducido al Palacio Municipal para que fuese identificado por el Presidente Municipal don Francisco Hernández. De este lugar lo llevaron al cuartel de 67 Regimiento que se encontraba en el Calvario, y a las diez de la noche de ese mismo día, fue fusilado en el paso del río del camino al Ticuí”.




