José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
Carmen de Laúd, el nombre como destino
(segunda parte)
Recuerdos de Carmelita
Carmelita mandando traer su guitarra con voz de urgencia, como poseída por la recóndita necesidad de darle forma y presencia a los recuerdos que la habitan y que a ciertas horas de la tarde van poniéndole el alma transparente y murmurándole en el oído secretos que de alguna manera hasta uno escucha… Y ahí, cuando el azul de su alma ya se cae de morado, dijera Pellicer, Carmelita manda traer su guitarra, su laúd. ¿Qué palabras mejores que las de Agustín Lara y sus pavorreales que se mueren de luz y sus exquisitos abandonos de mujer, para expresar todo eso?
Carmelita desplazando los dedos blancos y temblorosos de su mano izquierda por el brazo de la guitarra, los dedos de su derecha arpegiando apenas lo esencial. Porque Carmelita, sin saberlo, es una gran exponente de esa modalidad musical en la que el ejecutante sugiere el tono, el ritmo y los movimientos principales y después deja que el auditorio vaya recogiendo, de los largos espacios de silencio, las notas melódicas complementarias de la canción, que, en nuestro caso, Carmelita entreteje con las que le dicta su propia sensibilidad.
Muchas guitarras en la vida
–Y la guitarra, desde cuándo, Carmelita…
–¡Ah, desde niña la aprendí!… En mi pueblo había una cantina… Las cantinas de mi pueblo son solas. Sólo los sábados y domingos vienen campesinos y beben. Como a tres cuadras había un hombre en una cantina; le dije: yo quiero aprender a tocar la guitarra. “Bueno, yo te enseño”. Tenía un requinto. “Tú has nacido para guitarrista”, me decía, porque luego luego le di a la guitarra. Se me ocurre contarle a mi mamá, que era muy celosa, y “huy cómo vas a hacer eso, mira nomás vas a parecerte a doña Fulana”, una borracha que andaba por las calles tocando la guitarra… Ya mero le adivinaba, porque ¿a ver ahora?… –y Carmelita sonríe.
–Pero sí: yo he tenido muchas guitarras en la vida –remata.
Una forma del arte
Luego me habla de las primeras veces que escuchó a Agustín Lara, en la XEW, y de ahí saca un hilo para tejer su relato de la nostalgia anticipada que empezó a tener por México, y habla también de las Olimpiadas de su patria y de cómo ahí conoció al general guerrerense Rafael Catalán Calvo, que iba en la delegación deportiva mexicana, de cómo, ya en México, en el estado de Guerrero, estuvo trabajando en un salón de belleza de Atoyac, donde “empecé a odiar a las mujeres que son de la onda: se querían parecer a María Félix, querían puras cosas horribles y ay, mejor me fui a los ranchos, a hacer permanentes, y los que hacía estaban muy bien hechos, unos pelos preciosos que cortaba”.
–Siempre sola.
–Siempre sola, y nunca nadie me faltó el respeto ni nada.
–Usted siempre ha tenido un carácter así, medio fuerte… y al mismo tiempo suave, muy sociable, ¿no?
–Sí, muy social, eso sí. Siempre fui muy social.
–¿Nunca ha tenido conflictos?
–No, yo no soy de pleito, yo mejor me alejo. Yo he tenido esa política y me ha ido bien. Si usted está hablando mal de un amigo suyo o mío, si lo puedo defender, lo defiendo, ¿verdad?, y si no dejo que hable pero yo no lo cuento.
–Yo siempre la he escuchado hablar elogiosamente de sus amigos. Hablo así porque sólo les veo cualidades, los defectos no se los veo. Ayer precisamente vinieron unos amigos y se tomaron unas copas, y ay, les digo, yo nada, yo me voy a tomar una cuba y me voy. Y ahí los dejé.
Entonces le recuerdo a Carmelita que ella tiene una forma muy especial de ponerle adjetivos a las personas, epítetos fregones a los amigos, lo que no se acostumbra mucho que digamos. Me lanzo:
–Usted se me figura una mujer que acostumbra embellecer todo lo que ve, o casi todo, como los poetas –digo. Intento saber si no es una artista que se entretuvo o se sintió satisfecha con los alcances inmediatos de su vocación, pero no termino la pregunta. Queda en que es “una especie de artista”, y después de puntos suspensivos añado que “incluso ese cierto desplante que tiene a veces, al hablar, muy emocionado y emocionante, tan vibrante… puede ser una forma del arte”, y un pellizco de sonrisa aparece en las comisuras de los labios de la diva salvadoreña-chilpancingueña.
Muy seria, me dice:
–No la siento yo. Pero tú la ves y si la ves debe ser así.
Y vuelve a sonreír.
La musa ideal
“La musa ideal”, la han llamado los poetas, músicos y demás artistas, para quienes a lo largo de muchísimos años ha sido “exquisita anfitriona”, interlocutora y amiga. Del ramillete de flores que Carmen de Laúd ha recibido en las tardes bohemias de El Laurel, entresacamos este soneto del ometepecano Juan García Jiménez:
Aflora en el dolor una sonrisa;
la angustia fulge en íntimo lucero
y El Salvador refúgiase
en Guerrero
a través de un aroma,
llanto y brisa.
Íntegra, liberal, sin cortapisa;
alma bajo el azul, trino y sendero;
Carmelita Laúd es un venero
de bondad que solloza tras la risa.
La Hostería del Laurel
es un recodo
donde tiemblan luceros
en el lodo
y donde la humildad
se hace domingo.
Áureo otoño perfuma ya
sus sienes…
Más cuando su hondo amor derrama bienes,
¡la Primavera arropa
a Chilpancingo!
Pa’ brasieres, los de Carmelita
–No, yo no reniego de mi patria ni de mi familia ni de nada –me dijo Carmelita en no sé qué momento de la plática. No, tampoco tenía problemas con mi marido. Él era un buen hombre. Cuando me casé tenía yo 18 años y él 34. Era abogado y nunca lo he desvalorizado en nada: ni como sexo, ni como cultura. No era guapo pero no era feo. Pero tenía un gran defecto que yo no pude tolerar: era tacaño, avaro. Algo exagerado. Algo terrible.
“Yo no era rica pero ganaba muy buen dinero con las modas y con una casa de huéspedes que puse. No tuve hijos con él. Y al último ya vivíamos la pura apariencia. Yo era joven y algo liberal y dije tengo que irme de aquí, hacer mi vida y vivir como yo quiera vivir: independizarme totalmente de todo. Y me vine. Me naturalicé en tiempos de Ávila Camacho.
“Tenía yo 35 años, me vine de El Salvador a los 33. Primero pasé dos años en Pachuca. Ahí el clima me cayó mal y… ya era destino llegar a Chilpancingo. Aquí estuve diez años con el salón de belleza, que patenté. Quedaban muy bien. ¡Bueno, todavía reniego de haber dejado eso! No hay un brasier que me quede bien, me decían, uno me los hace grandes, otro me las apachurra y no me siento a gusto; llegué a toda la sociedad de aquí y de Acapulco, adonde tanto iba y adonde me hubiera hecho rica, si no hubiera sido por el clima. Mis brasieres les quedaban tan perfectos que después venían muchas ya bien recomendaditas: vengo para llevarme seis, ocho, diez o doce, no hay brasier que me quede como los tuyos, Carmelita”.
Recuerdos de Carmelita
Carmelita pelando ajos con la punta de aquel cuchillo gastadísimo, que sigue sorprendiéndome: es casi un punzón, menos que un bisturí.
–Puedo pelar con las uñas –dice Carmelita, pero… ¡bueno!
La procacidad endulzada
Y como al paso, y antes de que se me olvide, y aunque dos años antes de la entrevista Carmelita me dijo que ésta debería ser como una gran obra de teatro pero llena de respeto al público, yo quiero recordar también a la Carmen de Laúd apantalladora por su ingenio o su procacidad. Ya dije que, en escena, la voz de la dama de El Laurel podía resonar como oráculo trágico. Por ejemplo, cuando exclamó:
–¡A ratos fui puta! ¡Pero una gran puta!, ¡no chingaderas!…
O:
–¡Me acostaba con uno y me despertaba con otro!…
Y:
–La obligación de la mujer es andar siempre junto a su marido, con las nalgas al hombro. ¡Como los guachos!
En cierta ocasión, sentados en familia y con amigos en El Laurel, Carmelita le preguntó a mi padre:
–Y de veras, Luis, ¿por qué tú y yo nunca nos acostamos?
Y nadie se escandalizó. A esas alturas de la vida todo lo que dijera Carmelita venía endulzado por las copas, los años y su inagotable personalidad, y si a algo jalaba, era a la reflexión y a la sonrisa.




