Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Julio César Ocaña

El fallido “combate frontal…”

(Segunda y última parte)

La política del gobierno federal, y de los gobiernos estatales en general, se caracteriza por considerar, en los hechos, al crimen como una causa, y no como una consecuencia.
El ataque frontal, incluso militarizado, y la desviación de recursos fiscales, así como la inmensa, y cada vez mayor aplicación de recursos materiales y humanos de la nación, en aras del combate directo de los criminales, en detrimento de la educación, la salud, la cultura, la ciencia, el deporte, el campo y el impulso a la productividad y la innovación en la pequeña y mediana empresa, son prueba fehaciente de ello. Por decirlo en vulgares términos, el gobierno se está haciendo afuera de la bacinica y persiste en ello, salpicando ineptitud e ineficacia por doquier, y poblando los cementerios de México de “daños colaterales”.
El diagnóstico oficial insiste en considerar como fuente del torrente de criminalidad que nos agobia, a la rispidez de las bandas de narcotraficantes y del crimen organizado que, al no haber sido combatidas en el pasado reciente, vieron incrementar su poder de acción con desmesura, provocando la situación que hoy prevalece, lo cual no es tampoco una mentira absoluta, pero, otra vez, el crimen es concebido como causa y no como secuela. Desplantes demagógicos aparte.
Es verdad que la impunidad de que goza el crimen en México es fruto de la corrupción gubernamental y política. Es verdad que el Estado mexicano no ha cumplido ni cumple con su función esencial: garantizar la vigencia del Estado de derecho y la integridad de las personas y de su patrimonio e impartir justicia pronta y expedita. Como es verdad, también, que nuestro sistema de leyes es un entramado lleno de huecos y de recovecos que permiten y dan pie a la impunidad y a que prevalezca, no la verdad sino el poder, a la hora de impartir y procurar justicia. Un ladrón de baratijas puede pasar años en la cárcel, en cambio un magnate o un gobernante que nos roba millones a todos, es intocable.
¿Por qué, por ejemplo, el enriquecimiento ilícito es un delito considerado como no grave, cuando debería ser catalogado como traición a la patria…?
Las deficiencias y las desviaciones de nuestro sistema de leyes, y del aparato de justicia, son factores decisivos que, aunados a la pérdida de referentes morales, contribuyen a que las manifestaciones del crimen hayan alcanzado en México los niveles de impunidad y brutalidad que nos caracterizan como una de las naciones más violentas e inseguras del mundo.
¿Cómo y por dónde tendríamos entonces, como sociedad civil, que abordar el asunto para desenmarañar el ominoso nudo de la criminalidad que ha desbordado, al parecer, la capacidad de control del Estado mexicano?
Pues tenemos que abordarlo considerando todas sus aristas, pero antes de ello, lo reitero, tendríamos que comenzar por ponernos de acuerdo en la naturaleza del problema al que nos enfrentamos. Este esfuerzo tampoco puede pasar de largo a la necesidad de consolidar una cultura de vida, de respeto y de fraternidad, entre nosotros mismos como parte de un todo con la humanidad, como viajeros a bordo de un mismo barco, y entre nosotros y la naturaleza –nuestra Madre Tierra–, con todos sus habitantes, especies animales y vegetales.
La violencia e inseguridad que nos preocupa no debería distraernos de la situación problemática global que estamos enfrentando como humanidad, y que, a pesar de la urgencia de nuestros avatares cotidianos, reviste aún mayor trascendencia. Pero hoy nos apremia lo urgente. En este tenor, me permito anotar, resumiendo, algunas reflexiones de carácter metodológico en torno a este tan delicado como difícil tema.
1.- Es necesario insistir en la importancia de la prevención de los comportamientos antisociales como la mejor forma de combatir la delincuencia. Como bien decía Cesare Bonesana, Marqués de Beccaria: “Prevenir el delito es mejor que tener que castigarlo.”
2.- En su obra La Sagrada Familia, Karl Marx apuntaba la necesidad de “…destruir las fuentes antisociales de los delitos…”. En general, los teóricos clásicos del marxismo subrayaban que la lucha contra la delincuencia mediante la ayuda de las leyes y la actividad de los órganos represivos sólo alcanzaría soluciones estrechas. He aquí por qué, desde la teoría marxista, podemos considerar que en la superación de la delincuencia se presenta como más importante la transformación de la sociedad y el perfeccionamiento de sus instituciones estatales y sus organizaciones sociales, así como la educación de las nuevas generaciones, que el mismo combate al crimen.
3.- Asentando lo anterior, estaríamos de acuerdo en que el tema del crimen y la delincuencia no es sólo un asunto del derecho penal y del aparato coercitivo, y por lo tanto, no se trata tan sólo de mejorar el derecho penal y la eficiencia policiaca, sino de llegar al fondo del asunto. Para apuntalar lo dicho es preciso recordar que, a escala mundial, las medidas penales han fracasado; en las cárceles no se reeduca a nadie, y, con frecuencia, se fortalecen los procesos criminógenos, desarrollándose una victimización cruel entre los reclusos, en frecuentes ocasiones producida por los propios funcionarios. Y de esto último nos sobran dramáticos ejemplos a los mexicanos.
4.- No es posible evitar la altísima peligrosidad de la delincuencia por medio de reformas al sistema legal y al aparato policiaco y judicial, ya que éstas sólo producen cambios limitados y perecederos. Cambios que, tal vez, ante una situación de excepción como la que estamos viviendo en Guerrero y en México, puedan ser paliativos temporales que podrían aminorar parcialmente el dolor de las heridas causadas a la sociedad, pero no más. Solamente sobre la base de los cambios de todo el sistema de relaciones económicas y sociales, será posible lograr avances sustanciales en materia de combate y reducción del delito a niveles ínfimos.
5.- No podemos olvidar que los comportamientos antisociales, las transgresiones legales y contravenciones, y la delincuencia, como bien apuntan algunos expertos en la materia, se articulan en redes de patrones de interacción, de modo sistémico, con los procesos sociales, económicos y culturales en general. Al tomar en consideración la experiencia de la humanidad en la lucha por un futuro mejor, debemos resaltar que en la superación de la delincuencia no resulta efectivo el ejercicio de la violencia, y no es la actividad de los órganos coercitivos ni es la sanción lo que funciona a largo plazo, sino la prevención del delito. “El legislador sabio previene el delito para no hacer necesario castigar por él”. (Karl Marx). Haciendo una analogía muy ilustrativa, podemos decir que en este rubro las cosas funcionan como en el campo de la salud pública: siempre será de más eficacia, y de mayor economía, prevenir las epidemias que curarlas. De ahí la importancia de las vacunas.
Finalizo esta aportación apelando a que, más allá de preocuparnos por resolver los problemas que puedan afectarnos en lo individual y en el entorno físico inmediato, lo cual no nos está negado, aspiremos a forjar un mundo nuevo, una nueva forma de vida y de convivencia humana, lo cual conlleva inevitablemente la exigencia de salir de la mezquina órbita de nuestros planetas individuales y decidir vivir de acuerdo con un sentido de responsabilidad universal, sintiéndonos, todos, parte importante, pero a la vez prescindible, de la comunidad terrestre. Con realismo debemos sentirnos componentes activos y actuantes de nuestras distintas comunidades locales. Esto significa que no daremos un paso adelante y que no extenderemos un brazo al frente sin sabernos y sentirnos, al mismo tiempo que habitantes de poblados y ciudades diversas, de naciones diversas, integrantes también de un mismo mundo, de un mundo que gira en un mismo espacio y en un mismo tiempo. Nuestro mundo, nuestro espacio, nuestro tiempo. Un mundo en el que los ámbitos global y local son cada vez más difíciles de separar.
Hoy es inevitable la conciencia común en el sentido de que la responsabilidad, respecto al bienestar presente y futuro, no es más la sola responsabilidad que como individuos sentimos hacia nuestras familias.
El espíritu de la solidaridad humana debe prevalecer o nos extinguiremos como humanidad y como especie. Para ello es preciso que nos miremos al espejo y con reverencia nos arrodillemos ante el misterio del ser, con gratitud por el inmenso don de la vida, y con la humildad debida para ubicarnos en el lugar correcto que ocupamos en la naturaleza. Sin sentirnos más, sin sentirnos menos.
Urge que compartamos una misma visión acerca de los valores y los principios fundamentales que puedan servir como el cimiento ético para la construcción de la nueva comunidad mundial en ciernes. Valores y principios que habrán de servirnos para forjar una nueva forma de vida, una forma de vida sostenible, sustentable, solidaria, fraterna…

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