Desolación y abandono en el área más afectada por las aguas de la presa en Chilpancingo
Zacarías Cervantes
Chilpancingo
El vuelo incesante de los helicópteros que salen y llegan de distintas direcciones a la capital del estado, anuncia que la contingencia en todas las reiones del estado sigue. La misma desolación que se percibe en la ciudad, revela que no se ha superado la impresión que dejó la devastación, a ocho días de que las aguas de la presa Cerrito Rico devastaron la amplia zona de la capital que se ubica en el cauce del inexistente río Huacapa.
En el tramo del encauzamiento que se conoce como bulevar Alejandro Cervantes Delgado, una de las zonas más afectadas de la ciudad, la desolación es aún mayor. El área se ve abandonada, en las márgenes hay montones de escombro, muebles desvencijados, electrodomésticos, monitores de computadores, teclados y aparatos electrónicos, que alguna vez debieron haber estado en la sala o en la concina de alguna casa, o, bien, en alguna oficina o negocio de los que fueron arrasados por la corriente.
Ayer domingo, a diferencia de los primeros días después de que se alejaron las lluvias de la tormenta tropical Manuel, el encauzamiento lucía abandonado. En el transcurso de la semana anterior, se podían ver en las márgenes a decenas de curiosos intentado rescatar las mejores imágenes de la catástrofe en fotos o videos. También se veían a los damnificados que contemplaban las afectaciones a sus propiedades. Otros eran los que integraban las brigadas de auxilio tratando de rescatar lo poco que quedó, o en su defecto, las toneladas de lodo y escombro que quedaron en las casas y en las calles que desembocan en el cauce de lo que hace muchos años era lo que todavía se conoce como río Huacapa.
En cambio ayer, de plano, todo estaba abandonado; algunas casas o lo que habrían sido negocios que fueron inundados por el agua y lodo tenían las puertas abiertas, y si bien han sido medianamente limpiadas, en el interior todavía lucen vacías de mobiliario.
A la altura de la colonia López Portillo, un hombre solitario, sentado en la guarnición del carril poniente del encauzamiento, observa el espacio donde todavía el domingo por la mañana estaba su negocio: “Tendajón El Trébol” se alcanza a leer en un anuncio que todavía quedó con los colores y el logotipo que identifican a la Coca cola.
De una bolsa enlodada, que el hombre tiene al lado, como autómata va sacando una a una las lunetas (chocolates de diferentes colores) y las arroja al arroyo de color chocolatoso ya disminuido que corre por el encauzamiento.
“Todo se lo llevó la…” –dice con acento costeño–, “tenía yo más de 150 mil pesos invertidos, se los mandé a mi vieja del Norte para que comprara el terrenito y pusiera el negocito y cuando lo puso yo me vine, acababa de llegar a finales de julio para poder estar cerca de la familia”.
Cuenta que la mañana del domingo, entre las 8 y las 9, cuando observó que la corriente del agua crecía, alcanzó a sacar sólo las pertenencias personales, a su esposa y a sus dos hijos, que se encontraban en un local contiguo a su negocio. El área que le servía de habitación se salvó, pero se inundó hasta más de un metro de altura, mientras que la parte donde estaba el “Tendajón el Trébol” fue arrasada por el agua.
Hacia abajo, rumbo al centro de la ciudad, el panorama ha cambiado un poco. El caudal ha disminuido, los tramos azolvados han sido limpiados, y en los menos dañados se ha reabierto la circulación vial. Sin embargo, en algunas partes, en ambos carriles del encauzamiento siguen los grandes socavones que reflejan la magnitud de la devastación.
Proliferan los centros de acopio
A pesar de que en el centro de la ciudad Manuel no dejo daños físicos en la infraestructura urbana, el escenario que se observa refleja la tragedia que se vive en el estado; desde la semana pasada los centros de acopio se han multiplicado.
En la plaza cívica, en la alameda Granados Maldonado, afuera de las iglesias y edificios públicos, en la Cruz Roja, en las estaciones de radio que están dando cobertura a la devastación y en las avenidas principales se observan grupos de jóvenes con cartulinas de colores fosforescentes, con botes improvisados como alcancías solicitando la ayuda para sus paisanos.
En el lugar menos pensado, de pronto, salen jóvenes frente a los automovilistas con sus cartulinas: “Centro de acopio La Palma, municipio de Tierra Colorada”. En el kiosco de la plaza Primer Congreso de Anáhuac y afuera del Tribunal Superior de Justicia, mientras tanto, se encuentran los jóvenes del municipio de Malinaltepec. Así como de Paraje Montero y Totomixtlahuaca, municipio de Metlatónoc.
Asimismo, en cualquier avenida o calle del Centro, se pueden leer las cartulinas: “El Edén, Centro de Acopio”, o “centro de acopio de El Tambor”, las dos comunidades de la sierra de Atoyac.
Otros centros de acopio son instalados en las terminales del servicio de transporte, como en las de Quechultenango, Mochitlán, Colotlipa de la afectadísima zona centro, y que están en el cauce del Huacapa.
Algunos más ya no encontraron espacios públicos y deambulan por las calles. Como una solitaria joven que el medio día de ayer caminaba por la avenida Alemán: “San Miguel Totolapan”, decía la cartulina.
Sin embargo, los centros de acopio más concurridos son los que se instalaron afuera de las instalaciones de la Cruz Roja que junto con organizaciones de empresarios, comerciantes, transportistas y de profesionistas, integraron el colectivo, “Levantemos Chilpancingo”. Así como el que se encuentra afuera de las instalaciones de Radio Universidad, de donde decenas de voluntarios salen a distintas partes de la zona centro del estado a dejar los víveres a los “hermanos en desgracia”.
Otro ingrediente que ha dejado la tormenta tropical entre los ciudadanos de la capital es la psicosis, el temor a la lluvia, sobre todo en los lugares de mayor riesgo, como el sur de la ciudad.
Por ejemplo, la tarde de ayer, doña Rocío Pastrana, una vecina del fraccionamiento Mirna Acevedo, ubicada al oriente del bulevar que comunica a Petaquillas, al sur de la ciudad, apenas vio las nubes negras en el cielo, convocó desde la estación de radio ABC, a todos sus vecinos y a los de las colonias cercanas, a lanzar cohetes de varilla al cielo para alejar las nubes y evitar más lluvia.
“Les parecerá ridículo, pero un geólogo vecino de nuestra colonia nos ha aconsejado que para alejar la nubosidad debemos lanzar cohetes de preferencia desde las partes más altas, no perdemos nada con intentarlo, tenemos que luchar por todos lados para alejar la lluvia que sigue provocando tragedias”, dijo vía telefónica a esa estación de radio, mientras el ruido incesante de los helicópteros que llegaban y salían a distintas direcciones mantenía presente en los chilpancingueños que estamos en tiempos de catástrofe.




