En San Cristóbal, Ajuchitlán, 45 casas fueron destruidas y cientos de personas están refugiadas en un cerro
Gregorio Urieta
San Cristóbal
San Cristóbal, pueblo ancestral de artesanos del jarro y las ollas de barro, forma parte de la desgracia que cayó sobre Ajuchitlán en el transcurso de la semana de la Patria, 45 casas de columnas y paredes de adobe destruidas por completo así lo demuestra. Cientos de personas refugiadas en los cerros, a la intemperie o sólo protegidas con lonas de plástico, son reflejo de la tragedia que abatió el sur de la población, ubicada en la margen norte del río Balsas.
Esa ubicación, paradójicamente, salvó a San Cristóbal de una tragedia mayor, pues la corriente del río y el embalse del mismo, se cargó hacia la enorme playa del lado de la cabecera municipal de Ajuchitlán, ubicada frente a San Cristóbal. “Era un mar. Espejeaba en la noche y lo veíamos desde el cerro lejos, lejos, hacia Ajuchitlán”, dice Martín, el chofer de la camioneta de redilas que transporta pasajeros de esa población hasta Tlapehuala. Habla y cuenta cómo vivieron la tragedia.
La calle junto al río fue la más afectada de la población. Parece zona de guerra por la devastación ocasionada por las aguas del río. Las familias están refugiadas en El Puerto, como es conocido el cerro, ubicado al sureste del pueblo. “Tenemos miedo que se nos venga una epidemia de dengue, porque dormemos allá entre el zancudero, el lloradero de los guachitos, el vómito y el chorro que ya les dio por la forma como estamos. Ya se quieren regresar a sus casas, y no saben que unos ya ni tienen casa”, dice.
Se cayeron 45 casas, y hay varias a punto de colapsar por el reblandecimiento de las paredes de adobe. No hubo muertos ni desaparecidos, sólo el daño a las viviendas y lo que no pudieron sacar las gentes en su huida al cerro y a los albergues ubicados en las escuelas de la localidad.
“Póngale ahí que ojalá nos puedan mandar velos pa protegernos de los zancudos, porque si no va a estar cabrón con tanto animal. Es el picadero, que ni dormemos. Tenemos miedo de una epidemia de dengue”.
Esa noche nunca la vamos a olvidar
Cuenta que también allí alguien les hizo una jugada para sacarlos de las casas y obligarlos a ir a los refugios. “Como a la una de la mañana pasó gritando un hombre, que saliéramos de las casas porque la presa se había roto. Ahhhmigo. Toda la gente corrió. El arrancadero y rechinadero de los carros, los gritos y llantos de las mujeres y los guachitos. Ya que estuvimos allá arriba una anciana preguntaba: “Mija, ¿ya pasó el temblor?”
Nos fuimos a la Y griega, a la salida al Coacoyul, y al Puerto. Allá nos quedamos bien espantados. Luego alguien dijo que había sido La Maña, para hacernos salir y meterse a robar a las casas. Así que nos armamos de valor y vinimos a dar una vuelta, pero había no nadie, más que el agua. Fue pura broma, pero nunca vamos a olvidar esa noche, asegura Martín.
En San Cristóbal fueron afectadas las manzanas colocadas en la calle junto al río. Casi todas las casas de adobe fueron derribadas. El resto de la población está intacta, como si no hubiera pasado nada allí. En la iglesia el agua llegó sólo hasta el atrio, pero no se metió, dice el padre Abelino Celso Arellano.




