José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* El castellano de América y España
Entre los escombros de la Biblioteca de Babel he encontrado un libro: es pequeño, verde, y no pasa de las 70 páginas. Recordaba que en este librito había muchos ejemplos de las particularidades del español en varios países de América Latina, y lo extrañé cuando escribí una tosca y excesiva reseña sobre Jerga y modismos de Guerrero, México, debido al esfuerzo recopilativo y económico del autor, Salomón García Jiménez (que, como vemos, se apellida igual que dos poetas guerrerenses: el ometepecano Juan y el tixtleco Norberto). El castellano de España y el castellano de América fue publicado en 1970 y quizá a estas alturas su autor, Ángel Roseblat, resulte un investigador elemental o aun caduco. Es un estudioso de la lengua española que suele prescindir de la terminología técnica de la lingüística moderna, aún más que Antonio Alatorre (Los mil años de la lengua española). Su obra está llena de ejemplos y, como le hace al cuento, resulta bastante divertida. Por eso, la sintetizo así:
Bernard Shaw dijo que Inglaterra y Estados Unidos están separados por una lengua común. No sé si se puede afirmar lo mismo de España e Hispanoamérica. Es evidente que el uso de la lengua común no está exento de conflictos, equívocos y hasta incomprensión, no sólo entre España e Hispanoamérica, sino aun entre los mismos países hispanoamericanos. Tratar de plantear el carácter del español hispanoamericano es entrar en conflictos y equívocos, porque éstos alternan o se entremezclan a cada paso tres visiones de carácter distinto: la visión del turista, la visión del purista y la visión del filólogo.
Visión del turista. En México
Un español que no acaba por hablar inglés decide trasladarse de Nueva York a México, por eso de que aquí se habla español. Temprano se lleva sus sorpresas. En el desayuno le ofrecen bolillos. Son humildes panecillos, que no hay que confundir con teleras, y aun debe uno saber que en Guadalajara los llaman virotes y en Veracruz cojinillos. Al salir a la calle tiene que decidir si toma un camión (o sea el ómnibus, la guagua de Puerto Rico y Cuba), o si llama a un ruletero (es el taxista, que suele dar más vueltas que una ruleta). A no ser que le ofrezcan un aventoncito (un empujoncito –un raid), que es una manera de acercarlo al punto de destino (una colita en Venezuela, un pon en Puerto Rico). Si quiere limpiarse los zapatos debe recurrir a un bolero, que se los va a bolear. Apenas descuelga el teléfono, escucha: “¡Bueno!”, lo cual le parece una aprobación algo prematura. Un letrero anuncia: “Botanas todos los días”: lo que en España llaman tapas, en Argentina ingredientes y en Venezuela pasapalos. Se topa con un cartel enigmático: “Prohibido a los materialistas estacionar en lo absoluto”. No firma Hegel ni Sartre: los materialistas son los camiones o sus conductores, que acarrean materiales de construcción. Lo invitan a ver el zócalo, y se encuentra inesperadamente con una plaza.
Fastidiado, le dice al chofer que lo lleve al hotel, y le sorprende la respuesta:
–Luego, señor.
–¡Cómo luego! Ahora mismo.
–Luego luego, señor.
Como lo invitaron a comer “en la casa de usted”, encargó en el hotel una paella y se quedó esperando. No sabía que en “la casa de usted” era la de los que lo invitaron… La gente lo despedía: “Nos estamos viendo”, lo cual era obvio, pero querían decirle: “Nos volveremos a ver”.
Y entre más anda, más palabras conoce o reconoce el turista español en México. Netzahualcóyolt, Popocatépetl y Tlanepantla le parecen trabalenguas. Con la x tuvo conflictos mortales. Se burlaron de él cuando pronunció Méksico, respetando la escritura, y aprendió la lección:
–El domingo pienso ir a Jochimilco –dijo.
–No, señor –le respondieron: a Sochimilco. Desconcertado, pidió al ruletero:
–Al Teatro Sola.
–¿Qué no será Shola?
Otro día tenía que ir a la presa de Necaxa y, desconfiado, pa no jerrarle, pidió: “A Necaja, Necasa o Necasha…”
–Y el ruletero le respondió:
–¿No será Necaxa, señor?
–Se sorprendió otra vez: ¡La x también se pronuncia x!
Para qué le dijo el turista a una joven que tenía “cara de vasca”: su elogio resultó basca y los parientes se le echaron encima y tuvo que huir.
El turista en Caracas
Y que se va para Venezuela. Y en el aeropuerto le dice un chofer: –Musiú, por seis cachetes le piso la chancleta y lo pongo en Caracas.
Musiú es todo extranjero, aunque no precisamente el de lengua española, y su femenino es misiúa; los cachetes, que también se llaman carones, lajas, tostones, ojos de buey o duraznos, son los fuertes, o monedas de plata de cinco bolívares; la chancleta, o chola, es el acelerador.
Se asusta el turista cuando el chofer exclama: “¡Se me reventó una tripa!”, pero se tranquiliza cuando comprende que lo que reventó fue una goma o neumático del carro o automóvil.
El chofer lo invita a pegarse unos palos (beber tragos), se come una flecha (conduce en sentido contrario), y en Caracas su confusión lingüística no mejora: frutas conocidas se llamaban cambures, patillas, lechosas, riñones; las monedas puyas o centavos, lochas o cuartillos, mediecitos, reales. Una señora le dice a su criada:
–Cójame ese flux, póngalo en ese coroto y guíndelo en el escaparate.
El flux es el traje. Un coroto es cualquier objeto; aquí, una percha. Guindar es colgar y el escaparate es el guardarropa o ropero.
Escucha palos por todos lados: “Cae un palo de agua”, alguien “escribió un palo de libro”, y, el colmo: “¡Qué palo de hombre es esa mujer!”. “Un jamón: 300 bolívares”, leyó en un escaparate. El precio le horrorizó, pero luego supo que jamón significa una ganga y que lo que se vendía era una máquina de escribir.
–Le exijo que me preste cien bolívares –le dijeron, con voz suave, ya que el exigir venezolano equivale a rogar encarecidamente (el pedir se considera propio de mendigos).
Aprovechó una galleta (tapones en Puerto Rico, embotellamientos en México) para seguir huyendo de Nueva York, donde tanto se le dificultaba el español.
El turista en Bogotá
Le habían dicho que en Colombia se hablaba el mejor castellano de América, y hasta del mundo, y allá se dirigió.
Y encontró que a los “niños de la calle” les llamaban gamines o chinos, parqueaderos a los estacionamientos de automóviles, salsamentarías a las salchichonerías y monas a las mujeres rubias, sean feas o bonitas. Pide un tinto y no le dan una copa de vino, sino un café negro. Aquí no hay boleros, como en México, sino emboladores: embolan los zapatos. “Oiga, póngame bolas”, le dicen, y sólo le están pidiendo que le ponga o preste atención. Hay demasiadas alas: “Ala, qué bobo!”, “Ala, esa chica es bestial (muy atractiva). Una vieja chusca resulta ser una niña graciosa. Chisga equivale a ganga. Una persona envía saludes a otra. “¡Que me pienses! ¡Piénsame!”, se despiden dos amigas.
En Buenos Aires
Viaja a Buenos Aires, donde es fama que se habla el peor castellano del mundo. Ahí le asombró tanto che, chau, vos, tarado, avivato, atorrante, macana… En un periódico encontró cosas como:
–Cache un bondi (coja el tranvía)… Y eso de:
–Che, ¿sabes que me bochó en franchute el cusifai? (me suspendió en francés el tipo ese).
–¿Y no le tiraste la bronca?
–Pa’qué… Me hice el otario. En cambio me pelé un diez macanudo…
–¿En qué?
–En casteyano…
No entró al argot del tango o de los saineteros criollos, porque su viaje no hubiera tenido fin. Pero las aventuras que había vivido ya le habían enseñado al turista la discreta virtud del silencio. Sobre todo cuando se dice la palabra madre. Más en Venezuela que en México, le habían aconsejado no preguntar a nadie por su madre (hay que preguntar por su mamá) y contado que cuando en un colegio mencionan la isla de Sumatra, los alumnos contestan automáticamente: “¡La sutra!”
De regreso a España
El turista regresa a su tierra, donde no se había paseado. En Andalucía recordó un ejemplo de Unamuno: en una población había visto un letrero: “K PAN K LA”, que quería decir: capancalá, cal para encalar. En Málaga, una señora da una receta de cocina a otra; al último pone: azúcar… y harina, la carmita”. En ningún lado hay harina La Carmita. Y es que la señora había dictado: “harina, la que admita”. “¿Hay café?”, pregunta un cliente, y el dependiente contesta: “No; sebá tostá”. No que el café se fuera a tostar: había cebá tostá: cebada tostada. Los jóvenes llamaban a sus padres fósiles, y decían: “Ponme fumando” o “incinérame un cilindrín”. Un buen piropo era: “Estás maizal”, o “estás canuto con ese traje marengo”.
Sus paisanos comían hamburguesas y perros calientes, aparcan sus coches y tienen ligues. Un reóforo es un individuo antipático, y algo que no pita es algo que no sirve o no avanza. Lo que antes era lata, ahora es puro rollo: “soltó un rollo espantoso”. ¡Vale! es una especie de okey vernáculo. Parece albur eso de “¡Fulanita farda un quilo!”, y, por último, en la abundancia de guateques, hinchas, niñas Popoff y machos reconoce una rica contribución hispanoamericana.
El turista no es confiable. Anda por el mundo con la boca abierta y sólo ve u oye lo diferencial, lo extraño, lo insólito. En su propia tierra vive por lo común sin ver nada, y a su alrededor también pasan cosas extraordinarias. Pero apenas sale por el mundo lleva unas antenas largas y cinematógrafas que lo registran todo. Y a veces percibe lo que nadie más que él ha podido notar.
La visión del purista
Si la visión del turista es inocente, pintoresca y hasta divertida, la del purista es más bien terrorífica. No ve por todas partes más que barbarismos, solecismos, idiotismos, galicismos, anglicismos y otros ismos malignos. El purista vive constantemente agazapado, con vocación de cazador, sigue el habla del prójimo con espíritu regañón y de pronto critica con rudeza o se hace el burlón con presunciones de humorismo. Van algunos ejemplos:
En casi toda España dicen patata, y en América papa. Papa es voz indígena, incaica, y los españoles al adoptarla la confundieron con la batata, también americana, que había penetrado antes, e hicieron patata (como los ingleses potato). Pero no hay que corregir a nadie, como puristas. No parece mal que los españoles tengan sus patatas, con tal de que a nosotros no nos falten nuestras papas. Pero bueno, es signo de riqueza que en España alternen habichuelas, judías y alubias, que son lo mismo.
Los mexicanos cacahuates se volvieron cacahuetes y aun en cacahués, cacahueses, alcahués o alcahuetes. Aunque también dicen: maníes. El francés chauffeur, con influencia del inglés se hizo chófer en Madrid y Puerto Rico. Más fieles a la acentuación francesa, en América decimos el chofer. Quisieron enmendarnos la plana, pero al fin la Academia acabó por autorizar las dos acentuaciones. Lo mismo sucedió con futbol o fútbol, y con pijama (más española) y piyama (más hispanoamericana). El academicismo está imponiendo al respetuoso restorán, el falsificado restaurante.
A principios del siglo XX, los puristas recomendaban no decir: “Fulano es un sinvergüenza. Digan: Fulano es un inverecundo”. Sinvergüenza no figuraba en el Diccionario de la Academia y por lo tanto la palabra “no existía”. Hoy no se explica uno cómo se podía hablar en español sin esa palabra.
Los puristas aceptan una palabra hasta que la registra la Academia y dan la impresión de que el castellano está siempre a punto de expirar, pero que por fortuna ahí están ellos para salvarlo. Nunca les pasó por la imaginación que la academia se fundó en 1713 y que la grandeza del castellano es anterior a ella. Incluso la Academia ha sido más tolerante que los academicistas: admitió tráfico (equivalente a tránsito), familiares (para los puristas eran sólo los criados del obispo), apoteósico (sólo admitían apoteótico), meticuloso (sólo era equivalente a medroso), lupa, autobús, arribista, planificar, detective, tener lugar y hasta explotar por estallar.
El purismo empezó con el surgimiento de la Academia y representa una influencia francesa, empezando con la palabra purista (del francés puriste), que al principio sólo fue una designación burlona. Y ¿qué quiere decir pureza castellana? El castellano es un latín evolucionado que adoptó elementos ibéricos, visigodos, árabes, griegos, franceses, italianos, ingleses y hasta indígenas de América. ¿Cómo se puede hablar de pureza castellana, o en qué momento podemos fijar el castellano y pretender que toda nueva aportación constituye una impureza nociva? La llamada pureza es una especie de proteccionismo aduanero, de chauvinismo lingüístico.
El maestro Roseblat se la pasó sonriendo al hablar de la visión del turista y al considerar falsa y dañina la visión del purismo. Es un poco más serio cuando se pregunta si hay una unidad lingüística a la que pueda llamarse “español de América”, o si hay más bien una serie diferenciada de hablas nacionales o regionales, y, luego, si ese supuesto “español de América” es una modalidad armónica y coherente dentro del español general, o si presenta, por el contrario, una diferenciación estructural y unas tendencias centrífugas que le auguran una futura independencia. Aquí es donde uno preguntaría: ¿hay, de veras, un español guerrerense, como propone Jerga y modismos de Guerrero, que se subtitula Diccionario ilustrado? En otra ocasión volveremos a este librito verde y antiguo de Roseblat.




