Anituy Rebolledo Ayerdi
Las calles de Acapulco IX
Las calles de los barrios
Los acapulqueños moradores de los barrios del puerto han dado a sus calles los nombres de mujeres y hombres esclarecidos, hayan surgido estos de las páginas de la historia patria o de la cotidiana sencillez porteña. Así, las placas azules de sus arterias, callejones y cerradas honran lo mismo a doña Margarita Maza de Juárez y a don Nicolás Bravo que a Clemente Mejía, el más grande nadador acapulqueño de todos los tiempos, y a don Julio Vélez, maestro del taller de carpintería de la escuela Secundaria Federal número 22 (hoy 1).
Hablamos de los barrios fundadores de Acapulco: Los Naranjos, Los Naranjitos, Las Crucitas, El Pozo de la Nación, Los Tepetates, La Guinea, La Adobería, La Pocita, El Teconche, La Cuerería, El Comino, El Hospital, El Capire y La Mira. Se honra en ellos, además, a Ignacio M. Altamirano, Guadalupe Victoria, Guillermo Prieto, Narciso Mendoza, Ignacio Zaragoza, Juventino Rosas, San Felipe de Jesús. También, a gente de aquí: Los Mártires Escudero, el tritón Apolonio Castillo, al poeta Rubén Mora, el general Silvestre Castro, el doctor Martín Heredia Merckley y también médico José Gómez Arroyo. Famoso médico del puerto cuya ciencia, ya se dijo aquí, salvó la vida del presidente municipal Juan R. Escudero, baleado con tiro de gracia por la soldadesca. “Pobrecito, dicen quedó “paralis” de la mitad del cuerpo”, se condolían las vendedoras del mercado Zaragoza, frente a su casa.
El Barrio de la Candelaria, por su parte, rinde tributo al teniente José Azueta, alumno de la escuela Naval Militar de Antón Lizardo, muerto en la heroica defensa del puerto de Veracruz durante la invasión estadunidense. Azueta había nacido aquí en mayo de 1895 en esa calle llamada entonces José María Arteaga. Sus padres, capitán de corbeta Manuel Azueta y doña Josefa Abad, él miembro de la tripulación de la corbeta Zaragoza, anclada por casi un año en el puerto.
La calle de Pipo
Otro marino, el almirante inglés Reginald Carey Benton, asimilado a la armada mexicana, da nombre a una callecita atrás del edificio de la CROM, conocida popularmente como “la calle de mariscos Pipo” (Diego). También tiene la suya en ese rumbo quien fuera rara avis del liderazgo obrero, Constancio Martínez Ramos, calle en la que siempre vivió. Don Tancho fue síndico del Ayuntamiento popular de 1960, encabezado por don Canuto Nogueda Radilla.
El callejón José Inocente Lugo, que desemboca en Azueta, recuerda al ajuchitleco precursor del movimiento de 1910, sustituto del primer gobernador revolucionario Francisco Figueroa Mata y diputado Congreso Constituyente de 1917.
Más adelante, la vía se bifurca hacia la Piedra del Zopilote (Hotel Casablanca) y el cerro de La Pinzona, donde se ubicaba una torre de vigas de acero de casi cien metros de altura. Se trataba de la modernidad porfiriana de la telegrafía sin hilos para guiar a la navegación El encargado de su mantenimiento era conocido como El Mudo Balboa, único en el puerto que no se mareaba al escalarla. La torre fue derribada por un ciclón en 1938, pero la calle sigue siendo la Inalámbrica.
En ese cerro, dotado de un generoso manantial, llamado entonces de Los Dragos, instaló su cuartel el generalísimo Morelos en uno de sus intentos por tomar la fortaleza de San Diego. Ahí mismo, su albergue será tocado por un obús disparado desde el Fuerte mismo, sin mayores consecuencias.
Mucho después, ya sofocado el movimiento, uno de los generales del Jefe Chemita, Eutimio Pinzón, de Corral Falso, adquiere aquel cerro para fincar su hogar. A su muerte lo hereda a su hija única Estéfana Pinzón, quien lo habita más tarde actuando seguramente con rigor contra los invasores o contra quienes utilizaban el aguaje sin su permiso. Quizás por ello los vecinos y todo Acapulco se referirán a ella no con su nombre de pila sino con el femenino de su apellido: “La Pinzona”. Y Pinzona se le quedará al cerro hasta nuestros días.
A propósito del cerro de Los Dragos, hoy suman por lo menos 20 calles con ese nombre en distintos rumbos de Acapulco. Nada que ver con dragones pero si con un árbol de espeso follaje y floración amarillo-salmón. Originario de Centroamérica, fue traído a México durante La Colonia para plantarlo a la vera de los “caminos reales”, precisamente por su fresca sombra y por no necesitar de riego. Las raíces del Drago penetran el subsuelo, dragándolo auténticamente, hasta encontrar una corriente subterránea. Luego la hacen brotar en la superficie dando lugar a los aguajes.
El sismo de 1909
“Las casas de las calles del Pacífico (Costera), San Juan (Carranza), Arteaga (Azueta), y todo lo que llamamos parte baja del Zócalo, quedaron destruidas casi en su totalidad. Las calles Progreso, Barrio Nuevo (Cuauhtémoc) y muchas más causaban horror solo pasar por ellas. Hubo varios lastimados pero muertos solo uno, un niño al quien le cayó una viga”.
Los cronistas Francisco Eustaquio Tabares y Lorenzo Liquidano y Tabares, rescatados por el maestro y cronista Alejandro Martínez Carbajal, narran en Memoria de Acapulco los efectos devastadores del terremoto del 31 de julio de 1909, a las 12.50 horas. “¡Duró tres minutos aunque parecieron tres horas!”, coincidieron los acapulqueños. Ninguno de ellos dudó en aquel momento que se trataba del fin de Acapulco: oculto en una espesa y cenicienta polvareda provocada por las casas destruidas. Todos los habitantes del puerto, sin faltar uno, se mudan con sus tiliches al Zócalo. Ahí harán vida en común en carpas de lona o en casas de zacate. Estas se venderán tan caras como el propio Taj Mahal, en caso de que se pusieran a la venta
“El gobierno del centro y de casi todos los estados de la República, lo mismo que algunas naciones amigas, contribuyeron con su ayuda para aliviar la terrible situación de los habitantes de este desagraciado puerto”.
¡Ay, la canija historia!
La Preparatoria
La escuela primaria José Azueta toma el nombre de la calle en la que se ubica, llamada antes José Ma. Arteaga. Ahí mismo, el doctor David Malváez de la Barrera, profesor de Biología de la Secundaria 22, funda la primera Preparatoria de Acapulco, dirigida inicialmente por el periodista Xavier Campos Ponce. Figuran entre los docentes “de a grapa”, o sea, sin paga, Alfredo Beltrán Cruz, Juan Gilberto León Berdeja, Julio García Estrada, Roberto Palazuelos, Andrea Gaudry, Alfredo Díaz Garzón, el almirante Alfonso Argudín, y los poetas Lamberto Alarcón, de Chilpancingo, Manuel Linares Alarcón, de aquí, y Rubén Mora Gutiérrez, de Cuautepec (“yo no sé por qué te llaman Costa Chica, si es tan grande el amor con que te quiero”). ¡Pinchemente!
La primera generación de la Prepa salió en 1957 y la integraron 19 hombres y una única y valiente mujer. Ella, Martha Rodríguez Rábago (saludos “MR”) y entre ellos, Aristóteles Muñoz Valente, Mario Gallardo Guzmán, Pedro Pérez Cámara, Orlando Salinas, Antúnez, Armando Ruiz Massieu, Eduardo González, Ramón Moreno Marino.
El Palacio municipal
Destruido por los sismos el viejo palacio municipal de Acapulco (sede del convento de San Francisco del siglo XVII), los poderes municipales serán albergados, “por un tiempito”, en el edificio construido por el alcalde Ismael Valverde (1951-1952) para “mercado de zona”, en Azueta y Canal de Aeración (hoy CAPAMA).
Ahí mismo despacharán los presidentes municipales Donato Miranda Fonseca, Efrén Villavazo Alarcón, Luis Martínez Cabañas, Mario Romero Lopetegui, Jorge Joseph Piedra, Alfonso Villalvazo Alarcón, Canuto Nogueda Radilla, Ricardo Morlet Sutter Martín Heredia Merckley e Israel Nogueda Otero. Este último iniciará la edificación del nuevo palacio, llamado “el redondel,” pero luego se irá a Chilpancingo como gobernador del estado. Le tocará entonces estrenarlo al sustituto Antonio Trani Zapata (1970-1971). “El tiempito” ofrecido, como suelen ser los tiempos mexicanos, fue de escasos 20 años.
Alcaldes y sus calles
Son varios los alcaldes de Acapulco cuyos nombres han sido elevados a las placas azules de calles, callejones y andadores en diversas colonias del puerto. Figuran entre ellos Donato Miranda Fonseca, Jorge Joseph Piedra, Canuto Nogueda Radilla, Ricardo Morlet Sutter, Martín Heredia Merckley, Israel Nogueda Otero, Febronio Díaz Figueroa, Amín Zarur Ménez, Alfonso Argudín y Manuel Añorve Baños.
De los gobernadores
Hay en Acapulco diez calles con el nombre de José Francisco Ruiz Massieu; seis con el de Rubén Figueroa Figueroa e igual número bautizadas como René Juárez Cisneros y una con el de su esposa Mirna Acevedo. Baltazar R. Leyva Mancilla (1), Alejandro Gómez Maganda (1), Raúl Caballero Aburto (1) , Raymundo Abarca Alarcón (2), Caritino Maldonado Pérez (1), Israel Nogueda Otero (2), Rubén Figueroa Alcocer (3); Alejandro Cervantes Delgado (8) y Ángel Aguirre Rivero (7).
Los Presidentes de la República
General Vicente Guerrero (23 calles), Juan Álvarez (28), Porfirio Díaz Mori (3), Francisco I Madero (17), Venustiano Carranza (7): Lázaro Cárdenas (36), Manuel Ávila Camacho (1), Álvaro Obregón (11); Plutarco Elías Calles (2), Miguel Alemán (7), Adolfo Ruiz Cortines (4), Adolfo López Mateos (15), Gustavo Díaz Ordaz (2), Luis Echeverría (1), José López Portillo (7), Miguel de la Madrid (1), y su esposa Paloma Cordero (1); Carlos Salinas de Gortari (1); Ernesto Zedillo Ponce de León, el que hurtó y vendió el Malecón de Acapulco, ninguna. ¡Faltaba más!
Concha Hudson
La pluma amorosa de Concha Hudson Batani (Del Acapulco de antes), nos conduce a un temerario paseo en automóvil por las calles de Acapulco:
“En 1916, siendo el general (Silvestre G.) Mariscal gobernador de Guerrero, trajo a Acapulco el primer automóvil Studebaker sedán descapotable… Tenía faros de carburo y lo arrancaban a mano porque tenía magneto y no conexión eléctrica. Doña Eloísa, esposa del general, ordenaba sacar el auto por las tarde e invitaba a algunas de mis tías a pasear. Sobre la actual calle de Felipe Valle hicieron un zaguán que servía especialmente para la entrada y salida del coche. Partiendo de ahí llegaban a la calle San Diego (hoy Benito Juárez) para salir al Zócalo, le daban la vuelta a Jesús Carranza, seguían por la actual calle de Juan R. Escudero hasta la Casa Alzuyeta y de ahí volvían al punto de partida con lo que terminaba el paseo”.
¡Y es que felizmente no había “tamarindos”!, como se llamó en alguna época a los agentes de tránsito…




