Anituy Rebolledo Ayerdi
Las calles de Acapulco X
Calle Eduardo Mendoza
El salón de baile de Chico Alcaraz estuvo mucho antes en Eduardo Mendoza. La calle del centro de la ciudad que sale hoy a la farmacia Moderna. La que en su esquina con Mina albergó a la farmacia Cruz Roja, de la tía Chagua Galeana (mamá de Jorge, El Cabrito, abuela de Chagüita, ella no), misma que al hacer escuadra con Cuauhtémoc acogerá a la ferretería Galeana. En medio, Juan y Tina Marroquín atendieron su negocio de fotografía y más adelantito estuvo el domicilio de don Canuto Nogueda Radilla, alcalde de Acapulco (1960-1961). Enfrente, la panadería cuyo incendio provocó conmoción en el puerto.
El salón del tixtleco era un espacio muy popular dedicado al jolgorio dominical. Contaba con la exclusividad de la orquesta La Especial, dirigida por don Herminio Mesino, cuya tanda de cuatro piezas costaba diez centavos. A las seis y media de la tarde, hora fija como en los toros, la trompeta tocaba atención para que Chico Alcaraz se situara en el centro de la pista. Ahí, hará bocina con sus manos para lanzar el grito clásico de “¡heeey, familiaaa!, la fiesta va a comenzar, los caballeros con sus fierros en la mano!”. El cronista don Carlos Adame recordaba, danzando suavecito:
“Chicho se acercaba al bailarín tocándole el hombro, señal convenida para que éste soltara una moneda de diez, dos de cinco centavos o de plano la fierrada. Los jóvenes de la crème de la crème porteña no se asomaban siquiera por ese lugar: ¡fúchila! Y es que lo consideraban de muy “baja estofa” propio, pues, para la plebe, modernamente, “la prole”.
Especies marinas
Los habitantes de la colonia Loma Bonita se esmeraron al bautizar sus calles y lo hicieron teniendo en cuenta que estarían muy ligadas por siempre a sus vidas. No consultaron enciclopedias ni a los ancianos del lugar, les bastó una consulta rápida entre ellos, algunos pescadores.
Así, la elevadas calles la de Loma Bonita huelen ilusoriamente a reventazón marina: Marlin, Pulpo, Robalo, Pez Vela, Lisa, Trucha, Agujón, Atún, Pez Martillo, Pargo, Mojarra y Huachinango. Buen provecho.
Rebeca y Nerón
Rebeca O de Piña –Doña Rebe, para pupilas y amigos–, instaló su indiscreta “casa de citas” en un fraccionamiento cuyas calles recordaban a la Roma pecaminosa de los Césares. Hombres con poderes ilimitados que en materia sexual agarraban parejo, aun entre la propia parentela, y que incluso envenenaban a madres y concubinas. Tiberio y Amílcar (Barca, general cartaginés, padre de Aníbal) fueron las calles donde estableció la casa non sancta (se decía entonces), la madrota más influyente del puerto en el siglo pasado.
La señora O de Piña propuso alguna vez que, ya que todo en la colonia era romano, se rebautizara su calle con el nombre de Mesalina para honrar de paso al gremio. La moralina se impuso. Mesalina, ¿quién no lo sabe?, fue la esposa del emperador Claudio, famosa por su ninfomanía y lascivia cantadas ni más ni menos que por el poeta Juvenal. Los bien llamados académicos de la lengua tienen un definición de ella o de cualquier Mesalina: “mujer poderosa y de costumbres disolutas”.
Quién lo creyera, pero las pupilas de doña Rebe gustaban de los cuentos de la Madame, no de una Blanca Nieves acosada por los siete enanos, no. Cada vez que flojeaba el negocio se los urgían sentadas en su derredor. “No son cuentos de Perrault, advertía la “ñora”, son páginas de la historia o vivencias personales”. Como las de Mesalina, precisamente:
“Sucedió durante una ausencia de Claudio, guerreando con todo mundo. Mesalina lanza un reto a las prostitutas romanas. Las reta a fornicar con el mayor número de hombres y ofrece muchas piastras como premio para la ganadora. Las mujeres dedicadas al “oficio más antiguo del mundo”, como era conocido, aceptan el reto y nombran como su representante a Escila, una mujer hermosa de formas rotundas con fama de ser la mejor de su especialidad. Y empieza la competencia: frente a las habitaciones de ambas mujeres se forman largas colas de romanos verriondos. Cuando 25 de ellos han visitado el cuarto de Escila, esta apenas si tiene fuerzas para tirar la toalla: “Me doy”, acepta su derrota, mientras Mesalina llegará al número 75. Hará una pausa para tomarse una jarra de vino siguiendo con bríos renovados hasta echarse a 200 romanos.
“Esta cabrona lo tiene de fierro”, comentará Escila atendida por sus compañeras con fomentos de agua caliente.
La Colonia
Rodeaba al regocijante establecimiento el circuito llamado Nerón no obstante el rechazo de los vecinos. “Es que así se llama –Nerón Pérez–, la persona que tuvo mucho que ver con el fraccionamiento, se defendían los empresarios aunque el entorno los desmentía. Descuidos de la historia personal y no otra cosa. ¿Se imaginan un presidente de la República cuya biografía empiece así: “Nació en el número 41 de la calle Nerón esquina con Mesalina, junto a la más famosa mancebía de Acapulco? Aunque, bueno, varios de ellos han padroteado auténticamente a la nación y todos tan contentos.
Otras calles de aquel champurrete histórico-geográfico son: Roma, Rómulo, Aníbal, Agripina (madre de Nerón y hermana de Calígula, con quienes mantuvo relaciones íntimas), Sócrates, Aristóteles, Tiberio, Julio César (conocido como El hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres) y Calígula (imperdonable la discriminación zoológica al no darle un mísero callejón a su caballo Incitatus, senador del imperio romano). ¡Basta!
El Pensador Mexicano
La calle Pensador Mexicano se localiza en la colonia Canuto Nogueda Radilla (adelante de La Sabana) y honra a don Joaquín Fernández de Lizardi, editor del periódico El Pensador Mexicano, nombre que adopta como seudónimo literario. Una jodidez crónica llevará al chilango a aceptar los empleos del nivel que fueran y donde estuvieren. Así, será juez interino en Acapulco y teniente de justicia en Taxco. Aquí, entrega las armas realistas al generalísimo Morelos por lo que, acusado de traición, irá a parar con sus huesos a la cárcel.
El testamento de Fernández de Lizardi, redactado ya muy enfermo de tuberculosis, habla del espíritu radical, despreocupado y hasta festivo que anidaba en el primer novelista de la literatura mexicana. Sólo unas cuantas líneas: “Mando que a mi muerte no se atormente más a mi espíritu con gritos intempestivos, “jesuseos” de ahorcado, conjuros contra diablos y otras diligencias. Tantos gritos, alharacas y zambas ridículas solo asustan al enfermo tímido, lo acobardan y acaban por hacerlo morir… Mando que no se me coloquen cuatro velas por ser ese lujo de los gentiles, con una sencilla lucecita que haya en el cuarto bastará para que nadie se dé un tropezón conmigo… Y por último: mando que para evitar que mi mujer ande en dimes y diretes con el cura, se venda lo mejor parado de mis bienes…”.
Navegantes y marinos
A los creadores de la colonia Costa Azul y los fraccionamientos Hornos y Magallanes les pareció sensato que Acapulco fuera el puerto apropiado para honrar la memoria de intrépidos navegantes. Quienes en el pasado abrieron nuevos mundos y nuevas rutas de navegación, así como reconocidos marinos contemporáneos, mexicanos y extranjeros. No pocos de ellos tiraron anclas en “la bahía más hermosa del mundo”, así llamada por ellos mismos.
La lista empieza necesariamente con Cristóbal Colón e incluye al propio Fernando de Magallanes, Juan Sebastián Elcano, Antón de Alaminos, Andrés de San Martín, Diego de Almagro, Vicente Yáñez Pinzón, Enrique el Navegante, Francisco de Orellana, Francisco Pizarro, Juan de la Cosa, Juan Elorriaga, Martín Alonso Pinzón, Fray Andrés de Urdaneta, Miguel López de Legaspi, Gonzalo de Sandoval, Navegante Juan Pérez y Pedro de Alvarado, entre otros.
El honor incluye a los soberanos que posibilitaron tales hazañas y entre ellos están Los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II. No se olvidaron de las tres carabelas: La Niña, La Pinta y La Santamaría y tampoco del gritón Rodrigo de Triana.
Vivir de aquellito
Raquel González, doña Raque, nunca competidora de doña Rebe, abrió su primera casa de placer en la calle Cinco de Mayo. Las acapulqueñas, comprensiblemente enfurruñadas, condenaban la existencia de ése y otros establecimientos en los que sus maridos se gastaban pesos y besos. Pesos y besos a ellas restringidos o de plano negados. Usarán entonces epítetos hirientes para llamarlas: perras, quitamaridos, cuperquinas, pendonas, meretrices, palomas torcazas, mujeres de la vida fácil, aves nocturnas, traviatas, trompeteras , callejeras y cien adjetivos más.
Cuando doña Raque sea prácticamente echada por la intolerante “gente decente”, se irá con sus pupilas a otra parte, esta vez al Club Deportivo donde tampoco hará huesos viejos. Se instala finalmente en la avenida Farallón y ahí verá su renacimiento y finalmente su caída. El crudelísimo escritor Ricardo Garibay la entrevista en 1978 para su libro Acapulco.
–Doña Raquel, que guapa, caramba, siéntese!—nos hemos levantado copa en mano, cual conviene a caballeros de categoría; son las once de la noche, hemos regresado bañados y de limpio, a ver un poco el trabajo de la casa en horas normales.
–¡Ay, pues sí! ¡Ay pues sí! ¡buenas noches! ¡Cómo se ve luego a caballeros de categoría!
Llegaba doña Raquel sofocada entre olanes, collares, pulseras, anillos, abanicos y una peluca roja desde el techo hasta el sótano, un puñetazo guinda en la boca, trompa de guinda foca, dentadura relampagueante y dos plastas de drácula debajo de la frente. De negro y rosa doña Raquel. Por el escote, entre arrugas grietosas y pecas king-size, en lugar de los mellizos de gacela asomaban dos flácidos y pardos melones.
Luego llegaron gentes. Se bebía y se bailaba. Las niñas entraron y salieron de los cuartos. Saboreando un café con brandy , elefanta en su silla de respaldo oriental, la señora doña Raquel dijo entre un trago y otro y dos suspiros:
–No sea crea, mi “licen”, ya sólo por las nietecitas sigue una… hacerles un porvenir… pero vivir treinta años del culo es más que toda la vida”.
Las otras
Otras casas de citas de la época fueron la Quinta Musmé, en la avenida Pie de la Cuesta y la Quinta Alicia. Esta última en la calle Chilpancingo de la colonia La Laja, sitio mismo donde hoy se levanta la Facultad de Matemáticas de la UAG. Simple referencia.
Los precios
Un “domingo” adolescente no alcanzaba ni para una Coca en cualquiera de las Quintas mencionadas (40 pesos), justificándose entonces las otras maneras para satisfacer la líbido. Las copas de guisqui y coñac costaban 95 pesos; el taguarnís nacional 60 pesos; cualquier licor importado, 70 y el caballito de tequila, 75 pesos. “Mucho barato,“tecaila”, comentaban los gringos.




