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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

Morelos, la Historia ¿mal contada?

Se indigna el maestro José Trini Villanueva (en el diario Vértice) por el mal trato que le dan a don Vicente Guerrero en Morelos, la película de Antonio Serrano que “retrata los últimos años de la vida de José María Morelos y Pavón” (de 1812 a 1815) y que fue blanco de críticas severas desde que empezó a filmarse y aún después de haber sido exhibida. Morelos, El espíritu que liberó a un pueblo o Herencia de libertad (según la revista Proceso, 1881), “es la película que más dinero público ha recibido en la historia del cine mexicano, con poca transparencia”. Se cuestiona su costo y la manera de entregarle el dinero (unos 75 millones de pesos), además de que en su filmación se utilizó, como extras, a más de 70 miembros del ejército mexicano.
En febrero pasado, la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas y la Sociedad Mexicana de Directores Realizadores de Obras Audiovisuales envió una carta a la SEP y al Conaculta para manifestar su “inconformidad ante el regreso de ciertas prácticas superadas, ‘como el tráfico de influencias o el injusto y poco transparente uso de los recursos públicos destinados a proyectos fílmicos’”.
En el filme, no se trata mal a Vicente Guerrero: no aparece ni se menciona su nombre para nada. En su protesta, el maestro Villanueva señala pormenorizadamente las actividades militares que realizó el general Vicente Guerrero durante la etapa histórica que abarca la película, a modo de venganza apache. Sobre su queja habría que encimar muchas otras, ya que en dicho filme no sólo se soslaya la personalidad de Vicente Guerrero sino que medio retuerce la de los insurgentes que tuvieron la desgracia de aparecer ahí. De Hermenegildo Galeana se destaca su valentía personal y el ánimo guerrero de su gente, pero él aparece como un ranchero güero de churro mexicano, sin la apostura y la dignidad que suelen otorgarle historiadores y escritores, empezando por Ignacio Manuel Altamirano, y mostrándolo, al último, como un tipo resentido (por no haber sido nombrado mariscal enseguida) y desconfiado que abandona a Morelos. Mariano Matamoros termina siendo uno con su inseparable puro. Los negros de la costa traen pleito cazado con los mestizos. Los congresistas de Anáhuac se la pasan gritando, Ignacio Rayón es más altanero, grosero y abominable de lo que era, y Nicolás Bravo no pasa de joven emotivo. En la película hay una serie de inexactitudes y errores tan rotundos que, si nos atenemos a datos más fehacientes, rayan en el chiste involuntario.
Es obvio que la escena con que la película empieza se refiere a la primera batalla que sostuvieron los improvisados y morenos soldados de Galeana, con ayuda de los que acababan de juntar los Bravo, en la orilla del río de Chichihualco, contra el comando realista encabezado por el comandante español Lorenzo Garrote, a principios de la lucha independentista, en mayo de 1811.
En la película, al terminar la refriega, un soldado salva un retrato de Morelos, ése donde José María aparece con impecable traje militar y un pañuelo negro abrazándole la cabeza (recordando la migraña terrible que padecía constantemente), por sobre la que aparece un escudillo con un águila coronada. En la Historia de México de Salvat se afirma que el retrato es auténtico, que Morelos posó para el pintor, en Oaxaca, a fines de 1812. En Morelos, Morir es nada, de Pedro Ángel Palau, la personaje-narradora recuerda: “En esos días de 1812, un indio mixteco, cuyo nombre no recuerdo, hace un retrato al óleo del Rayo del Sur… El retrato no pinta… al verdadero José (María), lo pinta enaltecido, y al inicio marca una cruz en el pecho, que pide José se cambie de lugar para que en ningún instante pueda confundirse con un sacrilegio contra la Iglesia”. Para el historiador Justino Fernández, esta pintura “es reveladora de un ideal de arrogancia, de señorío y de poder”. Si, en efecto, el retrato no pinta al Morelos que, meses después, rechazaría el nombramiento de Alteza y –además del obligado Generalísimo– sólo aceptaría el de Siervo de la Nación, es decir, al verdadero José María, ¿cómo fue que éste se dejó pintar “enaltecido”?
Pero el asunto es éste: en la batalla del río con que inicia la película, que en la “historia real” ocurrió en 1811, los insurgentes arrebatan a los realistas el citado retrato, que, entonces, no existía, puesto que no sería pintado sino hasta fines de 1812.
¡Para las pulgas de los historiadores!, de los que, sin embargo, en esta ocasión no hemos registrado su opinión respecto a la anécdota que nos trajo a este pozole verde. Me refiero a la historia de los amores de José María Morelos, en particular al que lo confrontó con José Matías Carranco, quien finalmente sería pieza clave para llevarlo al paredón de fusilamiento.

Más peliculesco que la película

En la película cuentan que José Matías Carranco, oficial del ejército insurgente, es esposo de Francisca Ortiz, con quien vivía y tenía una hija (en vez de un hijo). Ahí, Morelos no conocía a Francisca (le es presentada por Matías). Carranco partió con la misión de entregarle una carta a Rayón, y, tras una refriega contra fuerzas realistas en que los insurgentes salieron mal parados, se le dio por muerto. Tras dos o tres escenas de miradas tiernonas, José María (representado por el calentano Dagoberto Gama) empieza a dormir con Francisca (Stephanie Sigman). Pero Matías Carranco no estaba muerto. Cierto día, en Chilpancingo, justo cuando ocurre el Congreso de Anáhuac (¡!), reaparece y se encuentra con que José María le “arrebató” a su mujer. Intenta asesinarlo con un cuchillo, pero la gente de Morelos lo contiene. Con odio feroz, Matías maldice a Morelos y se lleva consigo a Francisca y a la niña.
Enseguida, Carranco se pasa a las filas realistas y escupe importante información sobre las fuerzas rebeldes, propiciando en Texmalac la captura del general Morelos, quien terminará vilipendiado y fusilado.
Así que, según la película, Morelos era un cura cachondón o un general abusivo, que se robó a la mujer de su amigo y subalterno con unas cuantas miradas…
José María tuvo al menos dos hijos. Con Brígida Almonte procreó a Juan Nepomuceno; a José Vicente lo tuvo con Francisca Ortiz.
En la Enciclopedia de Guerrero hay fichas de José Matías Carranco, del maestro Leopoldo Carranco Cardoso y de hijos de éste. A éstos últimos se debe la autoría de un libro titulado El Siervo de la Nación y sus descendientes (1984), en el que se plantea la tesis de que los Carranco llevan ese apellido –el del Traidor de José María–, pero que en realidad son descendientes de Morelos.

Los Carranco, descendientes de Morelos

Todos ellos originarios de Tepecoacuilco. Ahí habría conocido José María a Francisca Ortiz, sobrina del hacendado José Antonio Ortiz, según escribe Héctor Almazán en uno de los capítulos del citado libro. José María se enamoró de la joven, a quien visitaba “cada vez que llegaba con sus recuas a ese lugar; sin embargo, también Matías Carranco pretendía casarse con ella.
“Ante esta situación –continúa–, y en ausencia de Morelos por sus actividades de arriero, Matías la rapta por la fuerza y se casa con ella, provocando en Morelos una terrible frustración…”
Con lo que llevamos, ya podemos reformular la pregunta: ¿quién le robó la novia a quién? Decepcionado, Morelos abandona la arriería y consigue entrar al Colegio de San Nicolás, que dirigía Miguel Hidalgo y Costilla. Pero la pugna no termina ahí. “Más tarde –cuenta Almazán–, en 1811, ya desatada la lucha independentista, Morelos se encuentra a Carranco en Chichihualco, pelea con él y le quita a su mujer, con quien Morelos procrea a su hijo José Vicente.
“En 1814, Carranco llega subrepticiamente ante Francisca en Tepecoacuilco y vuelve a llevársela, pero ahora con el pequeño hijo de Morelos, a quien vuelve a bautizar haciéndolo pasar por hijo suyo”.
Francisca murió en abril de 1819, según “el acta de defunción correspondiente levantada en ese lugar y signada por el sacerdote Tomás del Moral (antiguo ayudante de Morelos)”.
En la película, capturado Morelos –el 2 de noviembre de 1815–, le dice a José Matías:
–Parece que nos conocemos, señor Carranco.
–Es un honor volverlo a ver, señor Morelos –contestaría Carranco.
Así lo registra el autor de este capítulo de El Siervo de la Nación y sus descendientes, quien añade que Matías le dio “un empellón” a Morelos, cuando lo señaló como el “cabecilla”. Él mismo propone la versión de que lo que dijo Morelos fue algo así como:
–Veo, señor Carranco, que al haberse hecho realista, ganó usted mucho valor y caballerosidad.

Botón de prueba

En la ficha que la Enciclopedia ofrece sobre José Vicente Carranco Ortiz (1814-1884) se afirma que “fue hijo del Generalísimo José María Morelos y Pavón y de Francisca Ortiz. Para ocultar su procedencia la madre lo bautizó como hijo de padre desconocido y de Gertrudis Blanco. Más tarde, la progenitora contrajo matrimonio con Matías  Carranco, (y) éste lo registró como hijo suyo, dándole su apellido”.
Como prueba de que la suplantación familiar era pública y notoria, Almazán dice: “El hijo de Morelos, llamado José Vicente, a pesar de llevar el apellido de José Matías Carranco, era bien identificado por las autoridades religiosas y coloniales como descendiente de don José María, hecho que provocó rechazos de diversa índole, como por ejemplo haberle negado su ingreso a un seminario donde intentaba estudiar, ‘por ser hijo del apóstata Morelos’, con quien el alto clero de la Nueva España se ensañó terriblemente cuando fue juzgado”.
Los redactores de la Enciclopedia de Guerrero ponen su mano al fuego: aseguran que el parecido que existe entre Álvaro Carranco Ávila, hijo de Leopoldo Carranco Cardoso, con el general José María Morelos, es extraordinario, y que existen “fotografías recientes que lo comprueban”. Durante las Caravanas Educativas del Bicentenario de la Independencia del Instituto para la Educación de Jóvenes y Adultos de Guerrero, en Tepecoacuilco se presentó una maestra de apellido Carranco, que presentó el mismo árbol genealógico que supuestamente la liga con José María Morelos y Pavón.

El retrato

El retrato de Morelos es uno de los motivos recurrentes en la película. Es recuperado por Galeana, en la escena del río, y, casi al final, Morelos se lo entrega a su hijo Juan Nepomuceno Almonte como si le entregara, simbólicamente, el patrimonio esperanzado de su apasionada lucha por la independencia nacional. Si de herencias y representaciones se trata, aquí se volvieron a equivocar los guionistas de Morelos. Con el tiempo, Juan Nepomuceno Almonte Morelos renegó de su origen negro e indígena, soslayó su segundo nombre –se ponía nomás N.– y terminó en las filas del realismo que dio muerte a su padre y del conservadurismo que en todo momento combatió los valores independentistas y justicieros que José María Morelos proclamó.

Cada quien su película

Por un lado, una familia obstinada en desligarse del capitán José Matías Carrasco y en recuperar el honor histórico que les toca como descendientes del general Morelos. Por otro, la historia sentimental de José María Morelos-Francisca Ortiz-Matías Carranco contada según la conveniencia anecdótica de la recitada película, tan abigarrada de pleitos personales entre insurgentes y carente de épica independentista. Por el momento, los que vimos la película se nos hicieron los ojos cuadrados, y los que leímos la tremenda historia de que los Carranco en realidad se apellidan Morelos, nos quedamos de seis. Con tanto número, cada quien puede hacer su propia película. Desde luego, sin presupuesto institucional.

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