Anituy Rebolledo Ayerdi
Las calles de Acapulco XIII
Los primeros grandes espectáculos teatrales y circenses presentados aquí antes de la carretera nacional, llegaron necesariamente por vía marítima. Así sucedió con la troupe del teatro Lírico de la ciudad de México, en gira por la República presentando la revista El jardín de Obregón. Pieza satírico musical que había roto récords de público y permanencia en aquél vodevilesco foro.
Apenas empezó a levantarse la carpa para el espectáculo, en la playa frente a la plaza Alvarez, se inició la afluencia al puerto de los más ricos copreros de la Costa Grande y ganaderos de la Costa Chica. Y no era para menos. Tendrían la oportunidad de presenciar los lúbricos contoneos y escuchar el trino de Celia Montalbán, la más grande estrella del vodevil mexicano en aquél momento. Y a lo mejor algo más.
Talegas de pesos plata 0.720 y áureos centenarios viajarán al puerto pero regresarán intactas a sus lugares de origen. Ello porque los aprendices de conquistadores no podrán acercarse siquiera a la diva, custodiada como estaba por soldados vestidos de civil. Nada extraño para quienes sabían que la estrella tenía “queveres” con un poderoso General de División. Ella, juguetona y mordaz, lo hacía rabiar degradándolo con Mi querido capitán, pieza con la que hará cantar a todo México. Junto, justo es decirlo, con la otra gran diva hispana María Conesa.“¡Ay, papa!”, exclamará un costachiquense de aquellos.
Contrariamente, los jóvenes acapulqueños realizaban tareas imposibles con tal de reunir el costo de un mísero boleto para la función. Negada para ellos, por supuesto, cualquier posibilidad de de un flirt con la dama, como el buscado por aquellos hombres “podridos en dinero”. Ah, pero eso sí, siempre dispuestos para aprovechar cualquier oportunidad en la que pudieran, por lo menos, sobar las adorables nalguitas (¿?) y henchidas tetitas (¿?) de aquella mujer mito.
El investigador Pablo Dueñas retrata a Celia Montalbán en su libro Las Divas: “prototipo de la belleza de su tiempo, porte distinguido, agraciada de cara y rolliza de cuerpo”. Será por eso, precisamente, que la vedette sea la mayor vendedora de tarjetas postales con su imagen en poses pretendidamente sicalípticas, hoy ingenuas e incluso monjiles. Tal medio publicitario resultaba entonces una eficaz promoción para el artista y en el caso de la señora Montalbán un poderoso excitante juvenil. (Hoy, la neta, el Prevenimss andaría tras la diva).
¿Y los ricos de Acapulco?. Se habla de por lo menos uno de ellos, de apellido Fernández, quien habría ofrecido a la Montalbán su flamante auto Essex (modelo 1922, mil 500 dólares), para que paseara por las calles de Acapulco. “Sería un pecado venir por primera vez a este paraíso y no caminar descalza por sus playas”, agradece ella disculpándose con el enviado a quien obsequia con una sonrisa pícara y un cierre coqueto de sus ojazos. Aquél hombre presumirá más tarde que La Montalbán le había aventado los perros.
Pasados los años, cuando se escuche por la radio o en las sinfonolas aquello de ¡Ay ay ay, mi querido capitán!, no pocos acapulqueños se ufanarán haberlo escuchado de labios de su creadora.
Playas que son calles
La avenida de Las Playas (barrio de La Bodega) se ubica en la gran península del mismo nombre que abraza a la ensenada (por tener la forma de un seno femenino) bautizada como Santa Lucía. Esa sí, no la bahía de Acapulco. Otras calles playeras: Condesa, Encantada, Hornos, Langosta, Larga, Linda, Olvidada, Roja, Pie de la Cuesta, Tamarindos, Las Cuatas y Playón.
Calles de fechas
Dudamos que exista ciudad o villorio mexicano en los que no se camine por calles bautizadas con las fechas sacrosantas de la nación. Ahí están: Dieciseis de Septiembre (aquí, 22) , Cinco de Mayo (15), Primero de Mayo (19), Veinte de Noviembre (12), Veinticuatro de Febrero (9), Cinco de Febrero (12). Dieci-ocho de Marzo (9), Catorce de Febrero (4), Diez de Abril (4), Doce de Diciembre (4), Doce de Octubre (4) y Dos de Octubre (dos, en la colonia Alborada).
El consultado calendario cívico de Guerrero data del año del caldo y por tanto no registra acontecimientos recientes que dan nombre a calles de asentamientos recientes. Ello en caso que las fechas correspondan a personajes y hechos históricos, no descartando que muchos bautizos estén relacionados con las historias locales. Son muchas las fechas relacionadas con la filiación política e ideológica de los fundadores, lo mismo que a sus respectivos santones. Que aluden, incluso a fastos comunitarios o personales como el nacimiento del primer nieto de la lideresa, por ejemplo. Todo se vale:
Ocho de Mayo, Ocho de Octubre, Ocho de Septiembre, Dieciocho de Abril, Dieciocho de Junio, Dieciocho de Julio, Catorce de Mayo , Catorce de Septiembre, Cuatro de Abril, Diecisiete de Octubre, Dos de Agosto, Ocho de Mayo y una veintena más.
Las calles y sus personajes
Don Betus, el carretonero –Aca-pulco no tenía en el umbral de los años 20 problemas con la limpieza de sus calles. Uno, porque los acapulqueños tenían la costumbre tempranera de barrer y regar el frente de sus domicilios. Dos, porque confiaban en que don Alberto Jiménez pasaría más tarde a recoger los desechos de las quemas. Era Don Betus, como le llamaba cariñosamente todo Acapulco, el carretonero oficial del puerto operando una carreta desvencijada jalada por una mula trasijada.
Don Betus presumía no escuchar quejas por fallas u omisiones en el servicio, y cómo, pues, si era sordo como tapia. Y ni falta que le hacía el oído, tenía una visión larga con la que descubría a gran distancia las quemas de basura. Hacia ellas se dirigia para recoger los desechos. Don Alberto Jiménez sufrirá lo indecible cuando tenga que transportar los despojos mortales de muchas de las 300 víctimas del incendio del teatro Flores. El carretón de don Betus hará muchos viajes de la calle Independencia al panteón de San Francisco. No existía entonces la calle Vicente Guerrero.
Un buen día correra la versión de que Don Betus había recuperado el oído gracias a un milagro de virgen de La Soledad. Sí o no, lo cierto fue que el carretonero juró haber escuchado las campanadas del primer camión destinado a la limpieza de la ciudad. Una reluciente unidad marca REO, modelo 1927, adquirido por el Ayuntamiento encabezado por don Manuel López López.
Don Betus acepta sin regateos la llegada de los nuevos tiempos y se irá a su casa con el orgullo de haber mantenido por mucho tiempo limpias las calles de Acapulco, pero sobre todo el título del último carretonero de la ciudad.
Nada había cambiado hasta entonces. El primer servicio de recolección de basura de Acapulco data de 1670, a cargo de una carreta jalada por una mula, tan panda esta como la de Don Betus en 1920. Los acapulqueños de entonces la llaman despectivamente carretón. Un calificativo usado hoy mismo para llamar a los sofisticados camiones Mercedes Benz del Departamento de Saneamiento Básico.
Entidades que dan nombre a sus calles
La Fábrica de hielo La Especial (hoy Idasa) dará nombre no solo a su calle sino al barrio entero, habitado inicialmente por trabajadores de la empresa, y por si fuera poco al propio río que la abastecía (otrora Grande).
El rastro municipal hereda al ser reubicado su nombre a la calle que lo comunicaba con el exterior y el antiguo hotel Las Anclas hace lo propio con la calle en la que se ubicó, con salida a Cuauhtémoc. Por su parte la colonia y calle de Aguas Blancas llevan el nombre del río así llamado. Fueron las suyas calles muy caminadas por los acapulqueños en razón de albergar la “zona de tolerancia”, así llamada sin serlo por concentrar “cabareces”, lupanares, mancebías, leoneros, prostíbulos, lenocinios, casas malas y centros de perdición. Muchos nombres y un solo propósito.
Dominguillo fue el nombre de una despepitadora de algodón, propiedad de un hispano. Al cerrarse, le queda el nombre a la calle de su ubicación, Albergara más tarde al templo católico conocido simplemente como Dominguillo. Por cierto, el cura de apellido Carmona desafiará al Vaticano integrándolo a una iglesia contestataria. Mucho antes, en tiempos de la colonia, se estableció en ese mismo sitio un “boliche”, así llamados entonces lo que hoy sería un supermercado. Ya dijo aquí que la calle es hoy es José Valdez Arévalo.
El barrio de El Mesón debe su nombre a un mesón abierto en ese lugar para ofrecer hospedaje a los viajeros de la Nao de Manila. Uno de aquellos olvida en su dormitorio una imagen de la virgen peruana de Santa Rosa de Lima, misma que adopta el vecindario como su patrona. Le agrega, incluso, al enclave llamándolo Barrio del Mesón de Lima. La fiesta no falla el 30 de agosto.
La bodega de materiales, equipo y herramientas de la compañía constructora a cargo del tramo final del paseo costero –de Tlacopanocha a Caleta–, dará nombre al barrio formado por trabajadores de la obra y sus familias. Sobre la avenida de Las Playas, que divide a la comunidad, existe una calle empinada llamada El Patal y no se trata, como pudiera pensarse de la existencia de granjas de los alharaquientos palmípedos. La arteria toma nombre de una ensenada cercana, así llamada por concentrarse en ella gran cantidad de plantas acuáticas llamadas “patos”, arrastrados por las corrientes marinas, a partir de la laguna de Coyuca de Benítez.
Las calles y sus personajes
La Collanta era una mujer llamada así por ser originaria de Collante, Oaxaca. Recorría las calles de Acapulco, alcoholizada, dando tumbos hasta caer exánime en la propia vía pública. Acurrucada a la pared, dormía en la banqueta su borrachera cotidiana que, por cierto, no pocos teporochos le envidiaban.
Negritilla, enteca, chorreada y escasa de ropas, tal era la imagen de La Collanta en torno a la cual se armarán historias de diverso tono. Se adjudicaba su afición etílica lo mismo que a una decepción amorosa que a la pérdida trágica de un hijo ahogado en un río de su tierra. Era una mujer solitaria, sin comunicación con quienes no fueran sus “nitos”.
La presencia de aquella mujer dormida escasa de ropas y despatarrada en plena vía pública, despertará los instinto primarios de una pandilla de alumnos de la escuela Altamirano. La cita era casi siempre en la esquina de las calles Progreso y Bravo, sitio mismo de una cantina donde La Collanta era habitué y en su banqueta dormía.
La ocasión será propicia para que aquél grupo de léperos y calenturientos imberbes se adentren en el conocimiento de la anatomía femenina. La profundidad de la vagina de La Collanta era medida por aquellos émulos del Marqués de Sade introduciéndole los objetos de sus juegos: un trompo, un balero, un “mondongo” (una canica enorme), rayuelas camioncitos y hasta paletas heladas. La mujer no reaccionaba en ningún momento, cuando mucho su rostro llegaba a dibujar en algún momento una leve sonrisa de satisfacción.
–¡Chamacos virriondos de la chingada , dejen en paz a esa pobre mujer!– era el grito de alguna vecina que daba por terminada aquella clase extraordinaria de anatomía.




