Marcial Rodríguez Saldaña
La veneración a los muertos
Cada año, el primero y dos de noviembre, en México, en comunidades mexicanas fuera del país y en algunos países de Mesoamérica, se celebra una tradición para recordar a las personas fallecidas. Se trata de un rito, que tiene sus orígenes desde la propia creación de la especie humana, con distintas modalidades, fechas, tradiciones y creencias.
Hoy podríamos preguntarnos ¿Cuál sería la impresión de los primeros grupos humanos al ver morir a una persona? ¿Qué explicación darían a ese hecho? ¿A que causas atribuirían ese hecho? ¿Qué hacían con el cuerpo de los muertos? ¿Cómo recordaban a los muertos?
En la época de los seres humanos nómadas, es lógico que los muertos no recibían conmemoración alguna, pero ya en el periodo sedentario, al establecerse en lugares específicos, empezaron a crear rituales. Así, Fustel de Coulanges –notable historiador francés– explica en su brillante libro La ciudad antigua que en los pobladores más antiguos de Grecia y Roma, creían que los muertos sólo pasaban a otra vida, pero que el cuerpo y el alma permanecían juntos en la tumba.
Según este escritor, los descendientes comenzaron a prohijar el culto hacia los muertos, a quienes consideraban sagrados, dioses, a quienes tenían que sepultar, satisfacer sus necesidades de alimentos y bebidas como una obligación practicada también por los pueblos arios de la India en las leyes del Manú, en donde se hace referencia a la suministración de los manes de comida llamada Sraddha que consistía en arroz, leche, raíces y frutas. La comida y el vino deberían suministrarse contantemente, perforaban la tumba para que por ahí pasaran los alimentos y el vino entrara al recinto sagrado de los muertos.
Los historiadores coinciden en que antes de que llegaran los españoles a Mesoamérica, los pueblos originarios ya tenían la tradición de venerar a los muertos de diferentes maneras, por ejemplo los aztecas dedicaban dos meses de celebración a los muertos, durante julio los niños y otro mes a los adultos en agosto, pero la religión católica hizo coincidir estos ritos en el día de todos los santos.
Hoy, las personas que mantienen estas creencias, antes de la conmemoración, tienen el hábito de limpiar las tumbas de sus muertos, de permanecer al lado de ellos, para lo cual preparan altares que adornan con flores de Cempazúchitl, en donde colocan la comida preferida de los muertos, pan de muerto, mole verde, tamales, frutas, calabazas, arroz con leche y satisfacen los gustos propios que en vida tenía cada muerto, como cigarros y vino.
El día de muertos, especialmente de los adultos –2 de noviembre– los alimentos, frutas y demás enseres, los trasladan a las tumbas de los muertos, para compartir con ellos la comida, o bien reservan una parte para compartirla con la familia y amigos íntimos. Así se cumple el ritual de veneración a los muertos siguiendo las creencias, ahora de que en sus tumbas permanecen sus cuerpos y al morir se separa su alma. He escuchado decir, a algunas personas que al morir se acaba todo, que no existe más vida, que no hay lugar en donde vayan las almas de los muertos.
Los panteones de esta época, se han convertido en centros de veneración a los muertos, algunos en verdaderas ciudades de los muertos, como en el caso del Panteón Père-Lachaise en París, cuyas tumbas son verdaderas obras de arte en su diseño arquitectónico, como si fuesen inmensas mansiones, residencias y castillos, que se utiliza como un jardín, que día a día es visitado por centenas de turistas, pues ahí están sepultados los cuerpos de personas notables como Chopin, Honoré de Balzac, Miguel Ángel Asturias, María Callas, Augusto Comte, Eugène Delacroix, La Fontaine, Edith Piaf y Oscar Wilde, entro otros.
Retomando la tradición romana, existen en muchos países lugares dedicados a las tumbas de las personas ilustres, en donde se conmemoran las fechas de nacimiento o muerte de quienes han hecho contribuciones notables a humanidad, o a su patria, y hay tumbas exclusivas para admirar a los muertos como la de Napoleón en París, la de José de San Martín en Buenos Aires, la de Ernesto Che Guevara en Santa Clara, Cuba, o la de los héroes de la independencia de México en el Ángel de la Independencia.
La veneración a los muertos se mantiene como una costumbre vigente en muchos pueblos, por una parte de los descendientes que conservan sus particulares hábitos y por otra de las personas públicas; en ambos casos, el recuerdo de los muertos se preserva entre sus descendientes, en lo privado por algunas generaciones y en lo público en la memoria del pueblo.
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