En Taxco, con ofrendas majestuosas defienden la identidad mexicana contra el halloween
El festejo-duelo del Día de Muertos se refrescó ayer por un torrencial aguacero con granizo de una duración de más de diez minutos que atrapó a deudos y turistas cerca de las 4 de la tarde tras un calor sofocante que se dejó sentir por la mañana.
En el centro de la ciudad donde se instalaron una veintena de ofrendas, así como en el mercado, el panteón principal de San Celso y sus anexos en la ciudad, desde el día anterior se observó un movimiento que comenzaba y se multiplicó ayer con el ir y venir de miles de personas para honrar, festejar, llorar, cantar y comer cada quien junto a sus muertos niños, jóvenes o adultos.
El trajinar, el comercio ambulante y los congestionamientos se volcaron esta vez hacia el panteón, tanto que en la periferia predominó un panorama de aparente tranquilidad.
Allá en el panteón, nadie pudo escapar de la lluvia. Unos alcanzaron a protegerse y otros más, al calor de los tragos y el ambiente hicieron caso omiso y prefirieron empaparse, pues no les quedó otra que aguantar. ¿Para qué correr?, se escuchó decir entre las multitudes que se contestaban: “No corran, ya qué, aguántense, estamos con nuestros muertitos”.
Así transcurrió la mañana y el mediodía entre la ostentosidad de tumbas convertidas casi en casas de seguridad y con todos los servicios, unas evidentemente de grandes dimensiones donde eso de las clases sociales se muestra rebasado por la gran cantidad de recursos invertidos, otras más con tumbas y nichos hechas a base de sacrificios de los familiares y muchas más sin que nadie pusiera siquiera una flor o veladora, abandonadas y en el olvido total.
Allá en las laderas, entre una tumba y otra, grupos de música norteña, tríos, mariachis y hasta bandas de viento amenizaban las horas de los deudos ante la tumba de sus muertos, para recordarlos, estar con ellos y cumplir con ello un deber o manda, por lo menos en el Día de los Difuntos, ya que después quién sabe.
En tanto, en terrenos donde se venera esa tranquilidad de los muertos, el negocio de los vivos en aras de ganarse el pan de cada día se intensificó con flores, velas, veladoras, incienso, papel, refrescos, cervezas, con precios que se elevaron a pesar de los monitoreos anunciados por las autoridades para evitar los abusos, mismos que se ejecutaron sin que hubiera orden.
Por otra parte, ante la embestida cada vez más siniestra del halloween estadunidense, tal parece que la respuesta en un municipio conservador todavía se resiste a dejar perder sus tradiciones y costumbres que se mantienen vivas en los hogares y desde hace unos 20 años se fortalecen al instalarse ofrendas majestuosas en distintos barrios y calles céntricas de Taxco, a la par de algunas instituciones culturales que hacen lo suyo para perpetuar una auténtica identidad mexicana que acaparan la curiosidad y el interés de turistas.
Si en la ciudad hubo ofrendas, en el panteón el colorido y aromas se diversificaron de una tumba a otra, de panteón a panteón y sus anexos donde ni la lluvia pudo poner freno al ambiente, donde todos convivían, eso sí, cada quien con sus muertitos y las leyendas que se leen en las cruces, en los libros a los pies del difunto, las flores y las veladoras.
Como todos los años, los días de muertos unifican a los taxqueños y eso se rubricó de nueva cuenta, previo a otro festejo por venir que será el próximo lunes con el Día del Jumil que se celebra cada año en el cerro del Huixteco, en la parte alta de la ciudad. (Claudio Viveros / Taxco de Alarcón).




