Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

Día de Muertos

¡No seas vil, acabálame de una vez!

Eran dos compadres que cada vez que tomaban juntos terminaban la borrachera enfrentándose a golpes como si fueran enemigos.
Y no era cosa de emborracharse esporádicamente, pues eran borrachos de cada fin de semana. Si no era uno era el otro pero siempre se buscaban y se encontraban para ir a tomar.
Cuando los veían bebiendo ya la gente sabía que la historia iba a repetirse. Las primeras veces no faltaba quien se atreviera a desapartarlos pensando en lo grave que resulta pelearse entre compadres, pero a medida que las borracheras y los pleitos entre ellos se fueron repitiendo, todos los dejaban que  se arreglaran como sabían.
Lo único es que nadie quería formar parte de la borrachera con los compadres cuyas peleas cada vez fueron subiendo de tono porque de los golpes a puñetazos una vez terminaron tirándose como proyectiles todo lo que encontraban a su alcance, hasta que uno de ellos fue dejado por muerto presa de un desmayo.
Aunque ya era costumbre en el pueblo verlos juntos para irse a tomar, ese sábado a cual más le llamó la atención ver a cada uno de los compadres con el machete en su vaina colgado del hombro.
Cada uno de los que repararon en ese detalle de la indumentaria de los compadres pensó lo que quiso acerca de lo que se veía venir “andando en la borrachera”, como dice el corrido de Juan Charrasqueado.
Pudo ser que los pleitos de borrachera –y luego las ofensas verbales que se hacían al calor de las copas– se sumaran a la secuela de los golpes cuyo dolor y magulladuras duraban más allá de la borrachera y fueran creando en cada uno de ellos ese sentimiento que conocemos como odio, o quizá el pacto suicida entre dos desquiciados hermanados en el alcohol.
El caso es que en la madrugada del domingo los dos compadres estaban más que comprometidos peleando a machetazos en la cantina ante el azoro de los parroquianos y la impotencia de sus familiares.
A pesar de que los dos compadres se caían de borrachos ninguno de los espectadores intentaba acercarse para desarmarlos por lo filoso de los machetes y el riesgo de llevarse un tajo.
Mejor cada quien buscaba la manera de ponerse a salvo alejándose de la pelea pero sin descuidar los detalles del sanguinario duelo.
De tantos machetazos que uno a otro se lanzaba, poco a poco el filo encontró algo sólido dónde penetrar y la sangre brotó haciendo más violenta la escena.
Los dos borrachos compadres ya heridos y podía decirse que empatados, se tornaron más agresivos, como sucede con los perros de pelea que se endiablan con la sangre, sin importarles de quien sea.
El desempate vino con el machetazo que pegó de plano en el costado izquierdo de uno de los compadres haciéndolo caer hasta el suelo.
Ese doble golpe del machete y la caída parece que trajo lucidez a la cabeza del agresor quien al darse cuenta de la grave situación a la que había llegado buscó la puerta de la cantina par salir huyendo, pero apenas trasponía la salida cuando oyó la voz de su compadre agonizante:
–¡Compadre, no seas vil, no me dejes así, acabálame de una vez!
Todos los que estaban presenciando la pelea observaron atentos el impacto que tuvieron en el homicida las palabras del mal herido y se asombraron cuando después de unos segundos de vacilación que tuvo el que huía regresó sobre sus pasos hasta llegar al pie del compadre suplicante.
–¡Acabálame de una vez! –repitió el compadre en cuyo rostro se dibujó una expresión como de asombro que fue creciendo a medida que el machete se levantaba para caerle certero en medio de su cabeza.

Nomás les dicen cuerno de chivo

Los judiciales salieron temprano de la comandancia para cumplir la orden de aprehensión contra los dos hermanos sierreños acusados de asaltar los autobuses de pasajeros.
Pero ni porque llegaron amaneciendo hasta el domicilio que les dieron tuvieron mucha suerte, pues los hermanos ya no estaban en la casa y quien los atendió fue la mamá de los asaltantes.
Por la manera como fueron recibidos los judiciales supusieron que la señora estaba acostumbrada a recibir gente armada porque ni siquiera se mostró turbada o temerosa.
–Pásenle muchachos y estacionen los carros donde puedan.
–Jefa, ¿aquí viven los hermanos Matías y Juvenal?.
–Aquí mero pues, yo soy la madre de ellos.
–Y dónde están que queremos verlos.
–No han de dilatar porque salieron muy de madrugada a ordeñar las vacas. Van a venir a almorzar.
Los policías judiciales bajaron de los carros y se colocaron en posición de guardia mientras el comandante hacía plática con la señora quien ya con más confianza empezó a curiosear sus armas.
–Oiga muchacho, veo que las armas que traen están bien hechecitas, cuadraditas y finitas.
–A la orden, señora, se llaman M1 y M2.
–Yo le digo a mis hijos que se compren unas armas así porque las que usan de a tiro que están feas, torcidas y pesadas.
–¿Qué armas usan sus hijos señora?
–Creo  que ni ellos le saben el nombre porque nomás les dicen cuernos de chivo.
El comandante no esperó más porque en cuanto oyó el comentario de la señora ordenó la retirada.
–Señora, vamos a regresar en otra ocasión porque ahorita tenemos otro compromiso.
Los judiciales salieron del lugar más de prisa que como llegaron nomás por el temor a los cuernos de chivo.

468 ad