Federico Vite
Réquiem por Tabucci
Tabucchi fue para muchos jóvenes su primera relación sentimental con la literatura. Nació en Pisa en plena guerra mundial y conservó siempre la misma casa de infancia de la Toscana: “Nací el 24 de septiembre de 1943. Aquella noche los americanos empezaron a bombardear Pisa para liberarla de los nazis. Mi padre, subido en una bici, nos trajo a mi madre y a mí hasta aquí, donde vivían los abuelos. Ahí estuvimos durante mucho tiempo”. Años más tarde, viviría en Portugal porque, como él mismo confesó en varias entrevistas a periódicos europeos: “Tengo una casa en Lisboa, mi mujer es portuguesa, mi familia es medio italiana y medio portuguesa. Debo estar aquí”.
Cuenta el narrador español Manuel Rivas que el autor de Sostiene Pereira se había ido a una aldea portuguesa para encerrarse en una casa de campo y escribir con tranquilidad, es decir, como un loco. De estas cosas hablamos por teléfono, confesó el español en un breve artículo, hasta que se echó a reír y me dijo que los vecinos estaban intrigados. Había un hombre encerrado, que no salía ni a saludar el sol. Qué pena, con el buen tiempo que hace. Si te concentras, te podría salir un cerezo por la oreja. Y empezaron a interesarse por él, sobre todo las ancianas del pueblo. ¡Ese hombre no come! Y le llevaban pan. Pobre escritor. Y Antonio Tabucchi se reía por teléfono, y les daba la razón: “¡Pobre escritor! Me ven y dicen lo que Píndaro: ‘Parece usted el sueño de una sombra’. ¡El pueblo es un clásico!” Y Antonio, claro, acabó saliendo de la casa. Porque la boca de la literatura estaba fuera, una mujer que contaba la historia de su hijo en Francia, en una fábrica de acordeones. Y la dichosa esfera hizo una elipsis en la plaza y se posó sobre el viejo del sombrero negro que abrió los brazos y abarco el aire con la saudade de un acordeón. Eso debió ser el último verano, dijo.
Rivas relató que una vez lo convencieron de ir a un programa de televisión; en medio del debate, se levantó y comentó: “Voy a mear”. Fue un gesto elegante que retrataba muy bien su forma de hablar, de estar, hasta el más leve gesto tenía mucho que ver con su forma de escribir. Su mirada atraía a las cosas y a las palabras, destacó Rivas añorando la sabiduría de un hombre que pasaba la mayor parte del tiempo replanteando las historias que oía en las calles, las historias que le interesaban más que los debates de ciertos intelectuales europeos.
Algunas de las declaraciones que aún recuerdo de Tabucchi refieren al oficio literario. Por ejemplo: “La novela es como una casa que cierras con llave cuando te vas. El cuento es como un apartamento alquilado. Puede que vuelvas y hayan cambiado la cerradura”. Pero la que más atesoro es una tesis de vida: “Escribir significa también el deseo de recordar, de recordar incluso la propia imaginación”.
El último libro de cuentos que escribió el italoportugués es El tiempo envejece deprisa, un homenaje a Nine stories, de J. D. Salinger, documento que Tabucchi consideró como el libro de cuentos más bello del siglo XX.
La Casa de Pessoa de Lisboa rendirá un homenaje particular a Tabucchi el 2 de abril, organizará la lectura del único libro que escribió en portugués,Réquiem, y este jueves el cadáver del narrador será enterrado en el cementerio dos Prazeres, donde, en 1935, también fue enterrado Fernando Pessoa.




