Eduardo Pérez Haro
El sector rural de nuevo baluarte del desarrollo nacional
Para Rosario Paredes Barba.
Los últimos indicadores sobre la industria de manufacturas en Francia, Alemania y China se colocan en un nivel que revela el ingreso a una franca recesión en Europa y su inevitable contagio en otras latitudes. La crisis internacional y su gradual radicación nacional seguirá siendo nuestro marco de referencia para definir el qué hacer de México y de los mexicanos en los próximos años.
Se avecinan tiempos más difíciles en el mundo y México no puede limitarse a un proceso de continuidad en las políticas que se instalaron en el plano internacional hace más de cuatro décadas y tres décadas en nuestro caso, pues son éstas fórmulas de la ortodoxia neoliberal las que han dado de sí.
Estas políticas alcanzaron la integración global y dieron cauce a la revolución tecnológica, pero la centralización financiera y las mega corporaciones han creado hoyos negros que devoran a las empresas y repelen el trabajo, en una dinámica en la que ahora “se muerden la cola”. La crisis es de los Estados endeudados y, sin poder ayudar al crecimiento económico, es también de las empresas y de la población que demanda trabajo, empero, asimismo, conlleva pérdidas al capital.
Los grandes inversionistas y financieros querrán simplemente recapitalizarse para volver a ayudar al crecimiento económico, y para ello le imponen esquemas de austeridad y ahorro a los Estados soberanos socializando la deuda para acortar los tiempos de recuperación, esa es su naturaleza pero reacciona conservadoramente en claro signo de agotamiento. Los griegos protestan en las calles y los hombres de gobiernos complican su situación ante las elecciones legislativas que se anticipan amén de la condonación de al menos la mitad de la deuda.
En este circunstancia donde todos pierden, los representantes más avanzados de los diferentes sectores del gobierno, de la sociedad y del capital mismo, saben de la imperante necesidad de abrir nuevos paradigmas para el desarrollo donde la producción de bienes y servicios se recupere como gran espacio para la inversión y el trabajo, tomando distancia de la individualización propia del neoliberalismo para dar lugar a la moderna socialización de la producción y el consumo, en una lógica de reproducción ampliada.
Para ello, cada país deberá analizar sus circunstancias específicas, ritmos y condiciones, a fin de definir las modalidades particulares de su desarrollo ulterior. México tendrá que volver la mirada hacia su mercado interno por obligada circunstancia ante la disminución de la economía norteamericana, por la débil relación con otras economías, por la necesidad de reordenar los recursos internos disponibles que hoy se revaloran en el contexto de la crisis y por el preeminente significado que ello tiene en términos de superación de la pobreza.
Acompañar esta determinación en correspondencia con lo expresado en los párrafos anteriores, implica no sólo atreverse a ampliar el déficit público o a realizar inversión gubernamental en infraestructura intensiva en mano de obra, o a ampliar el gasto social o en dejar de darle tanto a los grandes beneficiarios privados para dárselo al sector social, todo eso puede suceder pero si no hay cambios sustantivos en las formas de organización de la producción y en la política económica, sólo habrá populismo.
El cambio en la organización de la producción en el campo mexicano puede ejemplificar criterios de nueva organización productiva donde el conocimiento técnico y científico y la nueva estructura de la demanda se correlacionen, donde la propiedad de la tierra y el capital privado se correlacionen, donde la descentralización y el reordenamiento regional se correlacionen y donde la organización social y el relevo generacional se sitúen como baluartes de la sostenibilidad.
La clave está en un nuevo ensamble entre los pequeños productores dueños de la tierra y el financiamiento que habrá de ser público y/o privado, pero la organización de los pequeños productores no se da ni se dará mientras persista la idea de que son ineficientes por naturaleza y que al ser minis son inviables y que las tierras que ocupan son improductivas, todo ello era una verdad a medias que de ahora en adelante se modifica que no por anhelo o voluntad sino porque el mundo es otro.
Sus tierras ahora se tornan de un valor especial, pues son cuencas estratégicas en la producción de agua y otros servicios ambientales, son vetas de importantes minerales para las telecomunicaciones, y áreas estratégicas en la producción de alimentos de alta demanda, etc., etc. Son miniminis, pero son dueños de más de dos terceras partes del territorio y asociados pueden estructurar economías de escala de capacidad competitiva, están atomizados pero, como todos, son susceptibles de organizarse detrás de un negocio, etc., etc., no obstante, la tarea no es sencilla.
Efectivamente, una estrategia de nueva gestión productiva con relevancia entre los pequeños productores requiere inscribir dentro de un nuevo arreglo institucional y de cambios de fondo en la política económica, es decir, cambios en la política-política y en el modelo de desarrollo. La estrategia basada en la exportación ha perdido su horizonte de corto y mediano plazos ante la crisis de Estados Unidos; el petróleo es importante pero por mucho insuficiente para financiar el desarrollo; la industria nacional está en un contexto económico depresivo y los servicios se disminuirán a la par del resto de las actividades. Y entonces surge la pregunta ¿en dónde se guarecerá el capital financiero sino en aquellas áreas dónde perviva la demanda?
El sector de alimentos no está exento de sufrir estragos, pero su naturaleza lo afecta en última instancia; más aún, es previsible que a pesar de la crisis, la demanda de los países orientales y la competencia de los usos de bioenergéticos entre los países desarrollados presionen a la alza los precios alimentarios y atraigan inversiones en las bolsas internacionales para acentuar este fenómeno económico, de tal suerte que el sector agropecuario se reubica como ámbito de rentabilidad y palanca de cofinanciamiento a la cimentación del desarrollo industrial y de servicios, para el desarrollo ulterior de México.




