José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*Alarcón Hernández y los derechos humanos de la poesía
En la historia política y social del estado de Guerrero, Juan Alarcón Hernández integra el grupo de enjundiosos estudiantes que en 1960 encabezaron el movimiento que enfrentó al régimen gubernamental de Raúl Caballero Aburto hasta sacar al general de la silla y conseguir la autonomía universitaria. En ese entonces Juan era muy joven y compartió la mesa y la plática de Juan García Jiménez y Rubén Mora Gutiérrez, poetas nacidos en la Costa Chica, como él, que gozaban de enorme popularidad. Hasta la vez, por medio de la grabación que realizó hace varios años, Juan declama a amplios públicos reunidos en programas tradicionales del municipio, el Canto Criollo o el Canto a Guerrero para todos los tiempos, de su paisano Rubén. Probablemente también conoció la Epístola de agradecimiento que en 1958 Mora Gutiérrez dedicó al general Caballero Aburto, al que pone como campeón del desarrollo social y cultural del estado. Hasta entonces, la poesía venía cantando al estado de Guerrero del brazo de los logros revolucionarios que preconizaban los gobiernos priistas. Así que, a los dos años de la Epístola en que Caballero aparece como un Pericles suriano, el general es defenestrado y, con su caída, puesto en duda el sistema político y el desarrollo social pregonado. En plena crisis, de rebote, la creación poética casi se queda sin temas y, bajo el empuje tardío de la poesía moderna, por primera vez titubea ante las formas tradicionales que suele emplear. Así fue como muchos poetas guerrerenses, sobre todo los que estaban en ciernes, se quedaron colgados de la brocha.
Poesía de juventud
¿Qué fue de Juan Alarcón Hernández, que en 1960 sólo tenía 26 o 27 años de edad? Recordamos que, con el tiempo, fue alcalde de Chilpancingo, director de Gobernación y presidente del Tribunal de lo Contencioso Administrativo. Desde luego, que desde 1990 preside la Comisión de Defensa de los Derechos Humanos en el estado de Guerrero. Sí, pero ¿qué fue del poeta?
La enumeración de sus cargos políticos y administrativos –anduvo por el MP, por Averiguaciones Previas…– sólo sirve para hacer más picosa la pregunta. Y es que, por lo general, los funcionarios no escriben literatura, particularmente no andan confesándose en poemas a cada rato, como cuando el mundo era joven y ellos un potencial de proposiciones y versos. Ya no tienen tiempo y, además, con la familia, el horario y los deberes en la frente, los compromisos políticos, el prestigio social y hasta la ética profesional suelen inhibir las emociones poéticas (y casi toda forma de sensualidad) y la escritura literaria en general. De vez en cuando, cierto, les da por quitarse la toga y por largar sobre la agenda de temas burocráticos o congresistas un entregado poema de amor, que en cuanto puedan leerán a sus amigos en una tertulia bohemia y semisecreta.
En el prólogo de Barro Nuevo (Altres-Costa Amic, 2013), Alarcón Hernández reconoce que “gran parte de las poesías que se publican aquí las escribí en mi etapa juvenil”, cuando ganó varios premios en el antiguo Colegio del Estado y en la Universidad Autónoma de Guerrero. Revela que entre 1983 y 1986 produjo “un poco más”. Como si se diera golpes en el pecho, agrega que “pocas son las que escribí en los últimos años de mi vida, por dedicarme a la actividad pública”. En la televisión –y luego en el libro de entrevistas de Andrés Campuzano (Guerrero, El cuento de nunca acabar, 2013)–, Alarcón Hernández le explica a Noemí García que “la facilidad de escribir” que apunta en el prólogo de su poemario “viene… de manejar la mente, de manejar imágenes, de estar creando con mucha frecuencia”, de practicar la lectura y la escritura, lo que “lamentablemente, no se puede mucho cuando uno se dedica a la vida pública”…
Lo de la vida pública no sorprende tanto como eso de que los poemas que “escribí en los últimos años de mi vida” son pocos, ya que, más que en “pocos”, en muchísimos de ellos la voz poética añora amores pasados y tiempos idos, en puntual seguimiento de una nostalgia expresa y sujeta sólo a la discreción y el recato. Claro, también encontramos versos en tiempo presente, con la emoción fresca y directa, en el “estilo llano y accesible” que el autor anuncia en la presentación de su poemario.
Y ahora sí que los temas de Juan Alarcón son tan amplios como su propia biografía: en su poemario está la historia nacional y regional, algunas ciudades y diversas tradiciones de Guerrero, los normalistas, la juventud, la lucha obrera y campesina, el devenir de la Patria, la libertad (“izada en la cúspide del pensamiento”), el destino del ser humano…
Reflexión e inspiración
El barajeo costeño que el autor hizo con sus poemas y los tiempos en que los escribió, olvidó y revisó, suelen hacernos bolas, aunque luego la madeja ofrezca una hebra temporal, a la que sólo le falta lugar y fecha, como cuando el poeta recuerda su pasado poético y social, lleno de ternuras, “bellas inquietudes y heroísmos románticos”, que nos remite a su paso por el Colegio del Estado y al Movimiento del 60; cuando recuerda a una cantora mixteca en cuyo canto y versos encontró cadencias y melancolía / un fondo musical de chirimía / y un mensaje prehispánico en el beso, así como cuando propone “acabar con la corrupción” y hasta cuando menciona a los halcones, ave elevada a símbolo del vuelo y cálculo cazador por los poetas que en México obtuvo rango institucional con la represión contra estudiantes que ordenó Luis Echeverría el 10 de junio de 1971. Juan está por la libertad, la igualdad y la justicia. Ante todo, el amor. El amor a la compañera, a la mujer extrañada de repente, a sus hijos, a sus semejantes, en un “ejercicio literario… producto de la reflexión e inspiración”. Al principio y al final, la presencia del ser humano en lo que tiene de aventurero y luchón, poético y civilizador.
El Hombre
El Hombre viene en diversos contextos y puntos de vista: como Fantasma iconoclasta, / realidad y ficción controvertible, / espectro que deambula por el mapa…:
El que vive en el suelo que se viste / de petróleo, de bosques, de oro
y plata, / es el hombre que a veces se retrata / en el bronce, en el mar y el arrecife.
Un ser con errores y borrascas, / un hombre, y como tal pienso y camino /un microcosmos entre luz y sombras / un trashumante en busca del destino.
Como espejo tridimensional del propio poeta y sus vecinos:
Verme por dentro y ver la desnudez del mundo, / las máscaras caídas de hombres y mujeres / y conocer de cerca lo que sienten, / su respirar de vida, su canto hondo, / sus íntimas vivencias y sus sueños, / con lenguaje que se habla sin palabras / en un idioma eterno de silencios.
Y aparece, también, como creador permanente del destino, / creatura gigantesca del planeta, un fulano imperfecto, pero –“heroico y combativo”– perfectible. Como el propio autor explica, el título de su libro, Barro Nuevo, “hace referencia a la creación del ser humano según el mensaje bíblico”, no queda más que señalar que Dios es uno de los personajes ausentes en este libro pleno de querencias personales, añoranzas humanistas y héroes civiles. ¿Barro nuevo? Juan Alarcón dice que traduce el mensaje “como el fortalecimiento de los valores e ideas en la vida de los hombres y mujeres, dirigido al encuentro definitivo con la verdad, la justicia, la dignidad, la paz, la igualdad y el amor para abrir las avenidas del cambio al que aspira la humanidad”.
¿Cuál brocha? El mapa de una vida
Todo indica que, tras el largo trasiego incesante de sus deberes profesionales y conciudadanos, Alarcón Hernández sacó de su escritorio sus poemas, los extendió en la mesa y sobre el piso, los pegó en las paredes y, como en un relato de Borges, de pronto advirtió que, entre todos, más los que “se perdieron en la noche de los tiempos”, conformaban, ni más ni menos, el mapa de su existencia, desde sus épocas estudiantiles hasta la alta tarea de defensor de los derechos humanos de los guerrerenses que actualmente tiene a su cargo. Si la naturaleza se le había olvidado, ahí está: en “Voces y silencios” y en “Aves en vuelo”, que, por cierto, recuerda “La mariposa”, del chilpancingueño Leopoldo Estrada. Estas aves vuelan en un soneto, que, a partir del segundo cuarteto, dice que:
Sus acrobacias son un doble acento / la maestría de su vuelo en espiral / y el trazo de una línea horizontal / son geométricas formas y un portento.
El ritmo en su gimnasia es la belleza / que se exhibe en el vuelo danzarino / en el prisma de magia y de grandeza / realidad que aparenta una ficción, / ¡oh divina ilusión de un don divino!, / en el trapecio de mi corazón.
En octasílabos, endecasílabos, sonetos, coplas y versos libres, Juan se da tiempo para preguntarse por las palabras y la poesía, le hace un soneto al sonetillo, juega con los vocablos “feliz” y “felicidad”, y de cuando en cuando confiesa:
Quiero estar solo y triste
muy ebrio de recuerdos,
habitar en un mundo
sin almas y sin cuerpos
o vivir en el mundo
donde habitan los muertos
porque ellos son callados
cual sombras silenciosas
y guardan los secretos
del alma y de las cosas.
En “Busco un destino”, dice Alarcón:
Soy un mundo de esferas,
de angustia y soledad,
un mundo de silencios
que se abre al infinito.
La verdad es mi causa,
el amor, mi bandera.
“Casi estoy hablando de lo que yo aspiro…”, confesó Alarcón Hernández en la televisión: (este poema) “nació de mi alma y lo entrego a la vida”, dijo, y, por encima de casos y vicisitudes de su defensoría, de este lado de la pantalla vislumbramos al Juan orador y no se diga declamador, al bohemio destacado de Promotores del Arte e impulsor de la cultura en general, al funcionario discreto y efectivo, al alcalde de los buenos y populares y, desde luego, al poeta, y le creímos.
Añadió que el recitado poema “es idealista. Yo sigo siendo idealista desde mi juventud hasta la fecha”. Barro Nuevo encierra temas e intereses personales y sociales que, con el tiempo, la vida familiar, los ires y venires históricos y políticos y los derechos humanos, han conformado un círculo poético enjundioso y esperanzado, idealista y, a su modo, confesional, sincero y encomiable. El círculo coherente de la vida y la creación. Qué bueno que, a los ochenta años, el ombudsman sacó de los cajones de su cuerpo este Barro Nuevo que modeló él, la vida y tiempo, y se extendió a sí mismo una Recomendación para reconocer de una vez por todas los derechos humanos de la poesía.
Epílogo con los maestros
Lo anterior fue leído por el autor en la presentación de Barro Nuevo, el pasado 14 de noviembre. Ahí, Juan Alarcón recordó que convivió con varios poetas guerrerenses destacados, como Juan García Jiménez, Lamberto Alarcón, Isaac Palacios Martínez y Rubén Mora. Éste fue su maestro. Un maestro exigente, ya que, cuando Juan le mostraba o leía sus poemas, varias veces le dijo: ¡Me copias! ¡Estás escribiendo como yo!… Hasta que un día Juan le enseñó unos versos y el maestro le dijo: ¡eso!, esa es tu propia voz, ese eres tú mismo!…
En alguna ocasión enfrentó a Lamberto Alarcón, el autor de Al laurel de Chilpancingo y Quisiera amar a todas (las mujeres): Maestro –le dijo–, por lo menos en algo lo he superado. ¿En qué?, preguntó el maestro, y el avezado y bromista discípulo le respondió: En que usted quisiera amar a todas las mujeres…, y yo ¡ya las amo!




