Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

“Así como lo ven, mi gallo puede hacer una pendejada”

Era la feria de Semana Santa en Petatlán y en el palenque el sábado a mediodía los galleros no profesionales concertaban jugadas ante un público numeroso que tiene el acceso libre para presenciar los encuentros de topetones.
Las miradas del público festivo se concentran en el tipo flaco que en traje deportivo se pasea nervioso con un gallo entre las manos. Con la vista en él lo recorren de arriba abajo. Su pelo extremadamente largo y desaliñado no resulta especialmente llamativo como para disimular su ojo con nube. Habla con desparpajo y parece demasiado confianzudo con su sonrisa fácil exhibiendo la falta de muchos de sus dientes. Su uniforme con playera y short y su figura toda, dejan al descubierto el seguro cuerpo de un corredor avezado.
Hablaba rapidito el personaje del gallo con el inconfundible acento costeño comiéndose la “s”; al último todo mundo repara en su gallo, un abanado pelón y de cuerpo parecido a su dueño. El animal parecía no darse cuenta del trance en que estaba, mientras un acomedido amarraba con diligencia la navaja en una de sus patas.
El gallo abado pelón por fin tenía contrincante y lo amarraba Saúl, el hombre regordete, gallero de Buena Vista, quien reía socarronamente burlándose del gallo contrario.
–¡Cien pesos al gallo pelón! Gritó el amarrador secundado por las risas del público.
El hombre flaco y enjuto levantó orgulloso su gallo mostrándolo al público, al tiempo que respondía: “Así como lo ven de ingratito, este gallo puede hacer una pendejada”.
Cuando el gallo estuvo armado, su dueño le mojó el plumaje con agua que rociaba con su boca, luego le jalaba violentamente la cresta, lo bajaba al suelo, se lo acercaba al contrario y lo atraía de la cola para cargarlo entre sus brazos. Todo ese ritual y la animalidad de su dueño sedujo al público y las apuestas proliferaron.
“Así como lo ven, este gallo puede hacer una pendejada”, insistía el del gallo pelón para animar las apuestas.
Por fin empezó la pelea en el centro del anillo. El contrario del pelón, un gallo negro como cuervo de mirada asesina que al verse libre se abalanzó sobre el contrincante y yo creo que éste lo adivinó en sus intenciones porque en cuanto se sintió abandonado por su dueño a merced del negro, no esperó más y salió volando del ruedo huyendo del contrario.
Viendo el desenlace de la pelea, el hombre flaco sólo acertó a decir: “Les dije que mi gallo podía hacer una pendejada”.

¡A ti que chingado te importa, si tu ni me compras!

Era de mañana en el mes de septiembre. El río crecido, los caminos lodosos y el campo lleno de rocío.
Las ocupaciones en el pueblo giraban como el tiempo. Siendo época de lluvias los que tenían vacas madrugaban para ordeñar porque la costumbre dicta que la leche debe llegar temprano a las casas para el almuerzo o para hacer la cuajada.
Don Leo era de esos viejos acostumbrados tanto a su trabajo que ni la lluvia ni el río crecido, ni el frío de la madrugada le impedían cumplir con el rito de madrugar, ensillar el caballo, colgar los picheles en el cabezal y dirigirse hasta el corral de las vacas.
Con su pantalón arremangado y sin huaraches se metía al lodazal para ordeñar las vacas mientras su ayudante se encargaba de “colgar” los becerros.
La entrega de la leche era un compromiso diario durante la época de la ordeña y don Leo lo cumplía al pie de la letra. Cuando el sol empezaba a alumbrar el día, don Leo ya venía de regreso con sus picheles llenos.
No es que fuera su costumbre terminar de llenar los picheles con el agua del río porque la leche que él entregaba era preferida para sacar el jocoque acostumbrado para el almuerzo, pero el caso fue que muy esa mañana se dio la circunstancia de que su vecino Rosendo había salido tarde para realizar la misma tarea, como si lo hubieran acordado, se encontraron mero en el paso del río de Pantla.
De por sí don Leo no andaba bien de los oídos y con el rumor del río escuchaba menos. Si no había reparado en la llegada de Rosendo era porque estaba agachado llenando precisamente el pichel con agua del río. Rosendo dice que quizá porque iba distraído ni había puesto cuidado en lo que don Leo hacía y nada más lo saludó con el respeto debido.
Uno fue la sordera de don Leo agudizada por el rumor de la corriente del río, lo demás la reacción de quien se siente descubierto.
–¡Buenos días don Leo!
Cuando Rosendo lo platicó dijo que ni siquiera había reparado en lo que don Leo hacía en el río, sino hasta que escuchó la respuesta a su saludo.
–¡Y a ti que chingado te importa, si tu ni me compras!
De todos modos el chisme se regó pronto por todo el pueblo. Los partidarios de don Leo concluyeron que quizá era la primera vez que bautizaba la leche.

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