Federico Vite
La mentalidad provinciana
El yugoslavo Danilo Kis es una de esas rara avis literarias que alcanzan su segundo aire con la reedición de su obra. La editorial Acantilado inició el relanzamiento de toda la narrativa de Kis. Destaco la aparición de Una tumba para Boris Davidovich (2006), Enciclopedia de los muertos (2008) y Laúd y Cicatrices (2009), traducciones de Nevenka Vasiljevic.
En Una tumba para Boris Davidovich?se reúnen siete historias (La navaja con la empuñadura de palo rosa, La marrana que devora su camada, Los leones mecánicos, El mágico circular de los naipes, Una tumba para Boris Davidovich, Los perros y los libros y Una breve biografía de A.A. Darmolatov) en las que Yugoslavia ni siquiera se menciona.
Kis retomó siete hechos extraordinarios que ocurrieron en la primera mitad del siglo XX y esos hitos designan la fatídica vida de los siete personajes (polacos, rumanos, rusos, irlandeses y húngaros, la mayoría de origen judío) que pueblan este libro, acusado de plagio en Yugoslavia. Los académicos balcánicos afirmaban que Danilo había plagiado a Borges, Joyce, Mandelstam y a los hermanos Medvedev. No lo creían capaz de narrar con absoluta sobriedad el destino trágico de numerosas víctimas del terror estalinista, particularmente de los militantes revolucionarios de origen judío, machacados por el sistema que ellos contribuyeron a instalar. Habla pues de pasiones políticas que terminaron devorando a los ideólogos que profesaban el comunismo.
Una parte de este libro deriva del testimonio de Karlo Stajner,?Siete mil días en Siberia, publicado en 1972, en Belgrado. Stajner era un militante comunista yugoslavo, destacado en Moscú durante los años 30 para colaborar en el Konmitern. Víctima de las grandes purgas estalinistas de 1936, pasa 20 años de su vida en prisión y en los?gulags, antes de ser relegado en Siberia. Únicamente la reconciliación entre Nikita Khruchev y Tito, en 1956, le permitió regresar a Yugoslavia, donde también padeció ciertas displicencias de algunos sectores del poder.
En sus relatos, Danilo trata los?temas?históricos más traumáticos (la devastación del nazismo y el estalinismo), pero el plus –tal vez la gran dosis de modernidad– es que aborda las tragedias con humor e ironía. Fusiona la ficción y la realidad; otorga a sus reconstrucciones imaginarias varios detalles para hacer verosímil los hechos, aunque parezcan incongruentes o extravagantes. El sutil juego en los relatos de Kis se fundamenta en aparentes coincidencias y repeticiones obsesivas que anudan aún más cada uno de los conflictos de los personajes, expuestos en un libro que aparentemente funciona por sus unidades narrativas independientes, pero que bien podría leerse como un collage cuyos personajes entablan correspondencias mínimas: sor-tear con cinismo el mal impuesto por los regímenes totalitarios.
Hijo de un judío húngaro asesinado en Auschwitz, en 1944, y de una montenegrina cristiano-ortodoxa, Kis (Subotica, 1935-París, 1989) ha sido considerado uno de los más grandes autores del siglo pasado; uno de los pocos escritores balcánicos aclamados por los estadunidenses. Susan Sontag lo incluyó en su libro Cuestión de énfasis como uno de los autores que resignificaban los temas y las tramas de la literatura yugoslava. Sontag conoció a este autor durante su estancia en París, donde puso la mirada en varias manifestaciones estéticas, no sólo literarias.
Disidente de la ideología totalitaria comunista y víctima del nazismo, febril adversario de los delirios nacionalistas que nunca han dejado de manifestarse en los Balcanes, Kis se convirtió en el blanco favorito, sobre todo a raíz del reconocimiento internacional, de los achichincles del régimen de Tito, quienes le hicieron la vida de cuadritos constantemente. A ellos, Danilo bautizó como la mentalidad provinciana, mediocre y totalitaria. Les ganó una demanda de plagio, pero ese sólo fue uno de los escollos que logró esquivar en Yugoslavia.
Sus colegas europeos lo conocían como un narrador excéntrico, pionero en la fusión de géneros literarios (mezclaba documentos con engañosas pesquisas dispersas y fragmentarias). Sus lectores franceses son casi un secreto, pero gracias a la editorial Acantilado, varios de los textos de este hombre aún pueden llegar hasta nosotros y sólo con la intención de recordarnos, como lo hace el poeta Joseph Brodsky en el prólogo, que “la política, en lugares pequeños, siempre se ejerce a lo grande, aplasta todo, incluso a la historia y a la valoración estética”.
“La historia que sigue a continuación, una historia que nació de la sospecha y de la duda, tiene la única?desgracia?(que algunos llaman suerte) de ser verdadera”. Así comienza Una tumba para Boris Davidovich.
A Danilo le tocó vivir la incomprensión de una izquierda de mentiritas (casi tan absurda como la guerrerense). Fue en París, no en Belgrado, donde se desencantó de la política. Kis no vio la caída del muro de Berlín. Murió unas semanas antes, el 15 de octubre de 1989. Padecía cáncer. Tenía 54 años. Hay quienes afirman que se suicidó.




