José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE 32
* El último testigo
Al profesor Aarón Flores Chávez, flamante entrenador del Real Anáhuac.
–Y cómo están tus hermanas, cómo está tu mamá –me pregunta Mimo al entrar en la cantina, donde todo mundo suspira, platica, bebe y persigue la pelota en la pantalla de la televisión.
Me lo topé en la calle: Mimo, antiguo compañero de escuela de mi hermano Luis y buen amigo de mis hermanas… Me lo encontraba, en mi infancia antigua, en el patio de plantas, flores y cotorras, agradeciendo, con su sonrisa, con su entonces ya ilustre chismología, el agua de limón que mi mamá le ofrecía al menor intercambio de saludos, a modo de bienvenida…
Hace siglos emigró a Monterrey y ahora que regresa al pueblo jura que ya no conoce a nadie y que si se distrae tratando de ubicar las casas de los viejos amigos corre el riesgo de perder lo poco que le queda de recuerdos a la mitad de cada calle…
–…¡La última vez que te vi eras un niño! –exclamó, sorprendido, Mimo, cuando nos encontramos en la calle, y me invitó a la cantina…:
–La última vez que yo te vi, fue… cuando metí aquel gol –le digo, balbuceante, con la imagen de la pelota de gajos desoxidando, en pleno vuelo, la antigüedad del nervio rey de los trastornos futboleros y la carpa de circo de mis pestañas. No escucho lo que a gritos me responde Mimo: el estruendo cervecero se nos echa encima con la fuerza de un estadio de futbol repleto de villamelones en trance: las gloriosas chivas rayadas del Guadalajara acaban de meter gol…
Dejo que pase el tráfago de alaridos ultramarinos, y la quejumbre, paralela, menor, como de quijadas rotas. Me gusta la ola coral, que de la tele se prolonga a las mesas y que, cuando termina, me regresa al principio de la plática:
–Bien, Mimo. Gracias.
–¿Te gustó el gol? –pregunta él, la boca abierta, el puño aún victorioso y alzado a lo que da…
–Cuál gol. Gracias por preguntarme por mi familia.
–¡Qué, chamaco!… –revira, encrespado, en su propia onda, Mimo– ¿ahora vas a salirme con que ya no le vas a las Chivas?…
Cierta tarde de cuarto o quinto de primaria mi hermano Luis llegó a casa con un racimo de cocos que había confiscado en una aduana costeña y un par de zapatos de futbol que –por enormes– no sé si encontró junto al Pie de la Cuesta o compró en una barata de saldos de Walt Disney… De seis tacos remachados con clavos. Negros, largos como una lancha, con cabeza de bombín, con agujetas de cordón de persianas de vuelta y vuelta… Los cocos pa’ tu vodka y la de Luis, mi estimado Mimo, los cacles para mí, pata de perro curtido por los llanos calizos del Campo Wallace, perro en dos patas tratándose de contener la pelota, a los contrincantes o a los propios ventarrones de agosto sin tropezarse con los guijarros que a una hora de la tarde el río Huacapa tiraba, con bilis profunda, sobre el área grande, remarcada con unas cuantas nubes de cal…
Si a patadas la pelota de cuero de a de veras desaparecía tras los guamúchiles y caía en las crestas sucias del Huacapa, nunca más volveríamos… ni a olerla. Aprendimos a entrecerrar los ojos para delinear mejor las porterías blanqueadas y chuecas sobre el marco del cielo amanecido, completo e inconsútil como la camiseta de Alfredo Di Stéfano, y los balbuceos de la tarde que –como la ciudad, como las puertas y los patios de las casas, como los amigos y los lugares para platicar–, jugando, jugando, se iba. Pero ¿cómo hubiéramos podido diferenciar, a esa edad de balones de piedra y lodo, de pestañas de alambre y quijadas peridispuestas a batallas imposibles, la curva interminable del campo futbolero de la concha plena y deatiro estupefacta del mediodía?
Ni con la uña alcanzaba a llenar los zapatos de Tribilín que me trajo Luis, y más de una vez mis ansias deportivas terminaron entre los huizachales, coronadas por florecillas silvestres…
Un día fallé un gol a bocajarro, y el viento culebrero del Wallace se lo achacó a mi otra pierna. Me puse a entrenar con mi yo, y a mi yo con mis zapatones bombinescos, y en sexto año me gané un lugar junto a la intensidad de mis emociones futboleras. Fue cuando lo del gol. Bamboleándome como cualquier Charlot en calzoncillos de juego, con la frente requemada y aun sudorosa, entro al patio lleno de árboles, plantas, cotorras y recuerdos futuros. Mi mamá me repite el comercial televisivo de la mamá que se asusta por tanta mugre, sudor y lodo que va a tener que lavar, y ahí es donde tú apareces, Mimo.
En la cantina es medio tiempo. Algún silencio burbujea en los tarros de cerveza.
–…¡Déjenlo! –exclamaste, Mimo– viene contento –suspiraste, señalándome con el índice– porque metió un gol desde el merito centro de la cancha, la prendió con esos chingados zapatones de pachuco que trae y pao: la pelota se clavó en el área… y ¡va pa’ dentro!… –suspiraste orgulloso, deslumbrante Maestro Limpio…
–A poco no.
–A poco no qué.
–A poco no te acuerdas.
–…cómo de qué!…
–Del comentario que hiciste frente a mi familia completa y junta, entre las plantas y las flores de mi casa… De cuando la pelota se perdió entre nubes y devolvió una flecha: de la mirada que todavía no regresa…
–¡Hace mil años, Mimo, veíamos el fut por radio, las chivas no eran un América al revés, tú eras de la edad de Luis y de mis hermanas y siempre andabas contento, si llovía casi no podíamos levantar la pelota –por lodosa y pesada– y, en pocas palabras, de ese día en que metí ese golazo de media cancha ¡tú eres el último testigo!…
–Cuál cas… tigo… –masculla Mimo, de perfil, limpiándose restos de espuma de la boca…
Acompañada por un cucurucho de dedos, acerca la oreja y
–¡Se me olvidó decirte que sin el dichoso aparatito no oigo… nada de nada…! ¡Háblame más fuerte!… –grita.
El Guadalajara ya le encajó otro gol a los cremas del América y se arma la batahola. La súper fiesta.
Mimo pasará varias horas más entre abrazos y olas, compartiendo tarros y canciones.
Yo tardé en advertir que dejé pagada la cuenta de las cervezas que me invitó y no estoy seguro de que sea sólo este silencio demasiado físico el que me impide reconocer el eco de mis pasos en mi calle.
Entre nubes, bajo las piedras, encuentro, al fin, la casa de la infancia. Cierro la puerta por dentro, y me trago la llave.
De todos modos hace tiempo que abandonamos el futbol, ¿no es cierto?, le preguntan mis zapatos cabezones a las florecillas silvestres que me revientan entre los dedos, entre algodones en greña y versos de cal.
NOTA. Juan: lamento que la foto del Trovador de la Sierra se la hayan acreditado a El Sur, cuando el que tomó la fotografía es Rogelio Memije del Moral, como apunté cuando envié la foto. Aunque la foto estuviera en el archivo del periódico, (me súper consta que) no deja de ser de Rogelio, al que ahora no me queda más que invitarle un ceviche.
De la Redacción. Ofrecemos disculpas al autor de la fotografía y a los lectores. Por una falla en la comunicación interna el editor no recibió el mensaje de José Gómez y por política editorial todas las fotografías deben estar acreditadas a alguien, por eso usamos la fórmula El Sur para aquellas cuyo autor las entrega al diario sin exigencia de que se le dé crédito, o incluso con la petición expresa de que no aparezca su nombre. En este caso debimos acreditarla a Rogelio Memije del Moral, acompañándola de la leyenda Cortesía de…




