Fernando Lasso Echeverría
El sida, ¿la lepra del siglo XXI? (II)
Desde tiempos inmemorables –ya se le menciona en la Biblia y otros textos más antiguos– la lepra fue una enfermedad que provocaba en el individuo y en la sociedad, grandes temores y por ello, gran repudio social.
Para la población en general no había condición patológica más infame o peor maldición divina, que la de padecer lepra, a pesar de que era una enfermedad crónica, que no provocaba la muerte; esta situación hacía que los enfermos ocultaran su enfermedad o bien que la familia escondiera a sus enfermos, adoptando diversos medios, como el de cambiar frecuentemente de domicilio y círculos sociales, o bien si tenían los recursos para ello, mantenían recluidos durante toda su vida a los pacientes, para que nadie los viera y se ocultara así que existían leprosos en la familia, pues entre otros mitos, se manejaba que la lepra era hereditaria o familiar.
Muchos enfermos de lepra fueron asesinados, por los prejuicios que la enfermedad provocaba socialmente y no existía pues, peor estigma que ser señalado como leproso; no puede olvidarse que hace algunos años manos criminales incendiaron la casa de una enferma de lepra y su hija, en Tecpan de Galeana, provocando la muerte de ambas, quemadas en su interior; asimismo, por la angustia o depresión que causaba en los pacientes el presentar esta enfermedad, algunos de ellos llegaron al suicidio.
¿A que se debían estas situaciones? Obviamente, al desconocimiento que se tenía de la enfermedad, que creaba a cambio, una serie de prejuicios y mitos que involucraban al padecimiento y a los que lo sufrían. Hasta fechas recientes faltó mayor difusión sobre el conocimiento de la lepra en todos los niveles; la mayoría del personal de salud ignoraba todo sobre este padecimiento y nunca le importó tener mayores nociones al respecto; en las escuelas de medicina, se le soslayaba en la enseñanza, o bien se hablaba sobre el padecimiento en forma muy superficial; había médicos o enfermeras que afirmaban que la lepra era una enfermedad bíblica, que ya no existía; otros, tenían entre sus pacientes a leprosos e ignoraban que lo eran; por supuesto, el público en general manejaba graves mitos sobre este padecimiento; todo ello hacía de la lepra una enfermedad llena de prejuicios nada científicos y a los leprosos víctimas de éstos. El mismo nombre de leproso –termino científico, perfectamente correcto para llamar a los enfermos– era socialmente ofensivo e injurioso, por lo que la Organización Mundial de la Salud (OMS), deseando disminuir la estigmatización en contra de le enfermedad y los que la padecían, creó el término de “mal de Hansen” para la enfermedad y el de “hanseniano” para los enfermos, denominaciones que nunca fueron aceptadas por los leprólogos.
Es a finales del siglo XX cuando aparecen nuevos esquemas terapéuticos, que logran por fin curar este padecimiento y la lepra deja de ser una enfermedad temida y perfectamente controlable por las autoridades sanitarias, pero… circunstancialmente aparece en la misma época, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, padecimiento que sin parecerse en absoluto a la lepra, asume todos los prejuicios sociales que ésta llevaba consigo, fundamentalmente porque el sida también es una enfermedad que conlleva un gran bagaje de mitos y recelos, debido a que no es suficientemente conocida por la mayoría de los médicos y por el público en general.
El leproso del siglo XXI es llamado ahora sidoso y ésta es una palabra que le eriza los pelos a cualquiera que la oye, provocándole una serie de sentimientos negativos –y agresivos inclusive–, hacia el presunto enfermo de sida. Esta enfermedad despierta terror, y los que la padecen sufren rechazo social, laboral y de otra índole, que canaliza hacia el enfermo o hacia su avergonzada familia, todo tipo de graves repercusiones sociales muy similares a las que recibió el leproso durante siglos: exclusión de su núcleo familiar, pérdida del trabajo, de su círculo social, agresiones físicas e inclusive rechazo en las instituciones de salud a las que acude para su tratamiento; esto se ve agravado, porque –tal como lo señalan las estadísticas oficiales– hasta la fecha este padecimiento es transmitido mayoritariamente a través de relaciones sexuales entre hombres, situación que le provoca al enfermo mayor grado de culpabilidad ante la sociedad, haciéndole aún más vulnerable.
Respecto a lo anterior, es necesario destacar que el hecho de que un individuo sea homosexual, no lo convierte automáticamente en sidoso, pues generalmente sólo se contagian de esta enfermedad y otras más de transmisión sexual, como el herpes, la gonorrea, la sífilis, o las hepatitis B o C, aquellos homosexuales promiscuos, que tienen relaciones sexuales con muchas personas, en forma indiscriminada; las parejas de homosexuales sanos, que son fieles uno al otro, jamás adquirirán el sida. Igualmente, es necesario mencionar que esta enfermedad también puede transmitirse por medio de transfusiones sanguíneas no controladas por el sector salud, a través del uso común de jeringas contaminadas entre adictos a las drogas inyectables, y transplacentariamente, a los niños nacidos de una madre seropositiva; por otro lado, es conveniente recordar que esta enfermedad no se contagia con el saludo, ni con un abrazo o con un beso, tampoco compartiendo la mesa con un enfermo, ni usando su ropa; todos estos temores deben de evitarse y hacer más llevadera y fácil la convivencia con estos enfermos.
Mientras no se logre una vacuna para prevenir este padecimiento, o se consiga un medicamento efectivo contra el virus que lo provoca, el sida será un padecimiento que cada vez será más frecuente en nuestra sociedad; el otorrinolaringólogo, el dermatólogo, el gastroenterólogo, el neumólogo, el internista, así como otros especialistas y los médicos generales, verán –conforme pase el tiempo–, cada vez más enfermos de sida en su consulta particular o institucional y de ninguna manera pueden eludir su responsabilidad, rechazando a los casos que acudan con ellos –como le sucedía a los leprosos– en busca de atención médica; el personal de salud debe conocer perfectamente la historia natural del padecimiento, las patologías que lo acompañan y que pueden sugerir el diagnóstico, y los esquemas terapéuticos que conforman su tratamiento.
Por otro lado, es aconsejable que los profesionistas de la medicina vean a los pacientes de sida como “un paciente más”, dentro de su consulta; de ninguna manera, como un enfermo “especial” que debe observarse a escondidas, de lejos o a través de un traje especial –algo así como de astronauta– que impida el contacto físico con el paciente; por supuesto, todo ello, sin dejar de guardar las precauciones necesarias que se tienen, cuando se manipula un enfermo con cualquier otra enfermedad transmisible.
No permitamos que el desconocimiento absoluto o parcial sobre esta enfermedad, dé paso a la intolerancia y a los prejuicios y mitos que convierten al enfermo de sida en un “leproso moderno”, que debe esconderse o sufrir el rechazo del personal de salud y por ende, de la población en general. Seguramente este será el primer paso para que esta enfermedad pueda controlarse adecuadamente y la inevitable epidemia de SIDA que estamos viviendo, se lleve a cifras mínimas, sobre todo en grupos de alto riesgo de la población.
* Ex presidente de la Sociedad Médica de Chilpancingo y ex presidente de la Federación Médica del Estado de Guerrero.




