Clama por justicia el papá de Gabriel Echeverría
*A veces, por andar exigiendo justicia sale peor”, dice a dos años del asesinato de su hijo
Zacarías Cervantes
Tixtla
Dos años después del asesinato de su hijo Gabriel Echeverría de Jesús, por policías federales y estatales en la Autopista del Sol, Gabriel Echeverría Huerta ha perdido la fe y la confianza en las autoridades pero ha dejado en sus manos el esclarecimiento del caso y el castigo a los responsables.
“Si se puede, si no, ni modo”, dice con resignación.
Mientras su mujer, doña María Amadea de Jesús, arregla el altar en la sala de su casa de Tixtla, el 4 de diciembre, cuando comenzó el novenario de rezos por el segundo aniversario del asesinato del estudiante de la normal de Ayotzinapa, don Gabriel platica con el reportero.
Al campesino de 68 años le cuesta mucho volver a recordar la muerte de su hijo, y en tono de reclamo aclara al reportero: “entiéndame, la herida sigue abierta y es como si vinieran a restregárnosla para reavivar el dolor, y, de todos modos, con hablar no me van a regresar a mi hijo”.
Al fondo de la sala, el altar se compone de seis floreros con gladiolas blancas sobre una mesa cubierta con manteles, flores de cempasúchil, un plato con pan, un vaso de agua bendita y en el centro, pegada a la pared, la fotografía de Echeverría de Jesús sonriente. Abajo, un sahumerio que desprende humo con olor a copal.
“No, mire, a dos años no guardo rencor a nadie, pero sí exijo justicia”, dice el padre de Echeverría de Jesús, quien el 12 de diciembre del 2011 fue abatido a tiros por policías federales o ministeriales que desalojaron a los estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, al sur de Chilpancingo, cuando comenzaban a bloquear la Autopista del Sol en demanda de una audiencia con el gobernador Ángel Aguirre Rivero, mejoras para su escuela, respeto a su matrícula de nuevo ingreso y aumento a la ración para el comedor de 30 a 50 pesos diarios.
A pesar de su resignación, el padre del estudiante asesinado reprocha la falta de voluntad de las autoridades para esclarecer el crimen y detener a los responsables, “porque sí saben quiénes son, sólo falta que los castiguen. Queremos justicia, si se puede, y si no, ni modo”, dice, entrelazando los dedos de ambas manos sobre las rodillas, sentado a un costado del altar levantado en honor a su hijo.
“Yo no le puedo decir por qué no se ha hecho. Ya ve, los que estaban detenidos los dejaron libres, dicen que porque son inocentes, que por falta de pruebas”, menciona en referencia a los dos agentes ministeriales, Rey David Cortés Flores e Ismael Matadama Salinas, quienes fueron detenidos el 25 de enero del 2012, pero liberados el 23 de abril de este año, presuntamente porque el juez no encontró elementos probatorios para incriminarlos en el asesinato de los estudiantes.
El padre del estudiante agrega que aunque el juez haya tenido las pruebas, “las leyes no se hicieron para los poderosos, se hicieron para la gente humilde. Para nosotros sí el castigo va conforme a la ley”.
Sin embargo, dice que ha aprendido a tener cuidado en lo que dice, “no abrir la boca nomás por nomas. Ya ve lo que le pasó al compañero Arturo Campos el domingo pasado (primero de diciembre). Yo le dije cuídate amigo, no seas tan confiado, pero ese mismo día se lo llevaron”.
“A veces, por andar exigiendo justicia sale peor, lo contrario. Por eso, precisamente, nos hemos cuidado, no decir esto o aquello. Vamos a dejar que la justicia investigue y actúe, aunque no se ha visto nada”, insistió.
La casa de don Gabriel y su familia es pequeña, de adobe y teja, piso de cemento y la mayor parte de la sala la ocupa el altar que se instaló con motivo del novenario de rezos.
La madre del estudiante, por su parte, cuando deja un rato las labores del arreglo del altar, recuerda que el sueño de Gabriel, su hijo, siempre fue ser maestro rural para ayudarles económicamente.
Doña María Amadea y don Gabriel tuvieron cuatro hijos. Los dos mayores, Martha y José Luis, viven en Atlanta, Estados Unidos. Francisco, el menor, estudia en la Normal de Ayotzinapa para cumplir el sueño de Gabriel.
Por los testimonios de los estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa se pudo conocer que Gabriel, al ingresar a esa escuela, vivió sus primeros meses en la Casa del Activista, donde recibió preparación ideológica. Allí sus compañeros le enseñaron el marxismo “y el compromiso que la normal debía de tomar ante las agresiones del Estado en contra de los pobres”.
En marzo de 2011, El Cheve —como le decían a Gabriel en la escuela— fue electo delegado nacional para representar a la normal ante las otras normales de país. Desde esa fecha Gabriel pasó a ser parte de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), por lo que parte de 2011 viajó a la ciudad de México para participar en reuniones con los demás normalistas que integran la Federación.
“A veces estudiaba hasta altas horas de la noche, no sé qué, pero ahí estaba, con sus libros y su computadora”, recordó uno de sus compañeros.
Otro estudiante expresó que fue precisamente el activismo de Gabriel lo que lo convirtió no sólo en integrante del Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos Ricardo Flores Magón, sino en miembro del grupo de la cartera de orientación política y, además, delegado nacional, y como tal, representante de Ayotzinapa ante el resto de las normales del país.
“Mi hijo no era un asesino, no era un violador, nomás fue a una escuela de pobres”, dice dos años después de la muerte de Gabriel, doña María Amadea”. Esa fue la causa de su muerte, expresa.




