Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulqueños XI

Los lectores primero

En su amable correo electrónico, María del Socorro Batani Linares nos previene: “solo algunas precisiones”. Se refiere a la entrega anterior (Acapulqueños X) plagada de errores de información y de dedo en torno a la familia Batani. Indulgente, Soco precisa:
“Mi tía Amalia, no Amelia, es quien casó con el Dr, Tapia. En la familia no hay ninguna Vicky, el quinto hijo de mi tía Chabe y el tío Mac fue Billy, y de los Pangburn Batani tampoco hay hija Virginia. Son, como bien señalas: Elo, Bertha, Rosa María, Martha, Harry, Dicky y Conchita (no Concepción ya que como el tio Harry Pangburn era norteamericano, los nombres son diferentes a los nuestros)”. Continúa:
“La única Amelia en la familia fue mi mamá y ahora Amelia Batani Oms, mi sobrina. También, con respecto a mis hermanos eran Amado de Jesús no Amparo de Jesús y Rosendo, no Crescencio. Asimismo, mi tio Alberto se casó con Crescencia Sotelo, no Concepción, y no sé si sepas que Rubén González Batani falleció el año pasado”. (Lo recordamos siempre muy serio y bien prendidito. Nuestras condolencias para su familia)
Generosa como es, Soco no nos aplica el adjetivo acapulqueño destinado a equívocos tales (más que merecido). Por el contrario, nos agradece habernos ocupado de los Batani y nos saluda afectuosamente.
Bueno, ¿y qué decir?. Asumimos totalmente la culpa de tales yerros pues no sería decente repartirla. Hacerlo, por lo demás, incomodaría a nuestras no menos generosas fuentes escapadas a tiempo de vivir en Acapulco. Un Acapulco salvaje donde se ha enseñoreado el miedo y la zozobra. Saludos, Soco

El Teatro

Francisco Arzola Jaramillo, coordinador de la Escuela de Artes de la UAG, trabaja actualmente en una investigación sobre el teatro en Guerrero, particularmente en Acapulco. Escribe: Me gustaría entrevistarlo y que pudiera darme algunas fuentes históricas sobre el tema, que mucho le agradecería.
Con mucho gusto, amigo Arzola, aunque de teatro solo conozcamos el grotesco sainete que escenifican ahora mismo algunos saltimbanquis de la política. Sin embargo, tenemos amigos que de la escena saben mucho. Sólo algunos: Malena Steiner, José Luis Medina, René Soto, José Dimayuga, Enrique Caballero y Pablo Bello. Gente orgullosa de su quehacer y siempre dispuesta a compartirlo.

Linda y Miguel

“Mi querido y nunca bien ponderado amigo, te leo siempre que puedo y de hecho leo El Sur para leerte…(aquí unas comparaciones que me abruman y dejan patidifuso: ARA),… Me encanta tu prosa. Se te da la sorna, la ironía y la difícil facilidad, dirían los franceses, del humor fino. Te leí hace mucho el origen de la frase de “La mano de doña Leonor”. La época exige un reprise. Recuérdanos de dónde salió. Te enviamos un abrazo y un saludo fraternal”.
Linda y Miguel García Maldonado.
¡Hasta allá volé!, dijera el colega Jorge Laurel Contreras. Y es que la amistad es generosa, simplemente da. Muchas gracias, Linda y Miguel, la sugerencia de ustedes será cabalmente atendida. El envío lo pueden hacer a la oficina de prensa de Movimiento Ciudadano, Urdaneta 90, Hornos.

El Casino de Acapulco

Fue queja de muchos acapulqueños ya muy entrada la década de los años cuarenta. La falta de un sitio donde los caballeros pudieran reunirse libremente, a sus anchas, sin mirandillas ni sombras pesadas. Sin parecerse más al anuncio de la Emulsión de Scott, contra el raquitismo (un hombre llevando a cuestas la pesada carga de un enorme bacalao). Y no era que los acapulqueños no amaran a sus mujeres o pretendieran un lugar donde dar rienda suelta a sus bajas pasiones o vicios secretos. Simplemente deseaban librarse por momentos de miradas inquisitivas, de reproches (“¿que tanto le ves las chiches a esa vieja?, ¡descarado!”), o del clásico “¡ya vámonos, tengo sueño”!, cuando las cosas empezaban a ponerse buenas.
Era tan cierta la misógina idea que la propuesta de un Casino de Acapulco, planteada por don Carlos E. Adame y del hispano don José Martino, será recibida con algarabía. Tan inmediata como numerosa. La reunión informativa convoca a medio centenar de acapulqueños, ansiosos de momentos de auténtica privacidad. Poder, por ejemplo, contar un chiste colorado sin recibir un pellizco. O, yendo más lejos, lanzar a voz en cuello jolines y chingaos e incluso desear con ademanes las exultantes y vibrátiles caderas de María Antonieta Pons (la cubana, se dijo, fue la primera huésped femenina de la casa de Maximino Avila Camacho, en el islote de Caletilla, temporada en la que el salvaje hermano incómodo acaparó la captura de ostiones). Por esto y mucho más será jubiloso aquél 7 de octubre de 1947, cuando abra sus puertas el Casino de Acapulco, a 20 años justos de abierta la carretera México-Acapulco.
Los primeros en firmar el acta constitutiva fueron Simón Alvarez (tesorero), Gilberto Aguirre, Lino Alvarez, Juan Amorrortuo, Joaquín Adame, Rafael Añorve, Dr. Luis Arellano, José Aguirre Dávila, Alonso Aznar, José Alonso, Mariano Alonso, Ramón Bernal, Carlos y Roberto Barnard, Sixto Barrera, Alfonso Casarrubias, Carlos Castrejón, Vicente Cruz García, Vicente Candela, Dr. Arturo Canales, Leobardo Cano y Antonio Casis.
La primera y única sede del Casino de Acapulco fue el segundo piso del edificio de Alfredo Pintos, en la plaza Alvarez. Las acciones se cotizaron en mil pesos cada una y con el producto de las cien primeras fue acondicionado el espacio. Se le dotó de biblioteca, salón de baile y cocina. Un casino sui géneris, sin juegos pecaminosos salvo damas chinas, billar, dominó, ajedrez y cubilete, éste para jugarse “las ostras”. Socialmente, recuerda el cronista Carlos E. Adame, el Casino fue escenario de los grandes fastos acapulqueños por más de una década.

Casino quemado

Durante aquella reunión, el periodista Ramón Guillén Salas (uno de los fundadores del diario Trópico, columnista del mismo), recordó que 45 años atrás el fuego había dado cuenta de un primer Casino de Acapulco. Se localizaba en el callejón del Pacífico (hoy Ignacio de la Llave), y entonces se habló de una joven y guapa pirómana. Encabronada, se habría vengado porque el señor no la atendía por pasarse las noches jugando dominó. “Yo por eso recalo temprano a casa”, comentará Jesús Duque y harán suyo el dicho Hid Charfén, Roberto Calderón, Dr. Evaristo Cabrera, Pedro Castañeda, Alfonso Córdova, Manuel Díaz Martínez, Roberto Díaz Córdova, Lucio Lobato, Adrián Muñoz Solleiro, el Güero Batani, Luis Martínez Cabañas, Roberto Nogueda, Antonio Pintos Carvallo, Lucio Lobato, Luis Linares y Juan Oms Soler.
“Aquí, los únicos quemados serán algunos socios”, comentará sarcástico Martínez Cabañas, quien como alcalde de Acapulco recuperó con pistola en mano casi la mitad de la plaza Alvarez, agandallada –“por mis tompiates”–, por Antonio Díaz Lombardo, “chorromillonario” (doña Borola, dixit), dueño de Aeronaves de México, del Hotel La Marina y mil cosas más.
El voto otorgado a la mujer en Argentina será tema de varias mesas de dominó. Un comentario dominará como vaticinio: “pendejos argentinos, no saben lo que hacen: al rato una vieja va a querer gobernarlos”. Lo que es aquí, en México, ¡las “naguas” no pasarán! Otro tema obligadísimo por los “gachupas”, será la muerte de Manuel Rodríguez, Manolete, el 28 de agosto de ese 47, empitonado por Islero, un miura de casi media tonelada. La cuasi oración fúnebre estuvo a cargo de Casimiro Alvarez, José A. Alzuyeta y Eladio Fernández.

AK-47

Otra noticia internacional que apenas mereció algún comentario en aquél barullo, procedía de la Unión Soviética. Anunciaba la fabricación en serie de un nuevo fusil de asalto, creado por el oficial Mijail Kalashnikov. Se le bautiza como AK-47. La “A” de automático, la “K” del apellido del inventor y el 47 el año corriendo. Un instrumento letal que hoy mismo, si no nos desapendejamos, va a acabar con esta orgullosa raza de bronce (“bueno solo para campanas”, decía el mordaz Carlos Iglesias Soto).
Rafael Espinosa, Isauro Flores, Franco Funes, José Gutiérrez Carmona, David Gómez, Adrían García Jimenez, Ernesto González, Dr. Herman Graef, Alejandro Batani, Francisco Juárez, Jesús Jiménez Márquez, Rodolfo Jiménez, Alfonso López Vieyra, Salvador Eguía Liz, José O. Muñúzuri y Julio Vélez. Fue este un grupo dividido a la hora de abordar el novedosísimo tema de los bautizados como “platillos voladores”. Para unos eran una misteriosa realidad, mientras que para otros se trataba de una real pendejada, inventada por los gringos para distraer precisamente a los pendejos. La información que daba pie al comentario se adjudicaba al aviador estadunidense Kenneth Arnold. Éste había avistado a nueve artefactos voladores, comparándolos con platos de cocina de donde vendrá el bautizo. La histeria desatada alrededor del mundo, no ha terminado, por cierto.

Dos Películas Dos

Óscar Muñoz Caligaris, laborando en el hotel El Mirador, hablará entusiasmado a un auténtico boom fílmico de Acapulco. Escenario en este mismo año de dos grandes producciones estadunidenses. Un capitán de Castilla, con Tyron Power, con algunas tomas por el rumbo de Tres Palos (en la que los gringos visted de torero a Hernández Cortés (César Romero), y Tarzán y las sirenas con Johnny Weismuller y Linda Cristian, filmada totalmente en Caleta. En esta última, muchísimos acapulqueños ganaron su dinerito como extras y muchas acapulqueñas rivalizaron en belleza con famosas actrices gringas y mexicanas.
Ya en plan de confidencia, el más tarde propietario del hotel Boca Chica hará referencia a una señorita tamaulipeca de apellido Welter, empleada del hotel La Marina, que saltará a la fama en Hollywood. No otra que la Linda Cristian casada más tarde con el propio Tyron Power. Fue su hermana Ariadne Welter, actriz del cinenal.
El gobernador del estado, general Baltazar Leyva Mancilla y su cuñado el alcalde de Acapulco, José Ventura Neri (había cubierto un interinato e iniciaba en este 1947 su mandato constitucional), firmarán como socios del Casino. El militar de Chilpancingo traerá un saludo y felicitación del presidente Miguel Alemán Valdez, el hombre del momento en Acapulco. Aplaudieron de pie Agustín Montano, Manuel Muñúzuri, Juan Muller, Crescencio Medina, Justino Mendoza, Jorge Monge, José Nieto Morales, Carlos Novoa, Jesús Ornelas, Alfredo Pintos, José J. Pintos, Enrique Palazuelos, Enrique Pasta, Pedro Pellandini, Lic. Rodolfo Pérez, Pedro Peña y Jesús Ruiz.
No faltaron en el Casino de Acapulco los socios aficionados al cine mexicano. Hablarán de la filmografía nacional y sus artistas estimulados por la reciente apertura del cine Río –“está lejisísimo, atravesando el río de La Fábrica, tanto que obligará la creación de una ruta camionera”–. A la pregunta de ¿ya viste Río Escondido o Salón México?, surgirán los taquillazos recientes de la sala de Gabino Fernández y Francisco Peláez. Nosotros los pobres, El rey del barrio, Esquina bajan y Una familia de tantas Se disputaban la palabra: Efrén Villalvazo, quien dominaba el tema por ser propietario del cine Salón Rojo, fundado 10 años atrás en el Zócalo, por los hermanos San Millán: Carlos Sutter, Alfonso Sahagún, José Varcárcel, Antonio del Valle Garzón, Manuel Tejado, Alfonso Sutter, Santiago Sobrino, Angel Illades, Chema Sotelo, Rafael y Alberto Sánchez Unzueta, Francisco Torquemada, Alberto del Valle y Paulino Sánchez.
¡Ay, qué tiempos señor don Simón!. Otra película.

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