Humberto Musacchio
La campaña, el cuero y las correas
Arrancan las campañas y a manera de bautizo se desata el escándalo de las grabaciones, la guerra civil que se mantiene dentro del PAN, el hosco lenguaje de Josefina Vázquez Mota y su poco exitoso intento de virar en redondo para que los acusados no sean los panistas sino los de enfrente, los del PRI, que pecados tienen de sobra, pero en este caso tendrían hasta la absolución papal.
El espionaje telefónico, no sobra decirlo, forma parte de la vida contemporánea. El Estado espía a los ciudadanos, el gobierno espía a sus opositores, unas autoridades espían a otras, los particulares encargan tareas de espionaje a empresas privadas o a técnicos de organismos públicos y pese a la terminante prohibición legal, todos espían a todos: yo espío, tú espías, él espía, nosotros espiamos, vosotros espiáis, ellos espían…
Será muy ingenuo quien crea que después de este escándalo ya no habrá intercepciones telefónicas ni metiches que controlen el internet y lo que corre en las redes sociales. Conocer lo que hace el enemigo, saber lo que se propone, descubrir las infidencias, todo eso forma parte de cualquier guerra, y la política, ya se sabe, es la continuación de los enfrentamientos armados por otros o por los mismos medios, según se requiera.
Pero el espionaje opera en el ámbito de lo privado. Más importante será lo que se diga y se haga en público. Conocer el cuero y las correas de cada candidato. Habrá que ver si Enrique Peña Nieto es capaz de recorrer los tres meses de campaña atenido sólo a la lectura de los discursos que le preparen. Más de una vez tendrá que improvisar y ahí entrará en terreno resbaladizo, pues no ha mostrado agilidad mental ni manejo suficiente del lenguaje. Tres meses son demasiado tiempo para mantener el hermetismo. Al mexiquense lo esperan jornadas difíciles, encuentros con la prensa y los ciudadanos en los que no bastará el texto prefabricado. Un político debe tener respuestas para cada ocasión, y él no parece tenerlas.
Algo parecido afrontará Josefina. Abiertas formalmente las hostilidades, ya no bastará con la sonrisa fácil y las obligadas frases de cortesía. Le hará falta algo más que cumplidos y buenos deseos para conquistar a los votantes, que esperan propuestas y definiciones, respuestas y soluciones a los muchos problemas que los agobian.
El mayor paquete lo carga Andrés Manuel López Obrador, pues carece de una política de comunicación o cualquier cosa que se le parezca. Como jefe de prensa tiene a un dislálico que sólo emite monosílabos, aunque eso sí, ya logró meterlo en las listas de senadores. AMLO dejó de atenerse a su intuición para confiar en sus asesores, y lo peor es que cambió el discurso sin estar muy convencido.
Si Josefina se atiene a su sonrisa y Peña Nieto a sus facciones, López Obrador lo espera todo del altísimo. Con esa bobería de la “república amorosa”, lejos de allegarse simpatizantes, lo que ha conseguido es desconcertar a los que tenía. Ya no es el líder combativo con el que se identificaron los desposeídos, los marginados. Ahora es una especie de santón que va misa a recibir la bendición papal, aunque ni siquiera es católico, según confesión propia.
Está muy bien que se reúna con capitanes de industria, grandes comerciantes y hasta con los barones de las finanzas, si es que quieren sentarse a conversar con él, pero lo cierto es que la prole espera que quien se identificó como su líder le indique por dónde debe ir el país y que mantenga lo dicho a lo largo de seis años en sus dos recorridos por todos los municipios del país, lo que realmente fue un esfuerzo enorme, un agotador programa en el que delineó ante los futuros electores su proyecto de gobierno.
Ahora, sin embargo, López Obrador decidió tirar a la basura aquel esfuerzo titánico y aparecer como el niño bueno que –creen sus asesores– conquistará el duro corazón de los banqueros y otros señores del capital, como si fuera posible engañarlos. Lo que daba valor político al tabasqueño es que era diferente a los otros políticos, que no esperaba el favor de los de arriba, sino el apoyo de los de abajo. Hoy, se empeña en ser igual a los otros. Eso explica que no alcance ni el veinte por ciento de la intención de voto. Está haciendo todo lo necesario para perder.




