Jorge Camacho Peñaloza
Sin dogmas
El mundo moderno está lleno de hombres que sostienen dogmas con tanta firmeza que ni siquiera se dan cuenta de que son dogmas.
Gilberth Keith
Sin duda alguna el país entró en una etapa de grandes transformaciones a partir del año 2000 cuando el PRI pierde por primera vez el poder de la república después de haberlo detentado a lo largo del siglo XX, siendo el partido del mundo con más años gobernando y tal vez en la historia de los partidos políticos contemporáneos.
Durante las dos administraciones panistas de la primera década del siglo XXI, con el presidente Fox y con el presidente Calderón México empezó una gran transformación democrática y en la administración pública que lo perfilaron hacia las grandes reformas estructurales que necesita para ir superando las estructuras políticas, económicas y sociales creadas en la primera mitad del siglo pasado y que sustentaron al país hasta el inicio de las crisis estructurales a parir de los 1980.
Ahora las reformas que se están impulsando como la política, con la reelección de diputados y presidentes municipales, y con las reformas constitucionales en materia de explotación de los recursos petroleros y generación y distribución de energía eléctrica, México está dando un paso importante hacia adelante, hacia el México del siglo XXI.
La reforma petrolera o energética al parecer está causado un revuelo en las filas de los partidos y organizaciones que se dicen de izquierda fundamentando argumentos en el sentimiento nacionalista sembrado por la nacionalización petrolera de Lázaro Cárdenas del Río en 1938, remembrando la escena en que cientos de mexicanos y mexicanas cargando sus chivos, guajolotes y costales de maíz cooperaron para pagar la indemnización a las empresas petroleras extranjeras, a fin de que el petróleo se convirtiera en una industria central de la economía nacional. Me temo que esta reacción tiene más fundamentos dogmáticos que realistas. Me explico.
Durante muchos años Pemex ha sido una empresa vilipendiada por la corrupción de servidores públicos, del sindicato de petroleros, empresarios privados, de la que se han hecho millonarios a costa de su eficiencia, crecimiento y desarrollo, sin que se escuchara en los espacios políticos y sociales que se estaba traicionando a la nación. Durante muchos años esa corrupción pareció como parte de la identidad nacionalista de Pemex.
Esta gran empresa de los mexicanos ha servido más a los objetivos del gobierno o grupo en el poder en turno que al desarrollo del país, ha sido utilizada para soportar los grandes déficits en las finanzas del gobierno, para subsidiar a los empresarios, para sacar de apuros los errores y desequilibrios de la economía y del gobierno. Pemex ha sido una empresa cautiva de intereses políticos y empresariales de una economía con un mercado predominantemente cautivo, por lo que le ha sido difícil servir verdaderamente a la nación, a los mexicanos.
Analizando sin apasionamientos, historicismos ni dogmas, Pemex necesita trabajar a la par de las mejores empresas nacionales y extranjeras para que dé más y mejores empleos, crezca la inversión, se dinamice el mercado interno y aumente el superávit externo. Necesita abrirse a prácticas de mayor calidad alejadas de la corrupción pública y privada, social y sindical, para que aporte bienestar a todos y no sólo a unos cuantos con más y mejores gasolinas, gas y electricidad a menores precios.
Me temo que los que están en contra de la reforma energética no están defendiendo el futuro del país sino su historia, no están pensando en un mejor futuro de calidad y productividad, sino en el pasado de cautiverio de Pemex y la economía nacional, en defensa de los déficits y de los subsidios, de la corrupción del sindicato y de los intereses de un empresariado voraz.
Pemex necesita seguir siendo de la nación, pero no que el gobierno tenga el monopolio de la actividad petrolera, el gobierno debe conducir el barco pero no amarrar las manos a la sociedad, a la iniciativa privada, a la inversión nacional y extranjera que puede complementar los esfuerzos de los mexicanos con su empresa Pemex.
Me parece que el debate tiene más dogma y falsa ideología que argumentos verdaderamente nacionalistas, un dogma que quiere ver al presente y al futuro a la luz del pasado, cuando la realidad es muy distinta al pasado. Dejemos a la historia en el lugar que merece, en el pedestal de las epopeyas, encuentros y desencuentros de los mexicanos, pero no intentemos anclarnos a la historia, al pasado y menos a los dogmas.
México hoy es importador y Pemex no está produciendo lo que debería producir porque su diseño actual no corresponde ya a las necesidades de hoy, pues obedece a las necesidades de la consolidación del Estado surgido de la revolución de 1910, de un Estado de la primera mitad del siglo pasado.
Vuela vuela aplomita y ve y dile: A quien te quiera escuchar que para reformar se necesita al dogma dejar, porque hoy lo que se necesita es dejar de simular.




