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Jesús Mendoza Zaragoza

Navidad, tiempo para recuperar la humanidad

Quizá sea por el encanto que suscitan los niños recién nacidos que la Navidad tiene un efecto universal, al menos en el área donde el cristianismo ha logrado influir la cultura de los pueblos y la historia de las naciones. Navidad es la fiesta que conmemora el nacimiento de un niño singular que es tan frágil como todos los demás niños de la Tierra pero que ha trascendido más allá de los siglos. Un nacimiento que, desde su origen histórico, despertó las más contradictorias expectativas y respuestas. Mientras los pastores, el sector más vulnerable de Israel, ven en él el cumplimiento de sus esperanzas, un rey, Herodes, se alista para matarlo. Se trata de un niño que permanecerá como un signo de contradicción. Unos estarán a favor de él y otros serán sus detractores, unos lo seguirán mientras que otros buscarán acabar con él. ¿Qué tiene este niño que genera las más encontradas respuestas humanas?
La historicidad de Jesús de Nazareth fue puesta en cuestión en el pasado, misma que ahora ha sido aceptada por la ciencia histórica. El hecho de su muerte en una cruz cuenta con testimonios bíblicos y extrabíblicos. No así su resurrección, que es reconocida por los cristianos mediante un acto de fe. Con el tiempo, los redactores de los evangelios se vieron en la necesidad de investigar y de consignar por escrito, historias diversas sobre el nacimiento y la infancia de Jesús. El punto importante que se destaca es la humanidad de Jesús, tan humano como cualquiera de nosotros, al grado de asumir la necesidad de su muerte. Nace de una mujer y muere en una cruz. En este arco de tiempo desarrolla su historia con todos los avatares de los seres humanos. Ni más ni menos.
Los evangelios narran una serie de historias que buscan suscitar la fe en Jesús de Nazareth. Esta es su intencionalidad. Son testimonios de quienes lo vieron y escucharon, de quienes lo acompañaron en su itinerario misionero y, de pronto, viven el trauma de mirarlo crucificado, mismo que superan cuando lo encuentran resucitado. Estos testimonios tienen el cuidado de presentar a Jesús plenamente humano, en dos sentidos principales. Es verdadero hombre, con todos los límites y potencialidades de cualquier ser humano y, en segundo lugar, es el más humano de los hombres y mujeres que hayan existido en la historia, en cuanto que ha sido quien más plenamente ha vivido su humanidad.
Bien podríamos centrar nuestra atención a lo humano, señalando un aspecto que toca las más hondas fibras de la humanidad: el dolor, que se expresa de mil formas y en variadas dimensiones. El dolor es una experiencia universal, que nos coloca a todos en el mismo nivel. Tiene diversas fuentes y variados efectos. Desde el dolor físico hasta el que hace eco en el fondo del alma, siempre ha sido un gran desafío para el ser humano que busca formas para anularlo o, al menos, para mitigarlo. A fin de cuentas, no le queda más que buscar su significado de manera que pueda trascenderlo. El dolor puede vencer y hasta destruir a las personas, puede enloquecer y puede vivirse como una herida incurable. El dolor tiene el poder para deshumanizar y para convertir a las personas en verdaderas bestias. Habría que buscar en este camino una de las causas de la aparición de tantísimos victimarios en nuestro México, que no pudieron procesar su dolor y han quedado convertidos en unas sangrientas bestias. En este sentido, el dolor dejado en el abandono, o mejor dicho, los dolientes abandonados, han llegado a ser una gran herida que enferma y duele a toda una nación.
Pero hay quienes han logrado vivir el dolor de otra manera y han logrado trascenderlo. Nadie está exento del dolor, pero hay de dolor a dolor. Es más, hay historias de permanente dolor que no tiene fin. Pero ese mundo que se hace intolerable, puede ser tocado por lo más grandioso de la humanidad: la compasión, que es el dolor convertido en solidaridad. Mucha gente muy solidaria ha vivido en carne propia el dolor como una escuela en la que ha aprendido a elaborar su dolor y convertirlo en compasión, en capacidad de acompañar a otros para ayudarles a transformar su dolor. Aquí es donde la historia de Jesús de Nazareth tiene su relevancia. Con él, muchos otros seres humanos han buscado este camino y lo han logrado. Hacerse tan humanos para asumir su dolor y transformarlo en oportunidad para la solidaridad. Los cristianos creemos que Jesús lo ha realizado de manera original y paradigmática.
Su encarnación, su kénosis, su abajamiento a la condición humana sumergida en el dolor, su descenso a los infiernos, tiene ese sentido. Viene a curar el dolor, a humanizar nuestra vida, dándole su verdadera trascendencia. Nos enseña a trascendernos a nosotros mismos y cada una de nuestras experiencias, muchas veces encerradas en el círculo del ego. Por eso, probó el dolor desde su nacimiento. Nace rechazado en un establo, es desplazado desde su infancia ante la amenaza de muerte, vive del doloroso y mal pagado trabajo de artesano. El sabe del dolor en carne propia y lo asume con entereza. La humanidad adolorida ha recibido en su seno a un doliente más pero también a alguien que redimirá el dolor mismo. Jesús se fue haciendo humano en la medida en que penetraba en el mundo del dolor de sus contemporáneos, de las mujeres, de los pastores, de los esclavos, de los extranjeros, de los huérfanos, de las viudas, de los pobres.
Toma el dolor de todos en la cruz, de manera misteriosa y real, para mostrarnos a la humanidad nueva, precisamente en la cruz, donde muere movido por la compasión, donde luce de manera espléndida el ser humano más completo e íntegro. Ese camino a la cruz comienza en un pesebre. Por eso, Navidad es una ocasión en la que nos sentimos interpelados por esa humanidad recostada en el pesebre para vivir nuestra humanidad con sentido y con trascendencia. Simplemente, tenemos sed de humanidad, de ser más humanos, de humanizar nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra comunidad y nuestra sociedad. No estamos satisfechos con los niveles de inhumanidad que se expresan en formas de pobreza extrema, de corrupción, de violencia, de exclusiones y de abusos. Necesitamos un mundo más humano. Y, para los cristianos, Jesús tiene que ver con ello. Porque no solo es verdaderamente humano, sino también nos revela el rostro humano de Dios. Dios se hace humano para elevarnos a su divinidad, para hacer que resplandezca en cada uno de los seres humanos, la gloria de una humanidad nueva que sea capaz de la compasión, del perdón y de la misericordia, tan necesarios entre nosotros.

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