La exposición Vuelta prohibida: neostalgia deconstructiva del Acapulco que nunca fue
Juan Carlos Moctezuma R.
Vuelta prohibida, proyecto inacabado, obra en construcción-deconstrucción, paraíso fallido… Acapulco es, ha sido y será eso y más.
La idea primigenia, edénica, de lo que fue el Acapulco de los años dorados y su contraparte, el Acapulco de hoy, el que diariamente nos desafía con su caótica cotidianeidad, es lo que subyace en la muestra que se inauguró la noche del miércoles en el Centro Cultural Acapulco.
Tomando como faro al artista Carlos Aguirre –uno de los tantos expulsados de este engañoso paraíso–, la exposición Vuelta prohibida es al mismo tiempo oportunidad revisionista de los caminos del arte contemporáneo, pero también acto de fe hacia un lugar cuyo nombre invoca-evoca el recuerdo de un proyecto de país inacabado.
Carlos Aguirre –por cierto nada que ver con la casta que hoy gobierna en Guerrero– es un artista acapulqueño con toda la barba cuya trayectoria incluye muestras en París, Venecia, Sao Paulo y Nueva York, además de muchas más en la ciudad de México, y actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores.
Por medio de las artes visuales y gráficas él, dos curadoras y cinco jóvenes creadores, escarban en el tiempo y el espacio en la identidad de Acapulco, esa joya de la corona del proyecto desarrollista de la modernidad pregonada por decreto en el alemanismo.
Diseño gráfico, fotografía video, arte con luz, instalación e intervención, son las disciplinas que se interconectan para ofrecer al espectador una variada experiencia multisensorial.
La obra central es un mural de 20 metros de largo por 7 de alto en el que sobre una base de vinil se representa el perímetro geográfico del puerto, el artista incluye fotografías, recortes de diarios, trozos de libros, viejas postales, antiguos mapas de Acapulco y cenizas, sí cenizas que representan la quema de un puesto de libros en el Zócalo de la ciudad el año pasado.
En él está presente también la ambigüedad que palpita en la ciudad y que resume en un políptico con los siguientes datos: 528 antros, 41 iglesias y seis centros culturales.
En el centro de la galería se montó una instalación colgante que muestra el trabajo de los colaboradores de esta muestra.
En la parte superior cuelgan unas velas marítimas que podrían ser la fuerza que mueve a los artistas emergentes cuyas obras se muestran en la parte inferior.
Fotografías panorámicas del puerto que nos hacen ver el antes y ahora de la ciudad; frases en luz neón que remiten a la nomenclatura propias de barcos y autobuses urbanos en una notoria yuxtaposición de los dos mundos que chocan y se mezclan en esta ciudad; cajas de luz que representan con leds la natural luminosidad de la ciudad; videos que buscan señales identitarias en el lenguaje de las imágenes…
Entre esas obras destaca la de Ulises Barreda, un artista visual que con una amplia trayectoria ya es un experto en el manejo de cámaras de video y cine y plásticos montajes audiovisuales que exploran las infinitas posibilidades expresivas de esta disciplina.
En su video Ensayo sobre la línea discontinua (Acapulco I), se centra en el trazo y posterior borrado de los bordes físicos de la geografia municipal. Una y otra vez dibuja y borra los bordes en una especie de continuo-discontinuo, de construcción-deconstrucción, de eterno retorno, de constante principio y fin, justamente lo que ha caracterizado al puerto desde sus inicios.
Barreda muestra también en su obra la persistencia de la memoria en tanto que sus trazos atestiguados por el video son lo mismo los petrograbados rupestres de Palma Sola que el dummy de un imperfecto plan de desarrollo urbano del puerto.
Al igual que Ulises Barreda, Yadín Rodríguez también hace uso del video en su obra titulada 16º 41´, mientras que los hermanos Aldo y Arturo Crispín muestran el paso del tiempo contrastando fotografías tomadas en el siglo XX con otras de este siglo desde el mismo punto de vista, en un interesante ejercicio de neostalgia.
Por su parte Alejandro Bautista da realce a las imágenes gráficas con su trabajo con las cajas de luz y el uso de iluminación led.
En la muestra jugaron un papel especial las curadoras Jeanette Rojas y Lorena Marrón, acapulqueñas ambas que encontraron en el arte el camino común y cuyo talento ha sido reconocido con becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes.
A destacar también la obra satelital que Carlos Aguirre y Natalia Velazco intervinieron: un autobús urbano que circulará por la Costera durante el tiempo que la exposición permanezca abierta y en la que, haciendo gala de la picaresca porteña, reproduce citas y textos que circulan profusamente entre los choferes, chalanes y el acapulqueño que cotidianamente hace uso del transporte, todo ello aderezado con un ambiente musical que retoma las piezas propias de la subcultura urbanera.
Vuelta prohibida es, pudo o pudiera ser una especie de Aleph, un gigantesco espejo que nos refleja y confronta, que contiene el pasado y presente de Acapulco y que podría darnos las claves para su futuro.
Sin embargo la exposición evita a la bestia rabiosa en que se ha convertido Acapulco en los últimos años por la narcoviolencia. No hay rastros de ella en las propuestas, no hay cabezas separadas de los cuerpos ni chalanes sacrificados en los autobuses. “Sobre Acapulco pueden hacerse miles de exposiciones”, justifica Carlos Aguirre sobre esa ausencia y lo creemos porque a través de su obra el artista ha mostrado una tendencia crítica y de compromiso con los movimientos sociales.
La pregunta aquí sería: ¿Está dispuesto el IGC a mostrar esa violencia reptante que cubre con su manto a la ciudad? ¿Tendrán acceso a la Gran Galería los artistas locales y de fuera que intenten mostrarla? ¿o la mogijatez política ganará la partida?




