Muestra aún el conjunto La Ceiba las huellas de la tormenta tropical Manuel
*La mayoría de sus propietarios son familias provenientes del centro del país, quienes hoy en lugar de vacacionar limpian sus hogares
Karla Galarce Sosa
Calles cubiertas de tierra, vehículos a medio desenterrar, casas aún cubiertas por lodos secos y algunas ya con maleza en su interior, se observó en el conjunto habitacional La Ceiba, donde la mayoría de sus propietarios son familias provenientes del centro del país, quienes hoy limpian sus hogares marcados por el lodo en sus blancas paredes.
La tormenta Manuel arrastró millones de toneladas de tierra y lodos el 15 de septiembre pasado. El panorama luce desolador, a tres meses y medio de que ocurrió el desastre.
Los integrantes de la familia Martínez Rescalvo llegaron al puerto a bordo de su vehículo ayer después del mediodía. Sólo vinieron a Acapulco para saber los acuerdos que tuvieron los condóminos respecto a los desastres, pues la mayoría de ellos no viven en este puerto, sino que viajan en cada temporada vacacional o puente, día festivo o para descansar. Hoy partirán de regreso a su ciudad natal después de haber estado un par de horas en la playa.
Estuvieron afuera de su casa, identificada con el número S3A, en espera de que un par de mujeres que fueron contratadas para limpiar, concluyeran sus tareas. El señor Rodolfo, condujo su vehículo durante cuatro horas para llegar y pagó las casetas de la utopista para saber cuáles fueron las pérdidas que registraron después de que su casa de segunda residencia quedó bajo el lodo.
El refrigerador, la estufa y el horno de microondas, ya habían sido desechados cuando ésta reportera y su compañero visitaron el lugar después de las 3 de la tarde. En el cajón de estacionamiento, que a su vez sirve como patio, estaban la sala de ratán sin cojines, un anaquel, una mesa y sillas de plástico, todos cubiertos con tierra. Adentro del lugar estaban dos mujeres que limpiaban la casa y barrían las aguas lodosas.
Las escasas familias que visitan el puerto y que llegaron a esa zona, están limpiando sus casas y rescatan lo que la tormenta les dejó, tal es el caso de otra familia, proveniente de Puebla, cuyos integrantes tampoco recibieron algún beneficio económico, a pesar de que el presidente Enrique Peña Nieto aseguró que ninguna familia se quedaría sin esos apoyos después de los días de contingencia.
Ninguna de esas dos familias recibió algún apoyo, tampoco información de cómo recuperar sus pertenencias, nadie les dijo cómo tramitar la tarjeta de enseres domésticos o el pago del programa de empleo temporal, tampoco les han dicho cuánto les costará reconstruir sus conjuntos habitacionales o si serán reubicados. No hay quien les brinde información. Casi todos en La Ceiba son originarios de la ciudad de México, comentaron.
La estampa que ofrece el conjunto habitacional de clase media es de vacío, abandono y hasta saqueo. A pesar de que existen dos guardias que vigilan en el portón, la mayoría de las casas –en cuatro cuadras hasta el fondo–, desde la entrada principal, están vacías; sólo un par de ellas tienen actividad en su interior, pero es por la realización de limpieza.
La limpieza de ese conjunto habitacional, así como de otros ubicados en la zona Diamante del puerto en plena expansión, estuvo a cargo de soldados del Ejército, quienes con pala y carretillas desenterraron muebles, vehículos y casas completas de entre el lodo. Sin embargo, la limpieza no incluyó el interior de las casas, cuyos propietarios no pudieron llegar días después de la tormenta y las inundaciones.
Las placas de los vehículos abandonados en La Ceiba indican que son de la ciudad de México. Aún se observa en sus ventanillas el nivel que el agua alcanzó o hasta dónde fueron arrastrados por la fuerza de la corriente de agua.
Muchas casas están desocupadas y en un par de ellas el nivel del lodo (ya seco) está a más de la mitad de la casa, también tienen las ventanas abiertas y sus conectores fueron arrancados, al igual que las tazas del sanitario.
Un par de solitarios empleados barrían la calle principal y retiraban el polvillo que quedaba incrustado en la garganta, después de que las ligeras corrientes del viento las levantaban para embarrar los rostros de quienes por allí caminaban. Otro empleado más recortaba con una podadora manual la maleza que crecía en la base de las casas y en las banquetas. A lo lejos se observaba la llegada de más familias cargadas de alimentos.




