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Jesús Mendoza Zaragoza

Año ¿nuevo?

 

La efervescencia del año nuevo ha invadido los días pasados. Acapulco, lleno de turismo pudo deleitarse con los fuegos artificiales que ya se han convertido en una tradición desde el año 2000 para abrirle las puertas al nuevo año. Las balaceras, que ya no nos son tan extrañas siguen estando en el escenario del año que termina. Y los abrazos a la familia, a los amigos y a los invitados de ocasión son parte del obligado ritual del año nuevo. Y, todos estos rituales, ¿qué significado transmiten? El asunto del final y del inicio del año es algo convencional que tiene una relación con el cómputo del tiempo a partir de criterios astronómicos.
Sea lo que sea, esta es una oportunidad para tomar posición sobre el sentido del tiempo en sus tres dimensiones fundamentales: pasado, presente y futuro. El presente es un referente que tiene que ver con el pasado y con el futuro y se relaciona con las actitudes culturales, filosóficas o religiosas que se toman ante el tiempo. Celebrar el año nuevo tiene que ver con las actitudes que tomamos ante el pasado y ante el futuro, como referentes vitales, pero también con sus contenidos históricos. En este sentido, podemos preguntarnos, ¿qué actitud tomamos ante el pasado más próximo, ante el devenir del año 2013 que ha concluido? Y, por otra parte, ¿qué actitud tomamos ante el año que inicia, el 2014? Habría que preguntarnos, en este orden de ideas, ¿en qué está lo nuevo del año nuevo? ¿Será simplemente una razón cronológica en cuanto que inicia otra cuenta cíclica del tiempo?
Objetivamente hablando, no hay ni años nuevos ni viejos. Todos son iguales, el tiempo es el mismo, siempre. Pero podemos hacer una lectura del tiempo a partir de coordenadas más históricas y más humanas. Y en este sentido, podemos hablar de lo viejo y lo nuevo. Lo viejo lo referimos a lo que está desgastado, decadente, achacoso, agonizante, deteriorado y agotado. En cambio, lo nuevo lo referimos a lo que está vigoroso, que tiene futuro y está radiante; lo referimos a aquello que inspira esperanza y una visión de futuro. En este sentido, las lecturas del tiempo dependen de la actitud de quien las hace, las hay pesimistas y las hay optimistas, las hay fantasiosas y las hay muy realistas.
¿Qué se necesita para hacer que este año sea nuevo? En realidad, se necesita un cambio de actitud ante la vida y ante la historia. Los rituales del año nuevo que se suelen hacer, corren el riesgo de ser meras formalidades, vacías de contenido y enajenantes. Rituales de deseos y parabienes que evaden la realidad y funcionan como válvulas de escape ante la dureza de la vida y ante nuestras inconsciencias e irresponsabilidades. Se han convertido en rituales ociosos de gente ociosa que no sabe manejar su historia y que intenta escaparse, al menos por momentos de lo que considera fatalidades irremediables.
La pobreza extrema y la violencia se han convertido en ese tipo de fatalidades. Son construcciones históricas de las que nadie quiere hacerse responsable; son resultado de actitudes sociales muy difundidas de la inconsciencia y de la renuncia a lo mejor del ser humano. El doloroso cáncer de la violencia que padecemos está ahí, con sus profundas raíces y nos encanta pensar que no está ahí. Está en el alma de la sociedad, en su cultura, en su actitud evasiva. La violencia que padecemos es resultado de una actitud inhumana que nos ha despersonalizado y nos ha hecho indiferentes ante el bien y el mal, ante el dolor y las necesidades más hondas del ser humano y de la comunidad.
Rabia, miedo, cinismo, evasión, impotencia e indiferencia son una mezcla de actitudes que nos han deshumanizado y nos han contaminado el alma. Eso somos, y ya nos hemos acostumbrado. Somos una sociedad enferma abandonada a merced de sus élites que abusan de ella. Un sociedad aguantadora, que soporta humillaciones, abusos, mentiras y engaños de sus élites, de todas, ya políticas, mediáticas, religiosas y económicas. Nos hemos convertido en una sociedad sin futuro porque hemos renunciado a él porque vivimos lamiéndonos las heridas del pasado.
Una sociedad así, lastimada en su alma, adolorida y resignada, simplemente acumula dolor, de un año a otro. Un año nuevo no cambia nada, ni tiene nada de nuevo. Es simplemente una repetición del ciclo anual de aguantar más y más. Aguantamos nuestras inconformidades, nuestras rabias, nuestros dolores, nuestras impotencias y las seguimos almacenando de manera mecánica. El año nuevo no lo miramos como un futuro que tiene que ser construido a partir de cambios y transformaciones personales, comunitarias, institucionales y estructurales. Hay que pensar, sobre todo, en la necesidad de cambios culturales, que no son de corto plazo. En cambiar nuestro pensamiento, nuestras ideas, nuestra manera de afrontar la vida, nuestras actitudes. El cambio de actitud es fundamental. Sin este cambio de actitud de nada sirven los cambios políticos; sin actitudes nuevas que superen lamentos, diatribas, injurias, desahogos y culpabilizaciones, no hay futuro. En el ámbito ciudadano se hace necesario un cambio de actitud que supere la inercia añeja que fue impuesta por el sistema político autoritario, inercia que viene de la idea de que hay que esperar que el gobierno nos resuelva los problemas sin necesidad de asumir nuestras responsabilidades públicas. El resultado de esta inercia es lo que tenemos a la vista: ciudadanos infantilizados que solo saben pedir y no saben dar, proponer, aportar ni organizarse. La pobreza extrema de muchos pueblos, la violencia y la inseguridad tienen, entre otros, el factor de una ciudadanía inmadura, con actitudes irresponsables que ha renunciado a participar y a imprimir su propio sello a las dinámicas sociales y políticas.
Con una ciudadanía así, no hay año nuevo que valga. Nos condenamos a seguir la inercia del pasado, a seguirnos quejando de los malos gobiernos y sin capacidad de construir respuestas acordes con las necesidades de la sociedad. Esta actitud les encanta a las élites pero nos arrebata el futuro. Si queremos un año nuevo se requiere una nueva actitud ante la vida y ante la historia, una nueva actitud ante la sociedad y ante sus problemas, una nueva actitud ante los gobiernos, sus esfuerzos y sus desmanes. Una actitud corresponsable de participación y con una visión de largo plazo, una actitud que afronte los conflictos y contribuya a su superación con una posición ética, una actitud de honestidad ante la realidad que está más allá de nuestras ideas o preferencias; en fin, una actitud amorosa que se sobrepone a las adversidades. Solo así podemos tener la promesa de un futuro mejor para todos.

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