Analiza el escritor Enrique Serna cómo el poder espiritual se transforma en poder cultural
Silvia Isabel Gámez / Agencia Reforma
Ciudad de México
“No soy un santo”, advierte el escritor Enrique Serna. Y desde esa posición lanza sus dardos al establishment cultural en su ensayo Genealogía de la soberbia intelectual.
Serna comenzó hace una década a desmontar el ADN del poder cultural autoritario con la finalidad de estimular, dice, el espíritu crítico. Rastrea su origen hasta la antigüedad, cuando los escribas mesopotámicos no dudaban en falsear la verdad histórica para proteger sus intereses.
El autor señala constantes como la transformación del poder espiritual en poder cultural, y cómo ha ido cambiando a través del tiempo el argumento de autoridad, que aún hoy conserva su fuerza.
“Lo veo en las artes plásticas, donde los críticos y los curadores han convertido la novedad y la experimentación en dogmas a los que nadie se puede oponer, o en algunos métodos de manipulación de la industria editorial, como conceder un premio para imponer la consagración anticipada de una obra”.
Descubrir los disfraces de la soberbia intelectual, como el esnobismo y la pedantería, permite estar alerta contra los embates de la mercadotecnia, que Serna considera el enemigo a vencer.
“La mercadotecnia busca masificar al hombre contemporáneo, necesita que sus reacciones sean predecibles para poderlo manipular mejor”, señala el escritor, quien analiza en este libro figuras como la del intelectual cortesano y el “superhombre amargo”.
En su ensayo, publicado por Taurus, escribe que en 2007 recibió una invitación anónima para integrarse a un club de críticos anónimos, pues hasta ese grado ha llegado el temor de perder una amistad o sufrir represalias por opinar libremente de una obra.
“Actualmente, hay mejores y más independientes críticos en los blogs que en los suplementos y las revistas. Cuando no hay orientación por falta de un interlocutor confiable”, lamenta, “la mercadotecnia editorial tiene más fácil su tarea porque apabulla con aplanadoras publicitarias, como las pirámides enormes que vemos con el último libro de Dan Brown (Inferno)”.
Serna advierte sobre la “mercantilización del prestigio”, obras que exhiben en su portada la recomendación de autores famosos o el prólogo de una figura reconocida.
“Hay una explotación bastante astuta del esnobismo”, señala. “Esos libros van dirigidos a un lector interesado en las jerarquías del mundo literario”.
El escritor considera que en México se sobrevalora la erudición. Reconoce también las conexiones de su ensayo con su thriller satírico El miedo a los animales (1995).
“El afán de pavonearse con el conocimiento, de convertir el prestigio cultural en un signo de estatus, que es la principal característica de los esnobs, junto con su borreguismo para aceptar los dictados de la autoridad intelectual, son críticas que ya hacía en esa novela”.
Las cosas no han cambiado mucho, agrega, desde que Octavio Paz advertía en los años 60 que la red de intereses creados en el mundo de la cultura buscaba transformar la vida intelectual y artística “a imagen y semejanza del PRI. Creo que ese sistema de componendas ha prevalecido, y sus beneficiarios son escritores o eruditos mediocres que utilizan sus redes de influencia para darse una importancia que la pequeña comunidad lectora les ha negado”.
Uno de los efectos nocivos del mecenazgo estatal, considera, ha sido la inhibición de la crítica. Serna se ha mantenido congruente con su rechazo a las becas del Fonca, que asegura nunca ha solicitado.
“No me opongo por completo a las becas. Está bien que los jóvenes tengan un estímulo para sus primeras obras, pero me parece grave que haya una élite intelectual mimada en un país donde se lee tan poco”.
Si un pecado confiesa Serna es la vanidad, pero asegura no padecer de soberbia, al contrario de quienes practican el hermetismo en la poesía y la filosofía, que han propiciado una epidemia de charlatanería.




