Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

Ese Cocodrilo no era el mío

 
T amakú es legendario en Zihuatanejo no sólo como corredor de fondo, sino también porque se ha dedicado  por años a cuidar los cocodrilos que viven en los esteros del puerto con las sobras de comida que recoge en el mercado.
En realidad su pasatiempo es criar animales salvajes, principalmente boas y cocodrilos que lleva cargando por las playas de Zihuatanejo para impresionar a los turistas y lugareños con el negocio de cobrar para que se tomen fotografías.
Tiene un cocodrilo tan grande como él y se deja cargar en sus hombros con la cola arrastrando. Es todo un espectáculo.
Atenido a la identificación que hay entre Tamakú y el animal, consiguió formar parte de un programa de entretenimiento para turistas en uno de los esteros que se han salvado en la zona hotelera de Ixtapa.
Simulaba luchar con el cocodrilo en el agua como lo hacía Tsekub, el amigo de Chanoc, y ganaba aplausos y propinas.
Pero un día sucedió que por estar atento en los camarógrafos que filmaban su actuación, no se dio cuenta que en el estero del espectáculo ya había un cocodrilo que no era el domesticado,
Con la confianza de siempre se tiró al agua Tamakú, nadó hasta donde dormitaba tranquilo el cocodrilo, lo agarró de la cabeza intentando abrirle el hocico como muestra de dominio, pero como ése sí era salvaje le respondió con tremenda mordida en la espalda, lo que desconcertó y enojó al Tamakú quien para salir del paso arremetió fieramente contra el saurio a manotazos en una escaramuza que por segundos se convirtió en golpes y coletazos hasta que el cocodrilo optó por alejarse del territorio asustado por el indómito espíritu de su oponente.
Chorreando en sangre salió nuestro héroe del estero ante el estupor de los turistas que él quiso calmar explicándoles que todo era parte de su actuación.
Después contaría que se equivocó de cocodrilo porque nomás ve con un ojo, el otro lo tiene invadido de nube.

Pero si me llama,
ni modo de no ir

A todos en el pueblo les extrañaba lo que se decía sobre las golpizas que el marido daba a la mujer a pesar de que aquel estaba impedido de caminar.
Nomás que no se le acerque, decían las mujeres.
Ni modo que la va a alcanzar si sus piernas no lo aguantan para caminar.
Resulta que el marido que se llamaba Serapio había crecido con las piernas muy débiles “estaba como engarruñado” decía una señora cuando describía al golpeador, y platicaba la historia de su nacimiento dando cuenta de que la madre lo abandonó de recién nacido. “Lo dejó tirado a la orilla del camino a la salida del pueblo, y como lo encontraron hasta otro día, se “engarruño” con el frío y el sereno de la noche.
Pero a pesar de todo el niño abandonado sobrevivió con la familia que lo encontró y cuando creció se las ingenió para desplazarse por su cuenta. Tenía un caballo chaparro que funcionaba como sus silla de ruedas. En el caballo iba y venía donde quería sin ningún impedimento.
Bueno, hasta se casó, porque si le faltaban las piernas para sostenerse, le sobraba verbo para platicar, así que enamoró a la que ahora es su mujer y la trae bien dominada, platicaba la señora.
Eso sí, ése hombre era impedido pero también corajudo. Cuando Serapio bajaba a la ciudad se sentaba en la banqueta de las esquinas porque no podía estar parado y entonces no faltaba quien le diera unas monedas pensando en que pedía limosna, entonces, al darse cuenta del hecho tiraba el dinero al suelo mientras maldecía, gritando que él no era ningún limosnero, que no necesitaba ninguna ayuda.
De todas manera la incógnita de saber cómo se las arreglaba el marido para pegarle a la mujer seguía inquietando a los vecinos, hubo la oportunidad de platicar con ella y en la primera oportunidad que hubo le preguntaron.
–Bueno y por qué dejas que te pegue ése hombre si ni puede caminar.
–No seas tonta, no te dejes pegar.
–Primero me agarra y luego me pega, respondió.
–¿Por qué te acercas si sabes que te quiere pegar?
–¡Nomás no dejes que te agarre, pendeja!
–¡Pero es que me llama, y ni modo de no ir!

Con águila gano y con sello
pierdes

El borracho había pasado ya por todos los puestos de la plaza retando a los vendedores foráneos que desde temprano tenían instalado sus puestos para la venta del domingo.
–¡De a peso el volado, de a peso el volado!
–Mientras gritaba retadoramente sonaba las monedas de plata .720 que traía en la bolsa del pantalón y mostraba las que llenaban sus manos.
Era de esos hombres de la sierra que a propósito de que venían a la cabecera municipal para comprar las provisiones, hacían su ahorro para gastarlo de la manera más fácil que era emborracharse.
La gente lo veía pasar condoliéndose del estado que guardaba como víctima del mezcal a quien cual más imaginaba verlo golpeado y despojado de su tesoro por algún ladrón que lo podría asaltar en la noche aprovechándose de cualquier descuido.
Pero desde la segunda vez que pasó retador ofendiendo a los comerciantes la opinión y el deseo de muchos ya no fueron compasivos.
–¡Pinches pobres, no tienen para apostar, si quieren yo les presto!
La ofensa repetida incomodó a quienes lo oían, que no hallaban ya el modo de cómo acallar sus ofensas.
Pero no hubo siquiera necesidad de esperar a la noche ni que lo llevaran a una calle solitaria porque en la misma plaza se encontró la horma de su zapato.
Se trataba de otro borracho igual que él pero mucho más lúcido.
–Yo te acepto el reto, le dijo al hombre borracho.
La gente cercana inmediatamente tomó partido por uno u otro de los jugadores esperando el resultado de los volados.
Sorprendidos algunos rieron del ingenio del retador cuando anunció la condición del juego:
–Con águila gano y con sello pierdes.
Como el borrachín no chistó y los presentes se atuvieron al dicho aquel de que los mirones son de palo, el duelo continuó.
Entonces el borrachín lanzó la moneda de plata al aire que cayó al suelo con el águila al descubierto.
–Gané, dijo el retador.
Entonces el borracho actuó como buen pagador y entregó el peso perdido, cediendo el turno al retador quien lanzó al aire su moneda que ahora cayó con la cara del sello.
–Perdiste, anunció el retador exigiendo como pago la moneda de la apuesta.
Los mirones se vieron entre ellos descubriendo la trampa del retador pero ninguno protestó.
Cada vez que la moneda lanzada al aire caía con águila el retador repetía:
–Gané
Cuando la moneda caía con sello, la respuesta era inmediata.
–Perdiste.
Así pasó el rato hasta que al borrachín le quedó sólo una moneda para apostar y al parecer la borrachera había desaparecido y entonces quiso emparejar.
–Ora vamos a cambiar, le dijo al retador: con sello gano y con águila pierdes.
–Yo no apuesto con pobres, respondió el retador mientras se retiraba con las bolsas repletas de monedas.

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