Federico Vite
Casi siempre, patrañas publicitarias
Algunos de los lugares comunes de los editores que publican cuentistas, quizá para no hablar de estructura literaria en las solapas de los libros sino de la etiqueta con la cual visten a sus autores, definen la obra del novel escritor como chejoviana; heredero de Carver, suscriben y, en el más patético de los casos, consuman al recién publicado como un irreverente canónico.
Burlándome de las citas recurrentes de los editores, encontré dos joyas que me hicieron repensar la frase: heredero de Chéjov. Ethan Canin, autor de un par de libros de cuento El emperador del aire y El ladrón del palacio, se interesa por la cotidianidad del ciudadano que ingresa, deliberada o azarosamente, al circo de la vida para asumir la dura consistencia de la condición humana: vejez, soledad y memoria.
El emperador del aire (publicado por Mariner Books en 1988 cuando este libro obtuvo el premio Houghton Mifflin) reúne nueve relatos y obtuvo reseñas brillantes en las que se destacó la habilidad del autor para observar la simpleza de la vida cotidiana, para hacer más humano lo humano. Este libro fue traducido al castellano por la editorial Emecé en 1999 y desde entonces, la obra de Canin, en especial sus novelas, han comenzado a ganar lectores hispanos. El asunto es que Ethan, lejos de vestir la etiqueta chejoviana o carveriana, nos recuerda que la estructura del relato consiste esencialmente en dosificar el suspenso, en renovar la mirada sobre las fisuras que marcan la existencia. Canin continúa la tradición realista de los narradores estadunidenses. Suelta las riendas de sus preocupaciones y cuenta la insatisfacción masculina (la mayoría de sus relatos están narrados en primera persona del singular), el malestar pues.
Los personajes de?El emperador del aire?se han acostumbrado a vivir solos, son hombres de pocas palabras. Canin muestra su fascinación por la relación padre-hijo, por la insatisfacción heredada. No deslumbra en este narrador, quizá más conocido por sus novelas que por sus relatos, por el impecable impulso de la prosa, sino por la progresión dramática de los hechos. Las historias que cuenta no son originales ni irreverentes, simplemente interesan porque uno siente las fibras de algo personal en esos textos. Podría incluso decir que narra como viejo aburrido, pero la magia en el él es el qué de sus relatos.
En El ladrón de palacio (Anagrama 1996), Canin reagrupa los discursos y en solo cuatro relatos explora el desempeño de los padres que han tomado las decisiones necesarias para hundirse en la miseria de la vida personal, sacrificios pues en beneficio colectivo.
Contable, el primer texto del libro, narra la vida de Abba Roth, contador de una empresa sólida, casado y con tres hijos, quien revela la cantidad de sueños que ha frustrado a cambio del oropel doméstico de oír cómo rasga su esposa las bolsas de ropa nueva y cara. El conflicto del texto radica en el momento en que Roth se encuentra con Eugene Peters, amigo de la infancia, quien a pesar de su displicencia se ha convertido en un empresario de éxito. La frustración e inseguridad de Roth se desploman en un singular partido de beisbol que confronta a estos dos hombres y dota al relato de un final insospechado, pero necesario para alguien que se decide a consumar un anhelo: arrebatarle lo importante a su oponente natural de la infancia. Por un día, podría decirse, ser más animal que el animal exitoso que ensombrece la existencia.
El segundo relato, Batorsag y Szerelem da cuenta de la relación entre dos hermanos de una familia de clase media. El hijo menor idolatra al hijo mayor: genio de las matemáticas y de la música. El lector cae en cuenta de que quien vocea la historia es alguien con problemas de retraso mental, un hombre que habla maravillas de las habilidades legendarias de su hermano el superdotado, es decir: el narrador es un correlato de la magia. Ese adolescente reconoce, ante su padre, que el hermano mayor bien podría ser de otra familia porque no tiene los genes de la estulticia y el fracaso, como la mayoría de los hombres de esa casa. El final de esta historia releva con excelente timing narrativo una relación gay que corona las extravagancias de un niño genio en una familia de retardados.
La ciudad de los corazones rotos, el relato que más atrapa de los cuatro de El ladrón de palacio, describe una relación sui generis. Un padre divorciado asiste con su hijo a un partido de beisbol y el hijo se encarga de conseguirle una novia al padre. Una mujer que se une a un hombre triste porque no conoce otro sentimiento más que la orfandad y para ella alguien amable significa entrar a un reino azucarado. Wilson, al rehacer su vida, descubre los vicios y el vacío que el aislamiento ha enraizado en él. Ese padre, tomando la mano del hijo, reaprende el significado de vivir con una mujer y esa pareja reinventa la ternura de quien ve un atardecer escuchando los ecos luminosos de una frase amable. Un te quiero, o alguna cursilería por el estilo, matarían ese texto, pero la eficacia de Canin radica en hacer florecer la intimidad de una pareja huérfana, no de contar los pétalos o deshojar la margarita. Al terminar de leer este historia, uno piensa en esas certezas que casi no se verbalizan: a cierta edad, lo padres simple y sencillamente son hijos.
El ladrón de palacio, historia que da título al libro, recrea la relación entre un maestro y un alumno que pierden el honor, la lealtad y se pudren en el poder. Ambientada en un colegio prestigiado, donde los hijos de la élite política de Estados Unidos se educan, el profesor de historia clásica William Hundert defiende los valores tradicionales de la educación, pero una esquirla política desarmará la estructura moral de Hundert, pues el hijo de un senador, Sedgewick Bell, trastocará los valores que habían regido la vida del decano en su actividad docente. Este relato es una verdadera lección de historia romana. Sobre todo, en cuanto al alegato del poder se refiere.
Canin forma parte de esa rareza editorial llamada Next generation y al igual que otros autores más conocidos que él (Jonathan Franzen, Rick Moody, Jeffrey Eugenides, Chuck Palahniuk y Lorrie Moore) pero no más talentosos, ofrece su versión de la clase media de Estados Unidos. La grandeza de Canin consiste en revitalizar con humor y fortuna la herencia de los cuentistas estadunidenses duros: el realismo.
Finalmente, insisto en un punto: cuando el editor quiere decir chejoviano, en realidad quiere decir realista. Esa es la única clave que debe tomarse en cuenta la próxima vez que encuentre, espero no muy pronto, un libro que hable de un novel autor con etiquetas, sin duda, manoseadas por la publicidad literaria.




