Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco tutifruti

Icacos

Los Icacos era el nombre de un paraje localizado al noreste de la bahía de Acapulco, así bautizado por estar sembrado con arbustos del fruto pulposo. Ahí serán reubicados los naturales de una localidad llamada Sabana Grande, localizado en la jurisdicción de Coyuca (luego de Benítez), con graves problemas de subsistencia.
Enterado de tal situación, el virrey Gaspar de Sandoval Cerda Silva y Mendoza ordena al gobernador de Acapulco, Miguel Gallo, el traslado masivo de aquél grupo humano, consumado el 3 de julio de 1691. También, por instrucciones del representante real, los nuevos acapulqueños quedaban exentos del pago de tributos por 10 años. Ello con el propósito de que construyeran sus propias viviendas y dieran vida propia a la nueva comunidad. Sin duda el barrio más antiguo del puerto.
La simiente del icaco –ikako, en versión de la época– habría sido encargada a Japón por el dos veces virrey Luis de Velasco hijo, marqués de Salinas (1607-1611, la segunda), quien poseyó aquí una finca de frutales con predominio del fruto oriental.
El árbol de icacos mide de uno a nueve metros de altura, con flores pequeñas y blanquecinas. El fruto es del tamaño de una almendra, de consistencia pulposa y dulce. Los hay de color rosado jaspeado y morado oscuro casi negro. (El Pequeño Larousse lo llama “hicaco” y ubica su origen en Las Antillas).

Cayaco

Cayaco es el nombre frutal de otra comunidad del municipio de Acapulco. Se trata de una palmera cuyo follaje es muy apreciado para techumbres, mientras que su fruto –conocido popularmente como “coquito de aceite” o “coacoyul”– produce un aceite utilizado en la fabricación de jabones de tocador. La almendra tiene sabor a mamey y aquí es muy apreciada empanochada.

Caimito

Otro fruto hoy poco o nada conocido es el caimito o kay-mito. La tradición le da también un origen filipino. Su simiente habría sido traída en la Nao de Manila, fecundado aquí con prodigalidad.
El caimito es un árbol mirtáceo, corpulento y de follaje abundante, con hojas de color verde rojizo. Su fruto maduro o a punto es de color jaspeado, morado y verde. La pulpa mucosa muy dulce y su sabor parecido a la carne de coco tierno; la cáscara es lechosa y pegajosa.

Una lección

Para comprender cabalmente la terminología utilizada en estas descripciones frutales, remitámonos al libro Ciencias físicas y naturales, para cuarto y quinto años de primaria, del maestro Mario Leal. A lo mejor no está actualizado por ser de los tiempos en los que daba clases la Miss Elba Esther, ¿las daba?
“Los frutos carnosos tienen un mesocarpio más o menos desarrollado, conteniendo una pulpa con substancias suculentas. En la madurez estos frutos no se abren para dejar salir la semilla. Unas variedades tienen hueso y se denominan drupa (durazno, ciruela y mango). Las otras variedades que no tienen hueso sino semillas se denominan: baya (uva, tomate y grosella), pepónide (melón, sandía y calabaza) pomo (manzana, membrillo y pera) y herperidio (naranja y limón).
¡Qué onda!

Pomarrosa

El origen de la pomarrosa estuvo siempre entre India oriental y Las Antillas, lo que poco importó dilucidar a los porteños que la adoptaron como hermosa planta ornamental. Ello sin despreciar su fruto muy dulce, por supuesto. Se trata de un árbol de 4 a 5 metros de altura, cuyas hojas son muy puntiagudas y siempre verdes; sus flores blancas con visos rosados. El fruto, la pomarrosa, es una especie de manzana pequeña de color amarillento con partes rosadas. Es hueca y en su interior flota su semilla. La pulpa es dulce y maciza con olor a manzana, de donde le viene el nombre. “¡No es pomarrosa, pendejo, es “pumarrosa”: una aclaración frecuente y equivocada.

Mango

Lo único novedoso que podría decirse sobre este fruto originario de India, sería que habría llegado al puerto antes que a ningún otro sitio del Nuevo Mundo. Vino en la Nao de Manila, procedente de Luzón. El mango de Manila, uno de los especies más dulces, habla de ello.
La sabrosura del mango ha dado como ninguna otra fruta una amplia terminología popular: una mujer hermosa está como mango, es un mangazo, le rezumba el mango. “Chupar mango” es gozar de una prebenda inmerecida. ¡Mangos!, es negación, rechazo. Y media docena más.

Hilama

Hermana de la anona, la hilama fue conocida en el puerto como procedente de Perú, uno de los muchos productos del comercio colonial. Se trata de un fruto pulposo de sabor muy dulce y con una característica particular: la presencia de múltiples semillas capsulares de color café barnizado. Estas no se eliminan en principio sino que hay que chuparles la pulpa adherida hasta dejarlas brillantes. Se usaban para el juego de las matatenas.
Rememora Rubén H. Luz Casillo (Recuerdos de Acapulco) que las abuelas de principios de siglo practicaban un juego de salón llamado “patacón”, utilizando precisamente las semillas de la hilama. Este, por cierto, es el único fruto que invita a su degustación. En efecto, cuando está maduro, a punto, él mismo se abre por uno de sus lados y entonces nadie podrá resistírsele. Tal particularidad dio origen a una sentencia muy acapulqueña. Ilustra a quien se retracta o desdice con alegre cinismo: “Rajado como hilama”. (El lector o la lectora hacen recuento ahora de los “hilamos” conocidos).

Tamarindo

¿Quién no lo ha disfrutado? El origen del tamarindo está contenido en el propio nombre Tamar (lán): rey de Samarcanda en 1362, e Indo (hindú). Los acapulqueños de finales de los años cuarenta, indignados, llamaron de todo a la Junta Federal de Mejoras Materiales de Acapulco (JFMM: un virreinato disfrazado) por haber derribado un centenario árbol de tamarindo. Imponente, de más de 25 metros de altura, se localizaba frente al Cine Río (hoy Woolwort Cuauhtémoc) y de él se surtían gratuitamente muchos vendedores de aguas frescas, dulces y pulpa rociada con ceniza.

Zazanil

La botánica lo ubica dentro de las especies cupulíferas y procedente de la isla de Cuba. El fruto del zazanil –así llamado, también– es una especie de uva blanca y transparente de jugo dulce y pegajoso. Y vaya que si pega, tanto como los actuales resistoles y otros productos químicos. Infalible en la confección de cocoles, culebrinas, rezumbadores y rombos (papalotes, en antigua terminología sanjeronimeña, pues) y en las tareas escolares.
El zazanil fue importado por su fama de ofrecer buena sombra y por ello se sembrará en los caminos en beneficio de la arriería. El alto contenido de agua del zazanil, ayudará a los arrieros a calmar la sed.
¿Quedará alguno por ahí?

Mezón

Para Rubén H. Luz Castillo, los dos únicos árboles de Mezón traídos a México por la Nao de Manila, procedentes de la isla de Luzón, estuvieron sembrados en Acapulco. Lo describe corpulento con fruto era parecido exteriormente al mamey: de pulpa dulce y carnosa.
El viejo barrio de El Mezón tomó su nombre no de una hospedería, como se cree, sino del árbol filipino. Lo preservará no obstante que aquella fronda fue barrida por el ciclón del 30 de octubre de 1912. El otro Mezón se ubicaba en un rancho propiedad de don Juan H. Luz Borbón, en el Barrio Nuevo (hoy, a la altura del IMSS). Correrá la misma suerte que el primero cuando el predio pertenezca don Julio Adame Adams, la Junta Federal de Mejoras le meterá hacha para ampliar en 1948 la avenida Álvaro Obregón, Cuauhtémoc a partir del año siguiente, cuando se descubran en Ichcateopan los restos del gran Tlatoani.

La marañona

Originaria de India, la marañona fue traída de Panamá para reproducirse generosamente, ganando pronto la categoría de un fruto criollo. Entonces, resultará el más apetecido por las infanterías locales. Millares de árboles soportarán cada verano el asedio de legiones de muchachillos dispuestos a agotar en el menor tiempo posible la cosecha silvestre del exótico manjar.
En el cerro de La Mira, particularmente, las ramas del marañón besan el suelo por el peso de aquellas brillantes esferas de un árbol navideño anticipado. Bastará sentarse bajo sus frondas para tomarlas con la mano, amarillas (dulces) o rojas (agridulces), y comerlas hasta los primeros retortijones del empacho. Otro castigo para la gula era el escozor en la lengua y las encías por ser este, se decía, un fruto “tetelque”. Había otras consecuencias graves: las manchas del jugo de la marañona sobre la ropa. Estas, como las del honor, no se quitan con nada, ni con lejía ni clarasol. Desconsideradas, delatarán el “tíquite” (“pinta”) del muchacho y, por si fueran pocas las desgracias, la “pela” con el instrumento más a la mano será inapelable.
Fruto extraordinario, la marañona es el único con una semilla exterior. Una almendra de forma peculiar, semejante a la carita de chango (de feto, decían antes) en cuyo interior se esconde la riquísima nuez de la India. Previamente asada u horneada, por supuesto. Consúmala sin los riesgos del humeante proceso, muy fresca y nada cara con Gloria y Said Gurayeb, mis amigazos, en Café Wadi.
El parque Cachú o La Marañona fue una superficie de casi tres hectáreas sembradas exclusivamente con marañones. Se localizó en la avenida Costa Grande 901 (hoy Pie de la Cuesta 115, centro comercial Chedraui), donde escondió su identidad por muchos años el escritor estadunidense B. Traven (El tesoro de la Sierra Madre, Macario, La rosa blanca, La rebelión de los colgados), conocido aquí simplemente como El Gringo de La Marañona. Hasta ese lugar llegará un día el periodista mexicano Luis Spota, para develar el más grande misterio literario del siglo XX.

Frutos prohibidos

Si algo tienen de prohibido la mayoría de los frutos aquí descritos, es que la oferta de los mismos es muy escasa o prácticamente nula. Ello, seguramente, porque por lo menos dos generaciones de acapulqueños no han oído hablar de ellos y mucho menos probado la dulzura o el agridulce de sus sabores. Es posible, sin embargo, que quien tenga la curiosidad de conocerlos y probarlos lo consiga en el Mercado Central, concretamente en Vallarta y su cerrada donde se ofrecen todavía icacos, caimitos, marañonas y algún otro.
Es de hacerse notar que todos los frutos anteriores llegaron al Nuevo Mundo, a través de Acapulco, procedentes de varias partes del mundo. Casi todos ellos sucumbirán por el olvido, no así los frutos autóctonos como la tuna, la jícama, la guayaba, la ciruela, la pitaya, la guanabana, el guamúchil, el aguacate, el zapote, y muchísimos más que llenan de olor y colorido los mercados mexicanos.

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