Silvestre Pacheco León
La primavera
En ésta época los árboles de mangos ofrecían sus frutos sazones que nosotros llamábamos “atenquis”. Buenos para el “pico de gallo”, cortados en trozos y revueltos con chile, orégano y sal. La cazuela era atacada por el grupo de comensales con una voracidad que es una condición natural en la época de juventud.
Los árboles de mango eran tan altos, frondosos y añosos que siempre los creí eternos. Los tres estaban en el límite del patio y a sus pies, la acequia los proveía de agua durante los meses de mayor calor.
El árbol de toronjas estaba a la mitad del patio, junto al lavadero. Como sus ramas eran flexibles y resistentes me subía casi hasta la punta de las más altas, desde donde podía verse la popular poza del río que llamábamos “la toma”. Después del atisbo bajaba presuroso, sea porque mis amigos estaban llegando o para que mi madre no descubriera mi intrepidez y me permitiera ir a bañar.
Junto al río y dentro de nuestro patio había un árbol de ciruelas moradas, grandes y carnosas, especiales para hacerlas conserva. Sus ramas bajas y caprichosas eran una incitación para treparlas, y más en la época de cosechar sus frutos.
Junto al ciruelo crecían algunos huamúchiles de cuyas ramas pendían varias lianas que daban al lugar una impresión de selva.
Varias veces llegué a sorprender en ése lugar a los chintetes, unos reptiles prehistóricos que caminaban en cuatro patas y corrían vertiginosos para subir o bajar de los árboles. Esos reptiles eran capaces de cruzar el río corriendo sobre la superficie del agua.
Nuestro jardín siempre sobresalió entre los patios vecinos. Mi madre ponía especial cuidado en sus granados, que eran de dos clases, pues aparte de los comunes tenía “cordelinas” que eran granados con la particularidad que sus frutos siempre lucían verdes, ocultando bajo su cáscara los granos de encendido rojo carmesí.
Sus plantas de flores eran generosas. Mi madre hacía ramos para vender acomodados grácilmente en un canastón de otate, sobresalían junto a las rosas unas flores menudas y delicadas de color blanco que ella llamaba “tlalanguaya”, también la “cola de novia” en tono morado. Sus tulipanes de rojo encendido con los pistilos amarillos contrastaban con el verde brillante de sus hojas.
Aún conserva una planta del perfumado y aristocrático jazmín blanco que crece como botones desde los tiempos de mis abuelos.
Los ramos de flores se adornaban con una enredadera llamada “fulmina” cuyas hojas menudas crecen dispuestas de tal manera que forman la figura de hojas grandes. En algunos pueblos todavía las usan para adornar los reclinatorios de las iglesias.
En el patio de la casa conocí los cafetos que mi abuela plantó y cosechó, y también los “cuajilotes” que son arbustos de ramas rectas con hojas parecidas a las del jícaro pero de frutos verdes que crecen retorcidos y tienen como surcos. Si se hierven son carnudos y dulces.
Mis tíos tenían un gran árbol de “primavero” con flores amarillas dispuestas en racimos. Recuerdo que un día el “primavero” fue derribado por un fuerte ventarrón. Cuando supe que ése árbol es el llamado roble, me extrañó su caída porque su nombre siempre ha ido asociado a la fortaleza.
Río arriba, en el espacio que todavía podíamos considerar como camino de nuestra casa, una gigantesca parota se erguía cubriendo con su follaje una gran parte del cauce del río. Las ramas más bajas nos servían de columpio. De día su sombra invitaba para jugar y bañar, pero durante la noche la oscuridad lo hacía un lugar ajeno para todos nosotros.
Junto a la parota crecieron un cuajiote o papelillo, y un coscahuate. Ahora sé que al primero en algunas partes le llaman “indio desnudo” y al segundo, árbol de jabón.
Pasando el río vivía mi tía Altagracia. Cuando la conocí ya había enviudado porque su marido, mi tío Custodio, había muerto de un dolor en el estómago que lo consumió.
El patio de la tía que de cariño llamábamos Gacha era grande y estaba cercado por muchos ciruelos de frutas amarillas que ella cosechaba y deshidrataba exponiéndolas al sol hasta secarlas.
Había muchos granados que ella protegía con unos arriates de barro que llenaba de agua todas las tardes como efectiva frontera contra las hormigas. También sembraba nardos y azucenas que daban sus flores blancas y perfumadas.
Mi tía tenía entre sus ciruelos de frutos amarillos un árbol de clavellinas blancas que caían maduras en la calle empedrada junto a las agujas o huinunos de dos pinos que el viento hacía silvar con el viento de la tarde.
Pero el árbol majestuoso de la calle era una parota que después de perder todas sus hojas durante el invierno, se revestía de un verde tierno exuberante en la primavera.
Enfrente del patio de la tía Altagracia vivían dos viejecitos que por su edad todos los tratábamos como familia: tío Chico y tía Velli. Ellos tenían varios árboles de guamúchil que daban roscas coloradas y dulces. La tía Velli en tiempo de nanches madrugaba todos los días para ir a cosecharlos al campo. Como eran nanches cimarrones ella tenía una selección de los árboles con frutos dulces y sabrosos, y se cuidaba bien de que nadie la siguiera para dar con ellos.
Más adelante el tío Pedro, marido de tía Duva, tenía un árbol de palchocotes que daba a la calle. Los palchocotes son unos árboles grandes con frutos parecidos a los duraznos pero de sabor agridulce.
Después, sobre la calle por la que se llega a nuestra casa vivía don Chanito y doña Julia. En su patio crecían y todavía sobreviven, los arbustos de flores perfumadas que se llaman mirtos y resedas. Su olor perfumado invade por las noches buena parte de la calle.
En la plaza municipal, casi frente a la puerta de la iglesia siempre hubo un árbol de trueno que murió cuando pavimentaron la calle. En las ciudades el concreto es una calamidad para los árboles porque para buscar el agua que deja de infiltrarse, se obligan a romper el pavimento con toda la fuerza concentrada en sus raíces.
La plaza del pueblo donde yo nací era como la mayoría. Por un lado del mercado estaba la cancha de basquetbol, y por el otro había unos viejos tamarindos con sus arriates que servían como bancas para descansar. Precisamente en uno de ellos platicaba mi abuelo que descubrió el secreto del espanto que muchos veían surgir durante la noche, apareciendo y desapareciendo para susto de los paseadores.
Mi abuelo que además de paseador era valiente, una noche vio la sombra caminar por la plaza para luego desaparecer. Dice que se armó de valor y se fue de presto a su casa para traerse consigo su poderoso machete. Estuvo así espiando al espanto cuando apareció de pronto distante apenas unos cuantos pasos de él. Entonces lo siguió y cuando casi lo alcanzaba, el espanto brincó para esconderse dentro del arriate de uno de los tamarindos. Estaba al alcance del filoso machete y sin ninguna escapatoria. Mi abuelo que era muy dado a dirigirse a otros como si parlamentara un cristiano con un moro en la danza de los Doce pares de Francia, dijo con voz tronante que podía ser de miedo o también de decisión:
–¡Si eres de éste mundo respóndeme al momento, porque si eres del otro te estarás rindiendo ante el filo de mi machete!
Contaba mi abuelo que cuando ya blandía el filoso machete contra el bulto que espantaba lo detuvo la respuesta.
–¡Juventino, no me vayas a dar, soy yo!
Estupefacto mi abuelo descubrió que se trataba de una señora bien, que vestía ropa de hombre envuelta en un gabán oscuro. Salía por las noches para espiar a su marido sin preocuparse de que sus celos llegaran a espantar a la gente.




