Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

*Bruno Plácido Valerio

“Soy un güevón, pendejo, comodino, hipócrita y cobarde”, pensé abochornado mientras manejaba de regreso a casa, luego de conocer a Bruno Plácido Valerio, el líder de la UPOEG.
No sé si lo mismo pensaron mis compañeros del programa ‘Ora qué cosa’, que se transmite en Siga Tv Chilpancingo, pero sí sé lo primero que pensamos todos cuando lo vimos llegar al estudio: “¡Qué chaparrito es!”.
Y es que ninguno de nosotros conocía a Bruno en persona, incluyendo a mi broder-abogado Miguel Parra Bedrán, al que invité a participar en la conversación desde su perspectiva jurídica. Sólo sabíamos de él lo que todos hemos leído y escuchado en los medios informativos. Muy poco, en realidad, si pensamos en lo poco que se puede saber de las personas de carne y hueso que se esconden, o esconden, detrás de sus alter egos noticiosos.
Sobre todo cuando se trata de personajes como el de Bruno Plácido, envueltos inevitablemente en la bruma difusa y engañosa del debate público y el escándalo mediático, cuantimás en uno tan complicado y explosivo como el de la violencia criminal, la inseguridad pública y los movimientos de autodefensa.
Para bien y para mal, la imagen pública de Bruno Plácido depende del cristal y el color con los que se le mire, de la perspectiva personal y, en algunos casos, de las conveniencias particulares.
Por eso, la semana pasada invité a Bruno Plácido al programa, para conversar dos horas sobre los grupos de autodefensa y la realidad social guerrerense, y especialmente para que nos contara un poco de su historia de vida, del hombre detrás del personaje.
A lo largo de la conversación, descubrimos que la inteligencia articulada que se asoma en las declaraciones y discursos de Bruno Plácido, tiene mucho más consistencia, sustancia e impacto cuando se le escucha hablar en corto. Sereno, sin poses, aspavientos y frases hechas, tan usuales en la retórica política tradicional, especialmente cuando se habla en los medios, Bruno apuntó fino a los peores vicios, fracasos y vergüenzas del sistema policiaco y judicial del Estado mexicano.
En síntesis, dijo que la justicia en México es un negocio, al servicio de los intereses y caprichos de los dueños del dinero y el poder político; que sólo los pobres van a la cárcel, sobre todo cuando se atreven a manifestar y protestar públicamente sus inconformidades; que la lucha de los grupos de autodefensa no es contra el gobierno, el Ejército ni la policía, pero que si no garantizan la seguridad y la protección de sus familias y patrimonio, seguirán movilizados y armados; que los ciudadanos debemos organizarnos para que las elecciones sirvan al pueblo elector y no a los candidatos electos; que la impunidad criminal la propician las autoridades; que la violencia inició por el abandono del Estado; que son peores criminales los de cuello blanco, que los narcos; que el movimiento que representa no es guerrillero, porque en las luchas armadas los muertos son siempre los empobrecidos; y que nos desgastamos en conflictos particulares, mientras que lo colectivo nos aplasta.
Casi todo de lo que dijo ya se lo habíamos leído y escuchado en la prensa, y lo dijo sin replicar dogmas ni proponer rompimientos extremos. Pero cuando lo escuchamos en persona nos pareció que sabíamos muy poco, porque ahora descubrimos que su inteligencia articulada es mucho más que discursos y declaraciones, que sus ideas son firmes y argumentadas, y que las sabe comunicar con asombrosa e inusual claridad y congruencia.
Pero de lo que nada sabíamos y también nos dijo, fue de su historia personal.
En síntesis, dijo que nació en Azoyú; que estudió hasta secundaria porque no había lana para sostener su educación; que trabajó 15 años en casas particulares; que desde niño le indignó el abuso y la humillación que sufrían los campesinos e indígenas por parte de los mestizos de clase media; que aprendió escuchando a los que saben; que ha estado en la cárcel y que ha sido torturado por sus ideas; que sabe a lo que se expone pero que no teme, y que lo que nunca debe perder un hombre es la dignidad.
Dos horas que pasaron rápido, al menos para los que estábamos en la mesa, concentrados gustosos en la conversación de Bruno Plácido, un hombre como cualquier otro, pero mejor.
Quizá por eso, cuando nos despedimos de él, me pareció menos chaparrito que cuando llegó. Seguro por eso, manejando de regreso a casa después del programa, pensaba abochornado, “soy un güevón, pendejo, comodino, hipócrita y cobarde”.

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