Gregorio Urieta
TESTIMONIOS DE TIERRA CALIENTE
*Antes todavía se respetaba a la familia
—Papa Nuncho era cabrón. Más cabrón que nosotros. ¡Cuándo que se le escapara una mujer que le echara el ojo! Si no la enamoraba, la compraba. Nomás cuando lo veíamos con ellas. Pero así como las conquistaba, así las dejaba. Nunca agarró traza, por eso nunca se casó. Decía que no estaba cresta pa’ casarse y agarraba mujeres donde fuera, en los bailes, en las cantinas.
La entrevista se lleva a cabo en el patio de la casa de este hombre que accede a hablar de un tema que es del dominio público.
—¿Por qué le dices Papa Nuncho?
—Es que era mi familiar. Él nos crió cuando mi padre dejó a mi amá y se fue al norte. Casi fue un padre para mi hermanita y para mí. Cuando murió, nosotros lo teníamos en la casa, porque ya murió. Ya estaba de edá Papa Nuncho, cuando murió.
Panuncio Tepetate Flores era de uno de los muchos pueblos de Ajuchitlán. En los años 80 vivía lo mejor de su vida, a los 55 años de edad. Soltero, sus hijos ya casados y a la vez con hijos; sin esposa que le reclamara atenciones u obligaciones, pues la mujer con la que se juntó por unos años ya había muerto. Se dedicaba al campo y sus obligaciones eran pocas, en un pueblo cuyos habitantes vivían y producían para la subsistencia.
Había tenido varios hijos e hijas con mujeres que así como llegaron, desaparecieron de su vida, y tenía solo un hermano, que se había ido a vivir a Changata y al que no veía desde hacía muchos años. Él se había quedado a vivir en una cuadrilla cercana a las faldas de la sierra de Ajuchitlán, y sólo bajaba a los pueblos del valle cuando a Panuncio le urgía dormir con mujer.
Y en esos años, el casi joven Panuncio tenía esa urgencia muy seguido. Por eso iba a las cantinas que a veces se ponían en las orillas del río Balsas, en donde estaban los embarcaderos de Cantón o de Corral Falso, o bien a las antiguas cantinas del bajadero de Tlapehuala. Pero desde que le ocurrió aquello, ya no volvió a las andadas.
Papa Nuncho era un hombre directo. Decía que con las putas no había por qué andarse con rodeos, porque por eso se les pagaba, y por eso no había que estarlas enamorando o tomando con ellas. Por eso él iba directo al grano. Después de hacerlo, lejos estaba de invitar a tomar a la mujer con la que había entrado al “cuarto”. “Si quiero tomar, tomo con mis amigos o yo solo, no con viejas”, acostumbraba decir. Por eso no estaba de acuerdo con aquellos que agarraban mujeres de las cantinas y las querían tener de amantes exclusivas, porque cuando las encontraban tomando con otros hasta se andaban matando con ellos. “Estaría cresta pa’ hacer eso”, decía.
Tenía una particularidad: no hablaba, gritaba. Cuando hablaba o gritaba, según quienes lo conocieron, lo hacía resaltando las palabras. Por eso cuando hacía el trato con las muchachas de las cantinas todo mundo escuchaba el regateo.
“La vez que pasó aquello, fue en el pueblo de Corral Falso. Fue durante la fiesta de Santa Cecilia. El pueblo estaba lleno de gente que había llegado desde la madrugada a cantar Las Mañanitas a la virgen. Había harta gente, músicos que venían de Tlapehuala, de Tiringueo, de Morelita, de Cantón, del Potrero (Villa Nicolás) y de Corral Falso. Esa sí que era fiesta. Todo el día hubo música, comida que los músicos llevan, así que había motivos para estar alegre.
—Nos dijo que esa vez acompañó a unos de El Potrero a pedir a una muchacha, que anduvo con ellos desde una noche antes, y que al otro día se fueron a la iglesia a acompañar la velación y que por la mañana se bañaron en el vado de Corral Falso, y de ahí se fueron a la cantina.
—¿Quiénes andaban con él?
—Nos dijo quienes, pero no te voy a decir. Solo te digo que eran unos amigos suyos de El Potrero que iban de pedidores de la novia.
Serían como las 12 del día cuando se fueron a la orilla del río, a la enramada de La Güera, una señora de Altamirano ya sesentona, que se vestía bien elegante, se hacía un peinado esponjado, se pintaba los ojos con harto rímel, la boca con mucho color rojo, y presumía unas chichotas güeras, güeras. Era una señora muy amable con los clientes, pero dura con las muchachas. Cuando no toleraban a los clientes les decía que si no querían ser putas, entonces ¿qué hacían allí?
Estaba llena la cantina. El ruido de las botellas de cerveza al chocar, a pesar de que la rockola estaba a todo volumen, las palabrotas de los clientes, se escuchaban a lo lejos.
—¡Nuncho! Vente pa’cá, con los hombres –gritaron provocadoramente unos conocidos ubicados en una de las mesas.
—Dime por qué y te hago caso –contestó Panuncio con un albur, que fue festejado con carcajadas y obscenidades por sus conocidos.
—¿Qué les voy a servir?
Al voltear la vista de donde estaban sus conocidos, Panuncio se encontró con un rostro desconocido por él en la cantina de La Güera. Era una muchacha como de 25 años, blanca, con abundantes pecas en el rostro y picardía resplandeciente en los ojos pequeños. Era robusta, sin llegar a ser gorda. Y en una cantina, para Panuncio, eso era un manjar que tenía que probar.
—¡Cuánto! –soltó de sopetón el calentano en vez de ordenar el servicio.
—Amigo, andas jarioso –contestó la joven, con la seguridad de quien ya conoce el negocio desde hace tiempo. —¿No vas a tomar algo antes pa’ darte valor? –agregó y soltó una carcajada.
—¡Cocho! Si no te cumplo, te pago doble. — ¡Cuánto! –Insistió, como temeroso de que alguien más llamara a la joven prostituta.
—Serían 5 mil (5 mil en los años 80 era el equivalente a 500 pesos actuales). Más el cuarto, tú lo pagas. La jovencilla dijo eso como si estuviera negociando la venta de un cerdo en la plaza de Corral falso.
—¡Tás cara! –replicó con su estilo de gritar, en vez de hablar.
—¡Dile que no quiere, que se meta con La Yaca! –gritaron sus conocidos que lo saludaron al llegar, generando risotadas de los allí presentes. La Yaca era un homosexual de San Miguel Totolapan, que apenas era un adolescente, y que se hacía llamar Yacaranda.
Presionado por las burlas de los presentes, Panuncio accedió y se encaminaron al cuarto en donde había una cama de otate con unos costales y un gabán encima. El “cuarto”, en realidad era una especie de corraleta, construido a orillas del río Balsas, cercado por ramas de azúchil y manojos de paja de ajonjolí, amarradas. Ubicado a unos cuantos metros de la cantina, apenas si podía cubrir la intimidad necesaria para ese acto.
Según contaron después los de El Potrero, al parecer la muchacha desquitó bien el pago de 5 mil pesos. Tanto, que Papa Nuncho hizo lo que nunca hacía: la invitó a tomar unas cervezas en su mesa, junto con sus amigos del Potrero.
Ya con la tercera de rigor, y después de algunos comentarios, Panuncio le preguntó:
—¡‘Ira, ¿y cómo te llamas, pues?!
—Fulana de tal.
—¡¿Eres Tepetate? ¿Pus de dónde eres?!
—Pa’ qué quieres saber, pues?
—¡Pa’ platicar, nomás, pues va!
La mujer agarró la botella apenas destapada. La sacudió para tirar al piso un pequeño chorro y luego tomó un trago largo a la cerveza. Después, confesó con seriedad:
—Soy de Changata, mi amá es de Anotitas, y mi apá es de un pueblo de allá pegado a la sierra de Ajuchitlán.
—¡Arí! ¿Cómo se llama tu pápa, guacha?
—Fulano de tal.
—¿Fulano de tal? Pero va guacha ese es mi hermano. ¡Ay túuu, mija! ¡Va eres mi sobrina! ¡Ora ya te trepé!
Después de eso Papa Nuncho no fue más a las cantinas. Los del Potrero no tardaron en dar a conocer lo que había pasado. Además, pues fue público porque todos oyeron los gritos de Papa Nuncho, porque no hablaba, gritaba, y todos oyeron que le había trepado a su sobrina. Y es que antes todavía se respetaba a la familia, yo creo que en algo le afectó.




