Silvestre Pacheco León
RE-CUENTOS
*Chiguán
En el pueblo nunca se le supo su nombre de pila porque todo mundo lo conocía como Chiguán.
Era el hijo menor de uno de los ganaderos del pueblo y entre las tareas que le correspondían en el campo estaba la ordeña de las vacas, labor que desempeñaba muy comprometido todos los días así lloviera o tronara.
Chiguán era un hombre forzudo, moreno requemado por el sol y de cuerpo robusto. Usaba algún calzado sólo cuando acudía a las fiestas, pues ni para meterse al corral de ordeña y andar entre el lodazal y la caca de las vacas se cubría los pies.
Para las peleas callejeras era temible porque nunca se rajaba aunque fuera sometido al más duro castigo de golpes por sus adversarios y los tundía a todos a pesar de tener sólo un ojo bueno para ver porque el otro lo tenía lleno de nube.
Por eso cuando llegó aquel boxeador venido de la capital para exhibirse en la feria de Coyuca cuyos promotores anunciaban un premio de cien pesos por cada round que le aguantara el primer valiente, no faltó quien animara al Chiguán para apuntarlo como retador pensando en tan atractiva recompensa que ofrecían.
Cuando Chiguán llegó a la plaza frente al improvisado cuadrilátero seguido por el grupo de amigos que lo animaban el campeón hacía pelea de sombra frente a un enemigo imaginario.
El campeón era un muchacho joven, de esos que salen de las barriadas pobres de la ciudad, con cuerpo escuálido de mal comido y una agilidad que no le quitó el sueño al retador quien se solazó calculando que bien podía llevarle la mitad de su peso en ventaja.
Cuando la gente se dio cuenta de quién era el retador la plaza empezó a llenarse y antes de que los peleadores se pusieran los guantes ya se iniciaban las apuestas a favor del retador.
Los más allegados a Chiguán le daban indicaciones sobre el número de rounds que debía pelear antes de noquear al campeón mientras éste se medía los guantes.
Cuando se oyó la primera campanada indicando el inicio de la pelea todos los presentes aplaudieron al retador quien al tiempo de levantar los puños como hacen los campeones, recibió el primer golpe certero en la barbilla que lo hizo tambalearse.
Sorprendido y enojado el Chiguán buscó al campeón para cobrarse la afrenta pero antes de que pudiera encontrarlo cayó sobre él una lluvia de golpes tan tupidos que el único lugar donde encontró refugio de la andanada fue el suelo.
Tirado en el suelo el retador hacía esfuerzos vanos para levantarse pero fue la campana la que lo salvó del bochorno y le dio el respiro para caminar en cuatro pies hasta su esquina.
Enojados por la sorpresiva embestida del campeón contra el retador los amigos de Chiguán pedían y hasta exigían que cobrara alto la afrenta en el siguiente asalto,
–¡Aunque nomás te ganes cien pesos, pero mátalo a golpes en el round que viene! –le gritaban al retador quien ya no estaba muy convencido de levantarse para seguir la pelea.
Más por compromiso se levantó Chiguán en el toque de la campana y ni siquiera tuvo que encaminarse al centro del cuadrilátero porque su oponente lo sorprendió en el camino ahora con un gancho al hígado que hizo doblarse de dolor bajando la guardia como reflejo que el campeón aprovechó para pegarle un golpe recto en el párpado del ojo bueno, rematando con otro gancho al hígado que llevó al retador por segunda vez hasta el suelo.
Chiguán perdió toda la visibilidad por el golpe recibido y convencido de que sólo el suelo podía salvarlo de semejante paliza optó por permanecer tirado, rígido y ensangrentado.
Sin ningún ánimo para levantarse después de que el réferi le cantó los segundos de protección Chiguán siguió tirado sin moverse (después platicaría que cuando oyó el conteo que llegaba a diez dijo para sus adentros “por mí puedes contar hasta cien porque no pienso levantarme”.
Fue preciso llamar al médico para que pudiera dar su diagnóstico sobre el futuro de la pelea.
La gente esperaba expectante la determinación del profesional quien para suerte del retador tuvo el tino de levantarle el párpado del ojo con nube, lo que originó que exclamara:
–¡Éste hombre está muerto, sáquenlo!
Entonces llegaron los paramédicos con la camilla, subieron al Chiguán para llevarlo al centro de salud donde poco después pudo levantarse como señal de que no estaba muerto.
Llegó a su casa seguido por los gritos de abucheo de todos los paisanos que habían apostado a su favor.
¡Y no lo mataste!
Dicharacheros, burlones y festivos como son los costeños resulta imposible imitarlos, pero sus experiencias merecen ser contadas.?
Nito vive en la sierra. El patio de su casa lo ocupan las gallinas con los patos, los borregos y los chivos. Bajo la sombra de sus árboles me platicó la visita de su sobrino que vive en Estados Unidos.?
Era un muchacho quinceañero con más ganas de aprender la vida del campo y de los mexicanos que su facilidad para comunicarse en español.? A pocos días de haber llegado al pueblo fue habituándose a la vida de sus familiares. De manera que pronto aprendió a identificar la siembra de frijol y la utilidad que tiene dicha leguminosa.
Sus tíos sembraban una parcela muy cerca de la casa, mal cercada pero siempre al cuidado de la familia que espantaba los animales perjuiciosos.
En esas circunstancias el sobrino de Nito se sintió un héroe cuando fue el primero en descubrir que el burro de un vecino había traspasado la cerca de la parcela. Acudió presuroso a sacarlo a punta de gritos y pedradas.?
Cuando el tío Nito llegó en la tarde a la casa, su sobrino lo recibió con la noticia, explicando lo que había pasado. Cuando le narró su proeza de haber sacado al burro que hacía daño al frijol, Nito, muy quitado de la pena le preguntó:
–¿Mataste al burro?
–No, le respondió el sobrino confundido. –Sólo lo saqué de la siembra –le explicó.?
Al otro día pasó lo mismo, el burro se había amañado con la verde siembra, pero entonces el sobrino ya estaba listo para actuar como en la primera vez, de manera que pudo sacar inmediatamente al burro para que no siguiera haciendo daño.?
En la tarde, cuando el tío llegó a la casa, la noticia fue similar a la del día anterior, y la pregunta de Nito se repitió.
–¿Y el burro? ¿Lo mataste?
–No, nomás lo apedree.?
Pero cuando sucedió por tercera vez que el terco animal volvió a meterse a la parcela, ocurrió lo inminente: el sobrino ya no acudió a espantar al burro, ni gritó, ni tiró piedras. Salió de la casa desde donde había estado espiando al burro con la escopeta en la mano. Avanzó sigilosamente hasta la cerca de la parcela, se colocó en posición de disparo apuntando directamente a la cabeza del jumento.
Una es que el animal estaba cerca del joven y se ocupaba sólo de comer apaciblemente las matas de frijol, y otra que el muchacho no tenía mala puntería, de manera que sucedió lo que todo mundo puede imaginar: primero se escuchó el estruendo del disparo y luego el ruido del animal que se fue de bruces.
El burro murió entre movimientos espasmódicos, patas para arriba, mientras el sobrino aparecía satisfecho del logro alcanzado, y así esperó impaciente la llegada del tío para contarle la proeza.




