Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Cómo han pasado los años (V) 1940-2014

Ave, Maximino

Las referencias en la entrega pasada al general Maximino Ávila Camacho, desconocido para los lectores jóvenes de este espacio, dio pie para el esbozo de un retrato de este hombre, entre ángel y demonio, pero a través de la anécdota. Tan reveladora quizás como la mejor documentada biografía. De los emperadores romanos, por ejemplo, a Nerón se le conoce únicamente como el incendiario de Roma, a Calígula por haber nombrado cónsul a su caballo Incitatus y a todos ellos por sus perversiones.
Se atiende así a un pedido del “respetable público” (un lector lo es, que ni qué), esperando su complacencia.
El orden de las anécdotas aquí enlistadas es tan arbitrario como lo fue el propio biografiado. Se refieren al Maximino revolucionario, gobernador del estado de Puebla (1937-1941) y secretario de Comunicaciones y Obras Públicas (1941-1945). Entreverados el Maximino hedonista, arbitrario, déspota, seductor y amigo de periodistas. Aficionado a la fiesta brava y a los caballos, torero y rejoneador él mismo; matón, personaje con roce internacional y corrupto hasta el tuétano.

Sólo yo

El gobernador de Puebla, general Maximino Ávila Camacho, se reúne con sus colaboradores más cercanos una vez que ha terminado la ceremonia de toma de posesión.
–Ya oyeron ustedes la sarta de pendejadas de los agachados. Ahora aquí, en corto, quiero decirles dos cosas con las que habremos de llevar la fiesta en paz:
–¡Para robar sólo yo!… ¡Para mandar, también, sólo yo!… ¡Ora sí, a chingarle!. Buenas tardes.

Últimas palabras

Acostumbrado durante la lucha armada a robar vacas, haciendas y mujeres, Maximino Ávila Camacho no abandonó tales prácticas al llegar al gobierno de Puebla, si bien utilizó formas suaves:
–Que dice el jefe Maximino que si el dinero por la Hacienda se lo doy a usted, ahorita mismo, o a su viuda después del sepelio.
–¡Dígale al cabrón de su jefe que mi hacienda no está en venta! –serán las últimas palabras no de un valiente, pero sí de un suicida.

El método

Un método similar usará Maximino para hacerse del total de las acciones de la Plaza de Toros México, compartidas con el doctor Rodolfo Gaona y Anacarsis Carcho Peralta. Enterado de que sus socios lo “tranzan gachamente y sin medida”, don Max ofrece a uno y a otro la compra de sus paquetes accionarios. Gaona será primero en ceder frente a la disyuntiva de seguir contando con la amistad del boss o de plano declararse su enemigo, planteada por unos embajadores como salidos de una película de Juan Orol.
Más tarde, los enviados del secretario de Comunicaciones y Obras Públicas hacen una propuesta similar a Carcho Peralta. Era de sobra conocido el antecedente de que El Jefe lo había bajado de una motocicleta de Tránsito para convertirlo en un creso empresarial. Ya dueño del mítico Hotel Regis de la ciudad de México, destruido por los sismos de 1985, Carcho rechaza indignado la oferta:
–¡No vendo, no vendo y no vendo! ¡Y así díganselo al Jefe: no vendo , no vendo y no vendo!
Los patibularios mensajeros harán la pregunta de rigor:
–¿El cheque, don Carcho, a su nombre o al de la viuda?
–¡Chingada madre!… a ver, pues, ¿Dónde cabrón les firmo?

María Elena

A propósito de este personaje y su esposa. Fue en la fiesta de cumpleaños de ella, doña María Elena de Peralta, cuando nace la hermosa canción que lleva su nombre. Sus autores, nuestro José Agustín Ramírez y el veracruzano Lorenzo Barcelata, si bien el primero, “al punto pedo”, cederá la autoría total al segundo.
Para lograr la bella obra musical –cuenta la leyenda–, Peralta encerró a los compositores en un baño de su casa con esta advertencia: “No los dejó salir ni beber una sola copa si antes no le componen una canción a mi vieja”. Acuciados por una cruda histórica, los creadores costeños entregarán en tiempo record el vals María Elena. (Quiero cantarte, mujer/mi más bonita canción/porque eres tu mi querer/reina de mi corazón)
Entonces, sí, ¡hasta no verte Jesús mío!

La SCOP

El presidente Manuel Ávila Camacho no dormía tratando de resolver un dilema familiar. Cumplir la exigencia de su hermano mayor de ocupar la titularidad de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, arrostrando el escándalo que de ello se derivara o bien enviarlo como embajador. Por lo demás, Maximino presumía de ser muy amigo del dictador de Guatemala, Jorge Ubico, y el de Cuba, Fulgencio Batista. A él le constaba su relación estrecha con el mismísimo duque de Windsor. ¿Qué hago?, se preguntaba el mandatario mientras el tiempo transcurría y su carnal enfurecía.
–Este marrano ya se culipandió –sentencia un día Maximino al tiempo de llamar a su gente: ¡todos a la SCOP!
La llegada de un ejército de civiles armados provoca pánico en el edificio de la SCOP. Carreras, portazos, gritos y desmayos. Maximino se dirige con su guarda de corps hacia las oficinas del secretario Jesús de la Garza. ¡Soy el nuevo secretario, haga el favor de abandonar la oficina! le exige. Garza invoca aquello de la sacrosanta institucionalidad y responde altivo que dejará el cargo solo si se lo ordena el señorpresidentedelarepública.
Ni modo, señor, usted me obliga a esto. Y diciendo haciendo, Maximino lo encañona con su 45 metiéndosela precisamente en el costillar. El señor De la Garza, empavorecido, derritiéndose como si fuera de cera, está a punto del soponcio pero se sobrepone. Abandona con aire de dignidad su oficina.
¡Puta, lo que tiene uno que hacer por servir al hermano y a la Patria! –comenta a lo corto el flamante titular de la SCOP. Se guarda la pistola.

Rosa Carmina

La despampanante rumbera cubana Rosa Carmina le muestra a su esposo, Juan Orol, una carta firmada por Maximino Ávila Camacho. En ella se declara su más ferviente admirador y le pide en encuentro a solas con el único interés de conocerse. Le indica lugar, fecha y hora.
Orol, creador del cine de gangsters y rumberas –él trajo de Cuba a Maritoña Pons, a la propia Carmina y varias más–, se faja su pistola y con la carta en la mano se presenta al lugar de la cita.
–Soy Juan Orol, esposo de Rosa Carmina a la que usted envió esta carta y vengo a ver que se le ofrece, señor general.
Lívido, tembloroso como cervatillo desvalido y sudando a chorros –según la versión del cubano–, Ávila Camacho niega ser el autor de aquella misiva. “No es mi letra, se trata de una perversa falsificación, soy incapaz de molestar a una mujer casada. Le ruego, señor, ofrecer mis respetos a su señora esposa y lo mismo para usted.”
Aquí es cuando muchos mexicanos hubieran deseado gritarle: ¡Viejo culero!, ¿no que muy cabroncito!

Garza y Conchita

Lorenzo Garza toreaba en la plaza La Conchita. Al mirar al tendido ve en la barrera de primera fila a la cupletista española Conchita Martínez, acompañada por Maximino Ávila Camacho. Enamorado como un adolescente de la hermosa mujer y aconsejado por unos celos mortales, el matador espera a la pareja a la salida de la plaza. Apenas los descubre se lanza contra el acompañante empuñando la espada de lidia. Maximino desenfunda rápidamente su pistola mientras sus guaruras someten a torero
Se sabrá más tarde que, previa feroz golpiza, el Ave de las Tempestades había sido echado a un avión con rumbo a España. La afición, por su parte, protestará por la traición a la fiesta brava del Ave de las Tempestades: por pretender estocar a un miserable asno.
Paty Chapoy viene en auxilio de esta Contraportada: Conchita y Max procrearon una hija, Pastora, quien hasta su muerte prematura cuidó a sus hermanos. Entre ellos el cantante Emmanuel, hijo de Conchita con el torero Raúl Acha, Rovira.

Ladrón que roba

El coronel José García Valseca formó parte del grupo selecto de poblanos que, cobijados bajo la sombra de Maximino, levantaron las más grandes fortunas de México. El propietario de la cadena periodística de “Los Soles” y el Esto, camina un día con su protector por el Paseo de la Reforma de la ciudad de México.
–Mire, mi general, y dígame si no le he aprendido a hacer negocios redondos. Este terreno lo compré cuando la tierra era muy barata en noventa mil pesos. ¡Un auténtico regalo!, ¿no lo cree?,
–¡Se lo compro, coronel! –salta Maximino, ¿trae consigo las escrituras?
-No, mi general, todos mis documentos de valor los guardo en el banco. (“Ya me chingué, nomás por presumirle a este hijo de la gran puta”, se dice para sus adentros el hombre que posee en México tantos periódicos como el estadunidense Randolph Hearst –El Ciudadano Kane. Éste sin haber leído un libro en toda su vida, según su estúpida presunción).
–¡Llévemelas mañana a la oficina!
García Valseca llega al día siguiente a la SCOP llevando las escrituras del terreno del Paseo de la Reforma
–Aquí tiene usted, mi coronel, noventa mil pesotes, ni uno más ni uno menos–, festeja Maximino al entregarle un gordo sobre manila. Lo felicito, mi coronel, por no ser uno de esos cabrones que acostumbran sacar provecho de sus amigos. ¡Y vaya si los hay!

Don Max Tenorio

Aquella noche de estreno, el teatro capitalino Follies Berger, de República de El Salvador, no acepta ni un alfiler. Expectación y morbo por conocer las desventuras del clásico Don Juan Tenorio, presentado entonces como Don Max Tenorio, en suicida alusión al secretario Maximino Ávila Camacho.
La sala se viene abajo con la sola aparición del cómico Jasso, encarnando al personaje. Viste a la usanza tradicional, pero porta dos pistolas golpeándoles las corvas y usa sombrero tejano. Los parlamentos del Tenorio provocan sonoras carcajadas y ovaciones de un público en uso del único recurso para burlarse de sus opresores
Desde la princesa altiva / a la gata garbancera,/ jamás se me ha ido viva,/ ninguna tonadillera”.
El final –narra Margo Su en su libro Alta frivolidad, Cal y Arena, 1999–, fue histérico con un público desbordado puesto de pie. Adentro, abrazos de autores, cómicos y técnico. Todos auguran meses en cartelera cuando lo usual eran dos semanas. Ahora, a festejar todo mundo en el restaurante Olimpia, ¡la casa paga!
La celebración termina con la llegada del acezante velador del Follies. Trae malas nuevas. “Un grupo de pistoleros allanó el teatro golpeando a empresarios y autores para luego clausurarlo”. Se conocerá al día siguiente la gravedad del oaxaqueño Rodolfo Chamaco Sandoval, autor de los diálogos, y el destierro de los empresarios hispanos Manolo Fernández y Antonio Martínez (El poeta Sandoval fue el creador de varias canciones de Agustín Lara y entre ellas el chotis Madrid).
“Maximino –lo pinta la escritora y empresaria teatral–, fue un tirano temible que atropellaba lo que fuera con tal de satisfacer sus pasiones, riqueza, mujeres, toros y poder (ignoro el orden)”. (Margo dio su nombre al teatro de revista más popular de México de los años 60, hoy Blanquita).
 
Quien a hierro mata…

Maximino Ávila Camacho, quizás el más célebre de los hermanos incómodos de la historia nacional, murió horas más tarde de un opíparo banquete en Atlixco, Puebla, luego de ser declarado “hijo predilecto”. Se hablará de un colapso natural como consecuencia de la diabetes, pero nadie lo creerá. Entonces tomará fuerza la versión de un envenenamiento con arsénico, llevada a extremos fantasiosos. Esto cuando se diga (1945) que en realidad habría sido un veneno volátil, despedido por el micrófono utilizado por Maximino para pronunciar, este sí, su último discurso (¡Aguas!).

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