Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Cómo han pasado los años (VI) 1939-2014

Trópico

Un día durante una reunión de amigos en una refresquería del Zócalo de Acapulco, el comerciante Delfino Coll Mota propone la creación de un periódico que diga la verdad, toda vez que los que hay son mitoteros y escandalosos. Un periódico que diga la verdad, que sirva a Acapulco y a su gente y que, por supuesto, se pague solo.
Tan sencillo planteamiento pronto encontrará respuesta al quedar formalizada una sociedad para emprender el proyecto. El número de socios reunidos es de 13 y no habrá cábala que detenga la aparición, el 9 de septiembre de 1939, del primer número de Trópico, tabloide con el cabezal adornado por una palmerita –but of course. Semanal, su periodicidad.
Durante el obligado festejo de aquel mismo día, habrá felicitaciones, abrazos y muchos brindis entre los fundadores de Trópico. Un medio que cubrirá un buen trecho del siglo XX como el diario más importante y respetable de Acapulco. Entre aquellos: Delfino Coll Mota, su primer director; Bernabé Ramiro, Joaquín Tejado, Luis Moreno, Daniel Olea, Eduardo Ramírez, Agustín Guerrero, José Luis Domínguez, Manuel Butrón, Ramón Guillén Salas y Manuel Pérez Rodríguez.
Don Manolo Pérez asumirá la dirección de Trópico en los primeros años, los 40, y ante la deserción de los socios la propiedad absoluta del medio.

Sufragistas

El Comité Único Pro Derechos de la Mujer, una de tantas organizaciones de lucha encabezadas por doña María de la O, conmemora su primer aniversario con un desfile por las calles del puerto (25 de septiembre de 1939). Las damas vestidas de blanco provocan la santa indignación machista cuando lancen consignas demandando compartir con los hombres el derecho al sufragio universal.
–¿Por qué sí en la cama y no en las urnas?, –pregunta una cartulina.
–¡O votamos a no nos dejaremos botar! –Demanda otra francamente sicalíptica.
Escándalo. Un dirigente partidista aviva el fuego declarando su alergia al sexo débil en la política y lo califica como “un elemento perturbador y erosionante” La respuesta será clara, precisa y contundente a cargo de doña Chabe Dimayuga.
–¡Perturbador y erosionante tienen el cisirisco, cabrones!

Las canciones del 39

Si hay entre las lectoras quienes acepten haber recibido serenatas con las canciones enlistadas más adelante, no es que tengan la edad de las melodías. En la segunda mitad del siglo pasado, como es bien sabido, las muchachas se ennoviaban formalmente a los 18 cumpliditos. Aunque, claro, habrá tantas adelantadas como remisas. Por lo demás, se trata de temas hoy escuchados no obstante sus facturas de 1939, cuando Acapulco era gobernador por Baltazar Hernández Juárez, la entidad por el general Alberto F. Berber y el país por el también general Lázaro Cárdenas del Río.
Poemas musicalizados que envolverán amorosamente a por lo menos tres generaciones de mexican@s, flechas certeras para atravesar aun los corazones mejor blindados, y aquí recurrimos a una imagen sentimental muy de la época. Helas aquí:
Ahora seremos felices, del portorriqueño Rafael Hernández; Creí, de Chucho Monge; Incertidumbre, del gran Chalo Curiel, cuya Vereda Tropical nació cuando transitaba por el camino agreste que llevaba a la playa de Manzanillo (con ella fui noche tras noche hasta el mar). Nochecita, de Víctor Huesca, Frenesí y Perfidia, de Alberto Domínguez, miembro de la prodigiosa familia chiapaneca de creadores musicales. Son estas las dos piezas mexicanas más conocidas en el mundo, junto con Bésame Mucho de Consuelito Velázquez Y, bueno, como dice un amigo lector: la generalidad de las canciones de antes idolatraban a la mujer, en cambio muchas de hoy la ofenden, la vituperan. Como este delicado reggaetón:

Porque a mí me vale madre
si te enfermas o te mueres
de un plomazo, de un “pasón”
o del madrazo de un camión.

Los borrados del 39

Ahí está el detalle es seguramente la película número uno de Cantinflas (la escena del jurado no tiene abuela). Con ella, Mario Moreno entra al mundo que perseguía desde la creación del peladito de prosa alrevesada, ininteligible. Hombre rico, imita a los cresos construyendo su casa en Acapulco. Escoge un sitio de privilegio como lo fue la Península de Las Playas, vecino del hotel de Las Américas, el más glamoroso del momento. Muy cerca de la Piedra del Elefante, custodiando celosamente el acceso a la Bocana. Una residencia de diez recámaras, playa privada y muelle donde amarrará su yate 777, en alusión a su personaje en la película de 1941 El gendarme desconocido (“s´ordiniss , je-fe”). En la palaciega mansión se hospedarán en 1956 los actores de El Bolero de Raquel, con exteriores en el puerto, la primera cinta a colores del mimo.
Recomendado seguramente por algún personaje del exilio español, el joven pintor Gerardo Lizárraga es contratado por Mario Moreno Reyes para ejecutar un mural en su residencia acapulqueña y no quedarse atrás en una excentricidad de los muy ricos. El “a’i te lo dejo a ver que se te ocurre” es tomado muy en serio por el pintor navarro, un hombre comprometido con sus ideas y viviendo en aquel momento la pérdida de su patria. Con plena libertad para su trabajo plasma en aquellos muros la tragedia del exilio español.
Xavier Lizárraga Crochaga, hijo del pintor, narrará mucho más tarde que, frente al fresco, el cómico montó en cólera por lo que él consideró “una mentada de madre” echando a su padre de malas maneras y, claro, sin pagarle un centavo. Se sabrá que Cantinflas contratará en aquel mismo momento a pintores de brocha gorda para cubrir aquel “engendro” con varias capas de “pintura de aceite”.
Sobre el desagradable suceso, Josú Checha, amigo y paisano del pintor, escribió: “No obstante la expeditiva e irreversible censura de Mario Moreno , Lizárraga hizo un nombre en la historia del arte como cartelista, pintor y muralista. Él, como tantos exiliados, quedaron como su mural de Acapulco “borrados” de la memoria pública, vía el olvido y la marginación. (Josú Checa, Los Borrados, aportación a la historia del exilio a México, 1939).

Ibargüengoitia en Acapulco

El escritor Jorge Ibargüengoitia (Guanajuato, 1928, España, 1983) pasó varios meses de su infancia en Acapulco, visitándolo en muchas ocasiones durante su existencia. Sus recuerdos de aquellos tiempos están contenidos en los textos siguientes: Acapulco Inseguro, Desastres del progreso, 1970; Acapulco Paraíso Perdido y La Casa de Usted y otros viajes,1974. Helos aquí:
Conocí Acapulco en 1939, luego visitado 20 veces bien distribuidas y ahora caigo en el engaño: ni fue paraíso y es ahora un infierno. Más exacto sería decir que dentro de lo horrible siempre ha sido maravilloso.
Pero cuando decía ¡esto es el paraíso! se me metía una piedra en el zapato o del caño salían cucarachas enormes. Empezaba uno a sofocarse y se iba al cine donde algún bromista gritaba ¡fuego!, se comía un tamal y se encontraba un pelo adentro.
Un día la tía Lola Baldwin consiguió un lenguado y nos invitó a todos a comer un filet sole au citrón. No pudo encontrar limones en todo el puerto. En otra ocasión hubo un banquete. Cuando nos sentamos a la mesa se apagaron las luces. No había velas.
Ya había turistas en aquella época. No muchos pero se veía de vez en cuando que llegaban turistas cargando toallas y con ganas de comer pescado fresco. Se hospedaban en un hotel, se iban por la mañana a Caleta y por la tarde a Hornos y en la noche a La Quebrada en donde a nadie se le había ocurrido echarse de clavados. Las sillas y las enramadas eran algo desconocido y uno podía pasarse el día en la playa sin que nadie le ofreciera un coco con ginebra.
Había una cantina, “Siete Mares”, a la que podíamos entrar los menores de edad a comer callos de hacha y percebes y a grabar con una navaja nuestros nombres en las mesas de madera negra. Había un solo cine, el Salón Rojo, las funciones empezaban a anochecer porque no tenía techo.
De donde yo vivía se veían las luces del puerto. Recuerdo que yo al ver aquello me imaginaba salones inmaculados llenos de gente elegantísima, tomando bebidas heladas. Tardé años en darme cuenta que aquellas luces eran del alumbrado público y que lo que iluminaban eran callejones en precipicios por donde no transitaban más que cucarachas.
En los cinco meses que pasé en Acapulco en 1939, entraron cuatro barcos, el G-26 que entraba y salía a cada rato, dos de esos barcos eran peruanos y dos de guerra. Disparaban a su entrada 21 cañonazos y el fuerte de San Diego les contestaba solo con 14 porque tenían el parque restringido.

¿Y quién es ese señor?

Jorge Ibargüengoitia fue ante todo un literato con alto sentido crítico. El humor de sus cuentos, sus novelas, sus obras teatrales y sus artículos periodísticos es de un sarcasmo fino y salvaje. La manera como utilizaba su ágil prosa para diseccionar y destazar, para ridiculizar y poner en evidencia a sus personajes —muchos de ellos personajes ligados del poder político , ya fuese a nivel nacional o en el microcosmos de la provincia mexicana— Tal era su fórmula para dinamitar la historia y la realidad oficiales, para hacer trizas el mito de las instituciones y del desarrollo estabilizador, en una época en la cual el PRI era el partido hegemónico en México (Wikipedia)
Entre sus novelas, algunas llevadas al cine, figuran: El Atentado, La Ley de Herodes, Dos Crímenes, Maten al león, Los pasos de López, Sálvese quien pueda. El texto de su última obra Maximiliano I y Carlota de México, viajaba con él a Bogotá, Colombia, donde participaría en un encuentro de escritores. Su avión estalló al despegar en el aeropuerto de Madrid, donde residía.

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