Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Federico Campbell Peña

Adeendo

Mi padre murió precozmente el 15 de febrero del fatídico 2014 por complicaciones derivadas de haberse infectado de influenza H1N1 en el aeropuerto de la ciudad de México o de Tijuana. Ni el gobierno federal ni el GDF decretaron nunca la alerta epidemiológica ante las transmisiones impunes del virus que la causa. Ni siquiera implementaron medidas de extremar precauciones en Metro, Metrobús, cines, teatros, estadios, etc.
Por el contrario, el GDF alentó conciertos dentro de estaciones del Metro, como me tocó ver en la estación Pino Suárez días después del fallecimiento del introductor a México de la obra de Leonardo Sciascia.
Pasó la Cumbre Trilateral en Toluca el 19 de febrero y una académica del CISAN UNAM cuyo nombre me reservo, cayó enferma de influenza pero salió adelante tras ser hospitalizada, a diferencia de mi papá, quien ya no podía respirar cuando lo internamos en el hospital Mocel el jueves 30 de enero.
Después de la Cumbre, las autoridades tampoco decretaron la alerta. Hicieron todo lo posible por ocultar las cifras reales de los muertos. Cumplieron a letra cabal la frase de mi padre: “En México no hay Estado”, es decir, no hay autoridad.
“Soy pesimista porque la realidad es pésima”, otra de sus oraciones predilectas, cubre la antesala de la Primavera Mexicana. Escribió papá sobre las truculencias de la CIA, homenajeando a Manuel Buendía. Yo me pregunto, el virus #influenzaasesina que sí ha mutado, aunque lo niegue el secretario capitalino de Salud, el señor Ahued ¿es producto directa o indirectamente de un laboratorio de la CIA o del Mossad?
Víctima de una trama de novela negra, donde el poder se vengó de su permanente crítica mordaz, mi padre ahora está en el cielo, junto a Sciascia. Nosotros seguimos en el infierno.

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