Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

El maremoto

Era la mañana de un día de octubre en Zihuatanejo. El mar estaba tirado, como dicen los pescadores para referirse a la falta de olas y la temperatura apenas comenzaba a elevarse.
Como de costumbre llegué temprano a la oficina que en aquel año estaba cerca del muelle municipal y durante el trayecto escuché las noticias que daban en la estación de radio local. Nada relevante.
Poco antes del medio día llegó la administradora alarmada porque de la oficina del Fonatur se había filtrado la noticia acerca de un maremoto producido en no recuerdo qué parte del Pacífico que amenazaba con llegar a las playas del puerto.
Por los gritos que se escuchaban en la calle me pude dar cuenta de que la noticia se había propalado con rapidez entre la población.
Mi secretaria ayudaba a la administradora a poner cinta adhesiva en las ventanas, disque para evitar que los vidrios se rompieran con el azote de las olas, mientras desde mi escritorio observaba escéptico la escena.
Cuando sucedía lo de asegurar las ventanas apareció el esposo de la administradora quien más alarmado que su mujer trataba de convencerla sobre la inutilidad de sus previsiones.
–Son olas de 15 metros las que vienen Olguita. Vámonos.
Entonces optamos por cerrar la oficina buscando cada quien el mejor lugar para atestiguar la llegada del maremoto.
Camino al cerro de la Ropa me encontré con el caos en las calles del centro de la ciudad porque la alarma había cundido. Vi mujeres corriendo asustadas en busca de sus hijos, mientras oficialmente no se sabía nada.
Sin embargo el trascendido llegó hasta la radio donde el locutor trataba de entender lo que era un tsunami porque al parecer nadie sabía de qué se trataba ese fenómeno aún viviendo junto al mar.
En ese ambiente de alarma que se había creado en el pueblo el locutor recibió una llamada telefónica a la radio de un ex presidente municipal que anticipaba una noticia importante.
En efecto, salió al aire la voz del ex presidente que con el anuncio pretendió traer la paz al caos.
–Acabo de hablar con el gobernador Figueroa y me dijo que tengan confianza en él, que ya arregló para que no pase nada en Zihuatanejo.

Las armas de la razón

A finales de los años setenta, después de la derrota militar de la guerrilla que encabezaron los profesores guerrerenses Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, en las carreteras del estado prevalecían los retenes de soldados como filtros disuasorios  contra la población civil.
Uno de esos retenes estuvo muchos años instalado en Zacatula, el último pueblo de la Costa Grande en frontera con ciudad Lázaro Cárdenas del estado de Michoacán.
La brigada de estudiantes de la escuela de Economía de la UNAM realizaban un viaje de estudio para conocer la planta siderúrgica instalada en el puerto industrial.
Antes de arribar a Zacatula los estudiantes habían hecho alto en Zihuatanejo para almorzar y fue en los pueblitos del camino donde se fueron proveyendo de las cervezas para paliar el calor.
Cuando llegaron al retén iban eufóricos y se dieron cuenta de ese hecho porque a todo lo que veían le encontraban gracia y se reían.
Ya se acercaba su turno para la revisión cuando vieron que quien se dirigía hacia ellos era un soldado chaparrito con la gorra ladeada, paliacate rojo atado al cuello y con el máuser colgando del hombro hasta casi arrastrarle en el suelo.
A pesar de ser medio día el soldado parecía ignorar el calor porque mientras se dirigía al coche cantaba una canción con desenfado y sólo se alteró cuando fue evidente que los estudiantes se reían de él.
Así que cuando llegó al vehículo su actitud se tornó amenazadora, pero no lo suficiente para asustar a los ocupantes que ya de plano le hacían burla a pesar de que había tomado el arma entre sus manos.
–¡Qué armas portan! Preguntó el soldado con voz enérgica.–Las armas de la razón, respondió con toda seriedad uno de los estudiantes mientras salían del carro.
Entonces la reacción inesperada del soldado fue de alarma, gritando a sus compañeros al tiempo que cortaba cartucho apuntando al conductor del vehículo.
–¡Teniente, Teniente, vienen armados!
En un santiamén los soldados rodearon el vehículo y catearon a cada uno de los estudiantes con violencia, procediendo luego a revisarlos con toda minuciosidad.
Por fortuna el teniente entendió la broma y como sólo unos envases de caguama encontraron en el vehículo los estudiantes pudieron seguir su camino.
Cuando contaban su experiencia decían que hasta la borrachera se les quitó en el retén.

¡Que hable Leyva!

Era el inicio del nuevo ciclo escolar en la escuela secundaria de San Jerónimo. Todos los maestros y los padres de familia se habían reunido en la cancha de la escuela porque la asamblea trataba el tema de la integración de la Sociedad de Padres de Familia.
Los maestros muy ceremoniosos se esmeraban en explicar cada detalle para que a todos los padres de familia quedara clara la importancia de participar coadyuvando con la educación de sus hijos.
Cuando terminó la explicación del tema los maestros quisieron saber su opinión o las dudas que hubieran surgido.
Pero en la junta había un silencio profundo y hasta incómodo porque ninguno de los padres de familia se atrevía a pedir la palabra para opinar o preguntar, hasta que desde mero atrás se escuchó una voz que luego se repitió como eco por toda la asamblea.
–¡Que hable Leyva!
–¡Sí, que hable Leyva! Repetían los padres aliviados de que alguien pudiera superar aquel momento y hablara a nombre de todos.
Ante tanta insistencia, más a fuerza que de gana se fue acercando hasta el micrófono el costeño aquel, alto, moreno y con el indiscutible porte del cortador de cocos que respondía al nombre de Leyva.
Ya el maestro de ceremonia había extendido el micrófono al padre de familia quien con los nervios manifiestos en el temblor de la mano lo apretó con la intención de llevarlo a la altura de la boca para empezar su intervención, cuando se oyó otra voz, ahora de una mujer que decía.
-¡No, ése hombre que no hable porque es muy bajo!, refiriéndose al hablar no muy santo que tienen algunos costeños.
Pero en defensa de Leyva habló el maestro de ceremonias tratando de explicar el respeto que se debe guardar por la libertad de expresión.
-¡Pero que él no hable, porque es muy bajo! Insistía con vehemencia la señora.
Entonces se produjo el desenlace que quizá la señora temía porque Leyva que primero se halló comprometido para hablar y luego expuesto al ridículo de quedarse callado, se decidió por la opción del silencio o de casi quedarse callado porque ya para  retirarse a su lugar, sin darse cuenta de que el micrófono estaba encendido, dijo con aquella voz seca más para sus adentros si no fuera porque el sonido del micrófono se encargó de amplificar para toda la asamblea.
–¡Meramente hablo verga!

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