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Eduardo Pérez Haro

La reforma para el campo III

Para Roberto Sandoval Zarauz.

El miércoles pasado, en Colima, el presidente Enrique Peña Nieto se reunió, al decir del secretario de Agricultura, con “los dirigentes de las principales organizaciones sociales y legisladores presidentes de las diferentes comisiones del sector, tanto en la Cámara de Senadores como en la de Diputados”.
El motivo principal que explica ese encuentro es que la reforma estructural para el campo que habría de abordarse en el primer periodo de sesiones de la Cámara de Diputados según anunciara el propio Presidente apenas el 6 de enero pasado, siempre no podrá ser pues al decir del secretario de Agricultura “este primer periodo en la Cámara de Diputados tiene una agenda muy intensa, producto del trabajo legislativo de las leyes secundarias y reglamentarias de las reformas constitucionales del 2013…”.
En segundo lugar destaca la manifestación del Presidente en el sentido de que “el gobierno de la República ni ha propuesto, ni propondrá iniciativa alguna que modifique el régimen de propiedad social que… el Gobierno de la República de ninguna manera propondrá modificaciones a las modalidades de propiedad que actualmente prevé nuestra Constitución General de la República”.
Entenderemos entonces junto con el secretario Martínez y Martínez que “los meses de marzo a julio los aprovecharemos para un diálogo intenso, ordenado y metodológico para lograr acuerdos sobre la orientación de las políticas públicas que nos permitan construir un nuevo modelo de desarrollo del sector” y por tanto que la reforma para el campo no será estructural porque no habrán de trastocarse más los preceptos constitucionales de la materia, al menos en lo que se refiere a los términos de propiedad. “Para no caer en especulaciones de ningún tipo, ni alimentar las que eventualmente hubiera…”, como subrayara el presidente Peña Nieto.
Así, la reforma ni será tan pronto ni será tan profunda, pero entonces ¿cómo será?, porque sabemos poco, pues el discurso de presidente y secretario sobre este asunto del campo no se caracteriza por ser ni amplio, ni profundo, ni novedoso, ni elocuente. Y para muestra basta el botón de los que pronunciaron el pasado miércoles que usted puede consultar y no me dejará mentir.

Si, efectivamente, el discurso de Peña Nieto para el sector rural es un discurso reducido, tradicional y poco claro, incluso contradictorio, al menos en el lenguaje porque a decir verdad no necesariamente lo es en la práctica. Por supuesto que existe posición y en los hechos una práctica definida, clara y, sin lugar a dudas, con un papel de segunda en la economía nacional, y ahí donde se apoya, la política gubernamental es proclive a la gran agricultura y desdeñosa de los pequeños productores, esto es, regresiva, y nadie se ofenderá por decirlo con todas sus letras porque así lo entienden, no los dueños de la gran agricultura que por supuesto lo asumen así desde el momento mismo que lo encarnan.
No obstante, en este plano del debate, la discusión no es con los grandes productores sino con los hombres del gobierno que igualmente así profesan, de ello están convencidos y nunca les ha dado pena sólo que a la hora del discurso público no lo dicen abiertamente porque contraviene la tradición del discurso posrevolucionario (por lo que sea y para los efectos que ustedes quieran –ya lo discutiremos– no se debe de olvidar el carácter agrario y campesino de la revolución mexicana de principios del siglo pasado con un millón de muertos que a valores actuales equivaldría a más de 15 millones de vidas) en el que creció y al que se debe el PRI, y por lo que hace al PAN fue pura prudencia de no dislocar la trayectoria que al fin y al cabo el asunto quedaba reducido al discurso sin que tuviera por qué extenderse a la esfera de la política pública para la atención y el desarrollo.
En estos discursos del pasado miércoles 5 de marzo, el Presidente destaca que “es el campo…, y sigue siendo, rostro de atraso, de marginación, de pobreza y de falta de mayores oportunidades”, pero tras reconocer este lapidario paisaje rural, subraya que “en contraste, tenemos, también, que México es un país que se distingue dentro del orbe como un país que genera alimentos”. Que “somos el décimo tercer productor de alimentos en el mundo.”
¿Qué es lo que debemos entender de este contraste, señor Presidente? ¿Que los alimentos que nos prestigian en el mundo no se producen por los pequeños productores pobres, marginados y atrasados ni tampoco se los comen? ¿Que existe un segmento de productores prósperos que los exportan y reciben importantes ingresos a cambio? ¡Muy bien! ¿Y para que se nos dice esto y/o de esa manera? ¿Para animarnos y echarle ganas, para apoyar a quien como usted se duele de los pobres en forma abierta o para tomar ejemplo de los grandes productores y alinear las fuerzas de los campesinos pobres detrás de tan destacada y reconocida tarea, o para las tres cosas?
El secretario Martínez y Martínez nos ayuda a entenderlo de esa manera cuando en su intervención dice que “cerramos el año, el 2013, con resultados positivos, pues “tuvimos un crecimiento en el Producto Interno Bruto (¿?) del sector y las exportaciones agroalimentarias crecieron un 7 por ciento, mientras las importaciones disminuyeron 1.5 por ciento, lo que permitió reducir el déficit agroalimentario”. Nos queda claro que el campo es escenario de pobreza y marginación pero cuando hablamos de resultados positivos no hablamos de disminución de la pobreza y la marginación sino de exportaciones y agregados macroeconómicos como “el déficit de la balanza comercial agropecuaria”. O sea que los que no participan en el mérito de las exportaciones son pobres, marginados y atrasados y punto y los exportadores son los que hacen los negocios además de los agregados macroeconómicos que alimentan el discurso de los resultados positivos.
Sobre esa base el secretario de Agricultura advierte “que trabajemos todos anteponiendo el interés de México, antes que los intereses de grupo o personales, por más legítimos que estos sean”. O sea… Continúa el secretario: “El sector ha vivido claroscuros a lo largo de la historia, pero hoy somos optimistas sobre el futuro del sector, porque juntos –productores, organizaciones, empresarios, académicos, instituciones y gobierno– estamos haciendo sinergia para transformar al campo mexicano y darle un nuevo rostro pues coincidimos en que “el campo no puede seguir en las mismas condiciones, que es imperativo, como usted lo ha instruido (se dirige al presidente Peña Nieto), que sea considerado prioritario y estratégico para el desarrollo nacional”.
“El camino de la productividad es la base para alcanzar etapas superiores de desarrollo del sector agroalimentario, para hacerlo más competitivo, justo y sustentable.” Y así, “para tener un campo competitivo es indispensable mejorar los insumos en donde en muy corto tiempo se han obtenido destacados avances como en las semillas mejoradas y la fuerza de los híbridos mexicanos, así como en la producción nacional de fertilizantes nitrogenados, que ahora con la reforma energética será una trascendente realidad para la productividad del campo mexicano” y que “ahora será factible crear una verdadera Banca de Desarrollo agroalimentario, que ofrezca crédito oportuno, con garantías adecuadas y tasas competitivas para los productores agropecuarios y pesqueros”. (¿Ahora sí? Bien por eso…).
Todo debidamente acomodado apuntaría a convencernos y ya recibida la instrucción de que el campo debería de ser prioritario y estratégico empezamos a imaginar que vendría una reunión del “gabinete económico” encabezado por el secretario de Hacienda Luis Videgaray para apuntalar no un nuevo modelo, sin embargo, nuestro entusiasmo decayó cuando Martínez y Martínez perfila su alocución diciendo que “usted señor Presidente, nos ha comprometido a que este año sea el de la reforma para transformar al sector rural y, convocados por el secretario de Gobernación, estamos ultimando con los diferentes actores y organizaciones (sic) la metodología y los tiempos más apropiados para su concreción”.
Sinceramente, el nuevo modelo del desarrollo “competitivo, justo y sustentable” precisa de metodologías de política económica y de desarrollo productivo para el país y el sector, pero, sin menospreciar, no imaginamos al secretario de Gobernación en estas lides, que no está mal que se sume por los grados de inseguridad que se derivan del “contraste” ya referido por el Presidente…pero en fin , que no queremos abusar de los discursos de la ocasión en que “se pateó el bote” de la reforma para el campo pero es parte del muy escaso material que existe para el sector, y aunque nuestro compromiso para esta entrega era el de proseguir una reflexión de enfoque y método sobre los contenidos para el tema, se interpuso el evento de Colima y el invaluable pronunciamiento de los hombres de la más alta jerarquía del poder político y del sector rural en México, que por ende no pueden dejarse pasar como una bola baja y ahí están sus líneas que le pegan a más de 25 millones de pobladores del sector rural y al precio de los alimentos de más de 90 millones de mexicanos, pero no sólo…
El alto contraste entre el sector rezagado, marginal y pobre respecto del próspero sector agroexportador no se resuelve lineal y simplemente con más semillas mejoradas y fertilizantes, la fórmula de los últimos treinta años y lo único que ha sucedido es este “contraste” que reconoce el mismo presidente de la República y que no sólo se reduce a un contraste entre pobres y prósperos sino a la subutilización de un sector del conjunto de la economía nacional que cada vez es más costoso fiscalmente cuando la demanda mundial de alimentos y otros productos del campo advierten la continuidad de altos precios que le dan un margen de rentabilidad que se está dejando de capitalizar para la verdadera transformación estructural del sector, el abatimiento del déficit público y el apalancamiento del desarrollo industrial y de servicios.
La prioridad y valor estratégico del sector no se da por instrucción del Presidente como lo coloca el secretario de Agricultura ni se produce por obra y magia de una declaración del propio Presidente sino que responde a la lógica y las condiciones del ciclo de desarrollo de la economía mundial y de las condiciones nacionales, las que en este momento deben entenderse en la reestructuración global denotada por la persistencia de la crisis en los países desarrollados y la atonía del crecimiento en los países emergentes, lo que implica condiciones y modalidades de dificultad y oportunidad para determinadas manufacturas y servicios, a la vez que para diversos productos del sector rural en donde los alimentos ocupan un lugar de la mayor importancia, mas estos referentes no están en el pronunciamiento de Peña Nieto ni de Martínez y Martínez lo que deja su expresión en la condición de una declaración que después se trasluce en una vieja y terca idea sobre la productividad tecnificada así no más sin reconocer diferencias de política para sectores, subsectores, ramas, nuevos productos y regiones.
Y así, no sólo se requiere de dar un giro de la regresividad de la política económica y de desarrollo para el sector agropecuario por una reconocible y medible progresividad de éstas sino del cambio de roles en los sujetos sociales y agentes económicos con gradualidad y orientación en ¿qué producir?, ¿cómo producir?, ¿cuánto producir? y ¿para quién producir?, y al cambiar roles y reconocer rutas definidas por segmentos de productores, regiones y actividades podemos imaginar un primer plano del cambio de lugar del sector en la ecuación general del desarrollo y dejarnos de frases hechas sobre “la prioridad del sector”, “el valor inmensurable de los hombres y mujeres del campo” y el cuerno de la abundancia, para ponernos a hablar en serio con los dueños de la tierra y del capital.

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