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Jesús Mendoza Zaragoza

El aborto y sus dilemas políticos

Tal parece que la despenalización del aborto ya está pactada en el Congreso guerrerense por el Ejecutivo estatal, al igual que lo han estado otras reformas legislativas. Se espera el trámite como eso, un mero trámite para su aprobación y punto. El asunto de fondo, sin embargo, no se resuelve con una ley. El asunto de fondo es el hecho mismo del aborto o el hecho de que las mujeres se vean empujadas a abortar por una serie de condiciones objetivas y subjetivas. Ese asunto permanece intocado. Penalizar o despenalizar, como acción política, debería ser un elemento más para resolver el problema señalado.
El aborto, como un hecho, no se aborda con la hondura que requiere en los ámbitos políticos y no se toman las decisiones necesarias para su prevención o para su reducción. Es un mal y suele tener efectos que deterioran a quienes lo practican. Es lo que yo he constatado después de tratar cientos de casos. Incluso, quienes promueven su despenalización afirman que esto no significa promoverlo sino abrir las puertas para que cada quien tome su decisión sin la amenaza de un castigo. Aunque sigue la discusión sobre el momento en el que comienza la vida humana en el seno materno, el hecho es de que el aborto trastoca un proceso vital y representa siempre riesgos de diversa índole.
Me interesa abordar este asunto a partir de una pregunta: ¿por qué muchas mujeres se sienten empujadas al aborto como salida ante un embarazo no deseado? Simplificando, con los riesgos que esto implica, creo que por dos razones básicas. La primera tiene que ver con las condiciones de vida que les rodean. La pobreza, la violencia, el desempleo, la desigualdad, la cultura machista, son algunas de las circunstancias que suelen empujar hacia el aborto como solución. Las condiciones económicas, políticas, sociales y religiosas que rodean a mujeres, y no solo a ellas, tienen un peso decisivo a la hora de tomar una decisión de este tipo. En este caso, para reducir las posibilidades de recurrir al aborto se requiere un cambio social que ponga condiciones de justicia, equidad y de respeto a la dignidad humana. Sin este cambio social, seguirán proliferando los abortos mas allá de que estén penalizados o despenalizados. Es la lógica de la realidad.
La segunda razón tiene que ver con la vulnerabilidad de la mujer que debe tomar una decisión difícil como esta. La inequidad de género pesa mucho y disminuye su fortaleza personal a niveles muy bajos. La baja autoestima, la carencia de valores éticos, el aislamiento, la presión social, la experiencia de desamparo, entre otras cosas, suelen acompañar esta decisión, haciéndola penosa y complicada. En este sentido, la prevención del aborto tiene que pasar por el fortalecimiento de la mujer como persona en un contexto de equidad y de respeto. Y la herramienta fundamental es la educación, que incluye la información pero no se reduce a ella. Incluye, también, el fortalecimiento emocional, espiritual y corporal. Cuando hablo de fortalecimiento espiritual no me refiero, sin más, al campo religioso sino a la interioridad más profunda de la persona, donde se construye la filosofía de la vida y el significado de las experiencia personales.
Sin estos dos factores, el fortalecimiento personal y las condiciones objetivas de vida dignas, el aborto sigue siendo la salida más fácil a situaciones de embarazo no deseado. Es evidente que abordar el tema desde esta perspectiva puede que no sea políticamente correcto ni para los gobernantes ni para los legisladores. Lo más fácil es penalizar o despenalizar, es decir, organizar una respuesta política carente de motivos humanitarios e impulsada solo por  motivos políticos, ideológicos y económicos. Las derechas penalizan y las izquierdas despenalizan, este ha sido el modo de operar políticamente el tema. Pero ninguna de las dos respuestas es humanitaria. La primera olvida los derechos de la mujer y la segunda olvida el derecho a la vida del no nacido. Y en una perspectiva de derechos humanos, no puede haber contradicción entre derechos ya que son inalienables, interdependientes  e indivisibles. ¿Por qué enfrentar dos derechos que se mantienen legítimos en la medida en que se vinculan estrechamente?
Por otra parte, si enfocamos las actuales condiciones de penalización del aborto, tal como lo definen las leyes vigentes, las cosas se empeoran. Con un modelo punitivo de justicia, a la que sólo le interesa castigar y con un sistema penitenciario como el que tenemos, podrido e inhumano, sólo se consigue un mayor deterioro de la mujer. En este caso, mejor sería poner a su alcance un programa que restaure su fortaleza personal y la dignifique. Habría que buscar respuestas ante el aborto en un modelo de justicia restaurativa en la que importa más la restauración de las personas y de sus relaciones que el castigo por el delito.
Más allá de penalizaciones o despenalizaciones, el aborto sigue siento un mal, que causa daños y refuerza la cultura de la muerte. Tienen que buscarse respuestas integrales que impliquen mejorar las condiciones de vida para todos, especialmente para las mujeres Tienen que promoverse la dignificación de la mujer y el reconocimiento de sus legítimos derechos, aún los sexuales y reproductivos, junto al reconocimiento del derecho a la vida. Y por otra parte, la penalización no arregla nada, pues complica más las situaciones de estigmatización y de inequidad. Hay que buscar, así mismo, alternativas de prevención y alternativas de restauración, cuando el caso lo requiera. Penalizar o despenalizar sigue siendo un falso dilema. Hay que irnos a las causas para generar los cambios que sean necesarios de manera que las mujeres no se sientan obligadas por las circunstancias ni por su alta vulnerabilidad a recurrir al aborto en el caso de un embarazo no deseado.

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