Fernando Lasso Echeverría
Benito Juárez. Un enfoque médico.
Benito Juárez nació el 21 de marzo de 1806 en San Pablo Guelatao, ranchería zapoteca de apenas 20 familias en esa época, perteneciente al Distrito de Ixtlán. Sus padres fueron Marcelino Juárez y Brígida García;
tuvo –sin duda– una extraordinaria resistencia física, que lo llevó a cumplir 66 años de edad, en una era en la que las expectativas de vida de la población en general eran muy cortas: apenas de 20 a 25 años, pues se vivía entonces la época precientífica de la medicina, en la que no existían vacunas, medicamentos ni tampoco métodos quirúrgicos, pues la anestesia y la antisepsia no se conocían; esta notable fortaleza física explica porqué falleció sexagenario, de una enfermedad crónico degenerativa, específicamente cardiovascular y no de alguna enfermedad infectocontagiosa a temprana edad, como moría la mayoría de sus contemporáneos. Se conoce el antecedente familiar de que su padre murió en forma súbita, mientras vendía fruta frente al Palacio de Gobierno de Oaxaca, hecho que podría sugerir que fue un infarto el que le causó la muerte y de algún modo vaticinaba cómo habría de morir el que años más tarde sería presidente de México.
Benito, el único hijo varón de Juárez que llegó a la edad adulta, y quien no tuvo descendencia, también falleció infartado en 1912, siendo gobernador de Oaxaca.
Pocos meses después de fallecido el padre del niño Benito Pablo, muere su progenitora, al dar a luz a su hermana menor, María Longinos, quedando huérfano a los tres años de edad, al cuidado inicialmente de sus abuelos paternos y algún tiempo después, de un hermano de su padre llamado Bernardino, quien le enseñó las primeras palabras del castellano y con el que compartía las duras faenas de sobrevivencia en un jacal.
Durante su estancia con su tío, ayudaba a éste al pastoreo de un pequeño hato de ovejas. Es probable que la vida solitaria entre los animales del campo durante su primera infancia, haya dado a Juárez esa penetrante, reflexiva y desconfiada personalidad, que lo caracterizó y tanto le sirvió en la práctica de la política. Al parecer de esa época es el traumatismo que le ocasionó la cicatriz que presentaba en la parte derecha del labio superior, y que se aprecia en su mascarilla fúnebre.
Mientras permaneció con Don Bernardino, no avanzó mucho en el aprendizaje del castellano, pues en su pueblo se comunicaban en zapoteca y no existía escuela; esta situación y el hecho de que su hermana mayor –María Josefa– y el esposo de ésta –Tiburcio López– estuvieran en Oaxaca, trabajando como cocinera y mayordomo respectivamente, en la casa de don Antonio Maza, comerciante y agricultor de origen genovés, dedicado al cultivo de la grana, le estimuló para dejar a su tío a los 12 años de edad, y trasladarse a pie –sin conocimiento de Bernardino– el 17 de diciembre de 1818 a la capital del estado, distante 62 kilómetros de su pueblo de origen, en donde llegó a refugiarse con su hermana, en casa de los Maza.
Es de pensarse que al llegar a Oaxaca todavía niño, Benito Pablo –por el mismo aislamiento geográfico de San Pablo Guelatao y la falta de contacto con personas enfermas– haya sido susceptible a la mayoría de las enfermedades infecciosas propias de la infancia que imperaban en esa época, como la varicela, el sarampión, la difteria, la tos ferina y otras como la misma viruela y el tifo, que de hecho eran endémicas en todas las grandes poblaciones del México de esa época, por lo que no es aventurado suponer que la mayoría de estos males los haya sufrido en los primeros años de su estancia en esa ciudad, superándolos todos y adquiriendo inmunidad en contra de éstos. Vale la pena mencionar también que Juárez era originario de la zona epidémica de la fiebre amarilla (vómito negro) del estado de Oaxaca y que de alguna manera –ya adulto– era inmune a este padecimiento, pues no lo afectó durante sus permanencias en Veracruz –una de ellas, preso en San Juan de Ulúa–, ni en su exilio en Nueva Orleans en 1854, lugares en donde existía en forma endémica esta enfermedad transmitida por un mosco, con frecuentes brotes epidémicos en tiempo de lluvias y después de ellas.
El niño Benito, además de fuerte físicamente, era muy serio, responsable, introvertido, solitario y callado, características que le ganaron la simpatía del señor Maza, quien lo recomienda con un fraile franciscano llamado Antonio Salanueva, que también era encuadernador de libros, actividad que facilitó a Juárez el dominio del idioma español, y el aprendizaje de la lectura y la escritura. A los l5 años de edad –incitado por Salanueva, a quien Benito Pablo llamaba padrino– ingresó al seminario de la ciudad de Oaxaca –de hecho única opción que tenía en ese momento Benito Pablo para continuar cultivándose– en donde aprendió otras asignaturas, entre ellas la filosofía y el latín, figurando como el estudiante más destacado, con notas tan sobresalientes en sus estudios que alcanza la máxima supra locum (sobre todos los lugares ); sin embargo, a pesar de los deseos de su protector, Juárez no acepta continuar la carrera eclesiástica, contra la cual sentía una “instintiva repugnancia”, tal como lo expresa textualmente en sus Apuntes para mis hijos, especie de memorias que dejó escritas para sus descendientes.
En esa época triunfa el Partido Liberal en Oaxaca, situación que favorece la creación del Instituto de Ciencias y Artes, independiente de la tutela del clero y que ofrecía a la juventud estudiosa nuevos ramos del saber que antes no existían en Oaxaca; en esa institución –génesis de la actual Universidad oaxaqueña– Juárez estudia jurisprudencia, de 1827 a 1831; en este último año, de 25 años de edad, además de trabajar como litigante en el bufete del licenciado Tiburcio Cañas, es elegido regidor del Ayuntamiento y en 1833 –con 27 años– diputado local, es decir, Juárez, muy joven y antes de recibirse como abogado, fue funcionario público de elección popular. En enero de 1834, a los 28 años, obtuvo su título de abogado y a los pocos días de este logro, lo nombran magistrado interino de la Corte de Justicia del Estado, fungiendo también como catedrático sustituto de derecho civil, en el Instituto.
En 1834 cae el gobierno liberal de Valentín Gómez Farías y la misma suerte sufre el gobierno local de Oaxaca, que se ostentaba de liberal, por lo que sus correligionarios fueron perseguidos. Juárez fue arrestado en Tehuacán y poco después de liberado, regresa a litigar para defender a grupos de campesinos pobres de Miahuatlán, despojados de sus tierras.
Joven e inquieto, pese a su imagen de seriedad inalterable, a Juárez no le faltaron tampoco aventuras amorosas. Hacia esa época nacieron sus dos hijos naturales, llamados Tereso y Susana; esta última era inválida, y más tarde se convertiría en drogadicta, situación que siempre preocupó profundamente a su padre.
Sin embargo, el amor de su vida se iniciaría en la primera casa que lo cobijó, y donde siempre fue visto como un amigo. Benito Pablo tenía 20 años de edad cuando cargó en brazos a la recién nacida Margarita Eustaquia Maza Parada, niña adoptada como hija por su protector don Antonio y su esposa doña Petra Parada Sigüenza. El enamoramiento de ambos fue resultado de tan cercana relación. Se casaron el 31 de julio de 1843, cuando ella tenía 17 años y don Benito 37, y procrearon 12 hijos: nueve mujeres y tres hombres, con los siguientes nombres: Manuela, Felícitas, Margarita, Guadalupe, Soledad, Amada, Benito, María de Jesús y María Josefa (gemelas), José María, Jerónima Francisca y Antonio.
Gracias a la admirable carrera ascendente del pastorcito indígena de San Pablo Guelatao, éste había logrado conquistar a la mujer que hizo su esposa, a su familia y a toda la alta sociedad de Oaxaca de aquel entonces. Margarita nunca llamó por su nombre a don Benito, siempre le decía “Juárez”. En el momento de casarse, Juárez se desempeñaba como Juez de Primera Instancia de lo Civil y de Hacienda de la capital del estado.
La carrera política y la vida misma de Benito Juárez, estuvo plena de altibajos; vivió temporadas llenas de honores, pero también otras de persecución y amargos sufrimientos; épocas de bonanza económica, y otras de penurias extremas; tiempos de seguridad familiar y social absoluta, y otros de terrible incertidumbre. Estuvo preso varias veces, en el exilio separado de su familia, y a punto de ser asesinado en diversas ocasiones; de hecho, sus últimos 20 años los vivió a salto de mata entre terribles conflictos, persecuciones y enfrentamientos; por otro lado, tuvo la pena de perder a cinco hijos, tres niñas: Guadalupe, que murió de cólera a los dos años de edad, en Oaxaca, cuando él era gobernador; Amada de tres años de edad y Jerónima Francisca (nacida en Veracruz), de dos años de edad; y dos varoncitos – José María y Antonio– que murieron en Nueva York, de 8 y un año cuando doña Margarita se encontraba exilada en esa ciudad, mientras su marido, el presidente de México, luchaba en su país contra la intervención francesa.
Es innegable pues, que la existencia de Juárez estuvo cargada de tensiones y presiones de toda índole, situación que indudablemente debe haberle desarrollado a través de los años, hipertensión arterial y si bien en el comer era frugal, y con excepción de vino de mesa no ingería bebidas alcohólicas, fue un fumador entusiasta, que no desperdiciaba ocasión de saborear un buen tabaco. El estrés y el tabaquismo mencionado, aunado a la hipotética hipertensión arterial, seguramente le desarrollaron la enfermedad cardiaca que lo mató. Por otro lado, el hecho de que su padre y su hijo Benito también hayan muerto por cardiopatías, hace pensar que en la familia Juárez existía un factor genético influyente sobre el metabolismo de los lípidos sanguíneos (colesterol y triglicéridos), desconocido científicamente en aquella época, que pudo haber causado hiperlipidemia y ser también decisivo en el origen de su mal cardiaco. Ya desde su peregrinar por la República, Juárez había tenido algunos episodios de angina de pecho; está documentado un cuadro anginoso que sufrió durante su permanencia en Saltillo. Posteriormente en octubre de 1870 siendo presidente en su segundo mandato constitucional, tuvo un ataque cardiaco de mayor severidad que hizo temer por su vida, el cual sin embargo, logró superar.
La muerte de doña Margarita, ocurrida el 2 de enero de 1871, cuando tenía 44 años de edad, afectó terriblemente a don Benito. Testigos del hecho cuentan que salió de la habitación mortuoria de doña Margarita quebrantado y desecho. Se afirma que un mes entero pasó el presidente sin poder concentrarse en su trabajo; paseaba solo en Palacio Nacional, como un fantasma, cuidado a distancia por sus hijas. No son pocos los testimonios que expresan que esta pérdida significó para Juárez el principio de su propio final.
En 1872, sobrevinieron tres ataques cardiacos más, el tercero de ellos de funestas consecuencias. El primero lo sufrió en marzo de ese año; el presidente mencionó que había tenido “punzadas en el corazón”. El segundo ocurrió a principios de julio, cuando se encontraba recibiendo a 20 niños huérfanos, que él sostenía económicamente en forma personal, y que habían ido a saludar a su protector. Al darle la mano al último de ellos, Juárez se llevó la mano al pecho y agachó la cabeza cerrando sus ojos, quedándose en esa posición unos minutos; luego dijo que no era nada y continuó sus labores.
El 17 de julio, a las 7 de la mañana, cuando escuchaba la lectura de las más importantes notas de la prensa, sintió el tercer ataque de su dolorosa enfermedad, y pocos momentos después otro más, que lo hizo palidecer y flaquear. A partir de entonces, ya no volvió a sentirse bien durante el resto del día, pues continuaba con agudos dolores intermitentes. El día 18 se sentía tan mal que no acudió a su despacho y se quedó postrado en su habitación, acompañado por su hijo Benito y un sirviente de origen zapoteco llamado Camilo, a donde llegó su médico de cabecera, don Ignacio Alvarado, quien ante la insistencia de Juárez por saber el pronóstico real de su enfermedad, tuvo que confesarle que estaba muy grave y se acercaba su fin.
En tales condiciones estuvo el presidente todo el día, a pesar de lo cual concedió audiencias al ministro de Relaciones José María Lafragua, y al general Ignacio R. Alatorre. Este último personaje –que era el responsable de combatir al sublevado de La Noria, Porfirio Díaz– se retiró a las 6.30 de la tarde y Juárez murió a las 11.30 de la noche con plena tranquilidad.
Antes, su médico –a falta de mejores recursos– había intentado activar su corazón, vertiendo agua hirviendo en su pecho –remedio muy usual en esa época, que intentaba causar vasodilatación–, con cierto éxito la primera vez, sin embargo, a la segunda ya no reaccionó y por otro lado Juárez protestó ante la maniobra, diciéndole al médico: ¡basta! que me está usted quemando. Don Benito también le pedía con frecuencia a su sirviente Camilo que le oprimiera el pecho con su mano, maniobra que le proporcionaba cierto alivio.
En el transcurso de la madrugada del día 19, en un salón de Palacio, tres médicos, Gabino Barreda, Rafael Lucio e Ignacio Alvarado –médico de cabecera del presidente–, embalsamaron el cadáver de Juárez; la labor se hacía en forma silenciosa, entre los recuerdos y las emociones de quienes lo vieron desfallecer. Los tres firmaron su acta de defunción, con el diagnóstico de “Neurosis del gran Simpático”, término que se refiere al Sistema Nervioso Simpático o pre vertebral, formado por una doble cadena de ganglios, que se extiende por toda la columna vertebral y que inervan en sus segmentos cervical y dorsal al corazón y a los grandes vasos.
El cuerpo de don Benito fue expuesto en el Salón de Embajadores del Palacio Nacional, convertido en monumental capilla ardiente, a donde acudió a verlo una muchedumbre de todos los estratos sociales, que contemplaba por última vez a aquel hombre cuya vida pública se había identificado con la historia de la patria. Día y noche durante tres días, desfilaron respetuosamente multitudes silenciosas frente al cadáver del Presidente Juárez.
Juárez, el segundo libertador de México, el padre de nuestra segunda independencia, fue enterrado con todos los honores el 23 de julio de 1872, en el Panteón de San Fernando y con sus funerales inició su trayecto hacia la inmortalidad.
* Presidente de Guerrero Cultural Siglo XXI.




