Eduardo Pérez Haro
¿A dónde va la reforma para el campo?
(Segunda y última parte)
El Estado mexicano se sincronizó con la tendencia del nuevo liberalismo económico que respondía al interés de las economías avanzadas cuyas nuevas tecnologías (era de la computación) ya no compaginaban con las viejas estructuras del proteccionismo, ni las antiguas formas del keynesianismo-taylorismo en la organización económica de la producción, y en esa nueva oleada México se entregó al modelo neoliberal sin reserva alguna, sin siquiera saber copiar a los gringos y ahí dónde podría más bien se limitó a obedecer y para que no se viera mal lo interiorizó como convicción propia…, al tiempo las nuevas generaciones de “emprendedores” y “jóvenes políticos” y ”administradores” son unos convencidos de los términos eje como “éxito”, “emprendedor”, “productividad”, “competitividad” y nuestra clase política se inclinó por sobreponer a la “eficiencia”, la “eficacia” para consagrar el pragmatismo, sin referencias bibliográficas (salvo los que estudiaron en extranjia).
En el marco de la liberalización comercial sería el llamado sector externo el destinado a apalancar la economía, pero el error de haberse enrolado en esa travesía fue el de no considerar las tareas internas para poder entrar con perspectiva a ese proceso (tigres asiáticos por ejemplo), no había muchas salidas, pero la de ir con el “piloto automático” de “emprendedor” y la “productividad” no tiene santo que lo proteja.
En este contexto, el sector externo tuvo la principal carta de reconocimiento y legitimación que recayó directamente en los ricos que se habían empoderado durante los años de reacomodo posrevolucionario y el auge industrializador, más los que se incorporaron con la privatización y los negocios del mercado interior.
Con el nuevo clasicismo (neoliberal) el pragmatismo se hizo sentido común y la lógica de los resultados impuso su código sobre cualquier consideración social, nacional, regulatoria, incluyente, compensatoria, etc., y así, la lógica del Estado fue la de apoyar a quienes estando en condiciones y a quienes así lo asumieran y pudieran facilitarles el camino, los demás al no poder ya no podrían hacer parte de algo que dejaba de ser proyecto (de la revolución, del cardenismo, incluso el proyecto neoliberal en su geometría real) para convertirse, en sentido común, nueva ideología (pragmatismo, resultados).
Es la hora en que el PRI ya no sabe ni dónde está en cuanto al terreno de las ideologías, pero asume el pragmatismo como si él lo hubiera inventado, no tiene fuentes en su oratoria pero presume que con la razón le basta (los demás partidos andan más o menos en el mismo extravío… llevan trozos y trazos de razón en la crítica del poder y la corrupción, pero eso no basta para construir una nación emergente en medio de la reestructuración mundial). Regresando al punto. La agricultura fue favorecida en los sectores, ramas y productos que podían navegar en el libre comercio con lo que esto le significaba a México, o dicho en otras palabras, los grandes y algunos medianos, productores de las zonas de riego y buen temporal, para el sector exportador y para el mercado interno.
Como ya lo señalamos eso concluye en exportaciones de jitomate, pepinos, aguacates y fresas… que geográficamente se localizan no sólo pero fundamentalmente en los estados del bajío y el noroeste, pero también son importantes los granos para el mercado interior, los primeros que hacen las exportaciones no cuentan con los principales flujos de subsidios líquidos, aunque si los hay, más bien recargan en los subsidios que significaron en décadas anteriores los subsidios posrevolucionarios en la infraestructura hidroagícola, las comunicaciones, los distritos de riego, el crédito, etc. Hablando de subsidios frescos la mayor parte están entre los segundos (los productores de granos y semillas) pero cualesquiera que sean las cuentas de detalle de esta distribución lo primero que arroja es que se trata de pocos agricultores y ganaderos y de áreas muy concentradas, lo cual significa que los pequeños productores están fuera pero aquí las cuentas del déficit son distintas pues estamos hablando de más de cuatro y medio millones de productores, de los cuales los principales beneficiarios de la infraestructura y de los subsidios frescos no llegan a medio millón ni estirando las cifras.
Para demostrar lo que decimos no sería necesario tener cifras correctas por su transparente origen, con las cifras oficiales es suficiente, y ya lo abordaremos. Por ahora el espacio nos permite razonar que la “oportunidad” del TLC se asumió unilateralmente sin escuchar las revelaciones que a gritos y manifestaciones arrojaron muchos diagnósticos a propósito del abandono del campo que aunque se hicieron desde el reclamo de justicia y no de la estrategia de desarrollo nacional, quienes asumieron el poder, una y otra vez, tendrían que haber reparado en que a la larga ese desequilibrio interno que no se ve en el PIB sectorial ni nacional sí se ve en la emigración a Estados Unidos, en la pobreza extendida y exacerbada, y en el clima de inseguridad y violencia que hay en la mayor parte de las zonas rurales. Pero no sólo, en economía y en política los errores no sólo quedan en un libro de cuentas a la manera de un déficit sino se traducen en penurias que buscan salida y rezagos que se acentúan haciendo más difíciles las vías y los tiempos de superación.
El TLC no se entendió y menos se asumió pues no sólo era un mecanismo de impulso al comercio exterior era, de este lado, un asunto de tomar los tiempos de desgravación como espacio para aplicarse en reformas estructurales de la capacidad productiva que por supuesto incluye a las personas y más, pero el pragmatismo de los resultados y la politización vertical entendida como carrera de profesionales de la meritocracia, se fueron a ciegas, siempre procurando resultados positivos de presupuesto y exportaciones, crecimientos del PIB y números de productores en general y tapando el sol con un dedo.
El discurso contestatario se patinó, el gobierno se enredó en su pragmatismo y el de hoy parece menos que eso, porque decir que haría lo mismo que ya se hizo, está peor porque 20 años después, los exitosos ya no tienen el mismo margen y ellos mismos lo saben, las posibilidades de éstos y las de la agricultura nacional precisan de los pequeños productores y de la mayor parte de los medianos porque en principio son los dueños de la tierra y porque son muchos, y no suena tan simple como “concesionar” y otros trucos que se quieren esgrimir para burlar el tema agrario, o prefieren darle mantenimiento al problema por la vía de maicear a los pobres, reclutar autodefensas, y acotar usos y costumbres y caracoles, esperando el relevo generacional.
La oportunidad de una reforma para el campo debe alejarse de la posibilidad de una concesión político-discursiva que se entrega para que no digan que pervive el abandono del los campesinos, tampoco puede quedar sujeta al “productivismo eficientista” de los grandes productores porque esa vía ya se cursó con los resultados de una balanza deficitaria, una pobreza extendida y un proliferación de la inseguridad y el crimen organizado. La reforma tendrá que apuntar en dirección de un presupuesto progresivo y un cambio de las reglas del juego (marco legal). El momento es diferente porque el campo no aguanta más y los precios de los alimentos, los minerales, los energéticos y la tierra ya son diferentes y son superiores al doble de cuando se pregonó el discurso de las ventajas comparativas en el auge neoliberal de los países desarrollados, pero en la crisis de éstos y el ascenso de los países emergentes el mundo es otro, la oportunidad es otra.
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