Proyectan espiritualidad videos del nuevo Museo de las Culturas Pasión por Iztapalapa
Agencia Reforma
Ciudad de México
Hay un discurso que atraviesa las decenas de fotografías, los sonidos de la calle y los videos que se proyectan en el nuevo Museo de las Culturas Pasión por Iztapalapa. Se trata, afirma Martha Papadimitriu, de la espiritualidad de la población, sus pasiones y conflictos así como sus resistencias y luchas cotidianas.
La museógrafa considera que eso se refleja en este recinto, cuya construcción -presupuestada 2007 en 28 millones de pesos y luego cancelada y vuelta a planear con 12 millones- por fin ha concluido y será inaugurado el próximo jueves a las 20:00 horas.
En nuevo museo, en Ermita 100, al pie del Cerro de la Estrella, contiene obras de 73 autores, entre fotógrafos, artistas plásticos y videoastas. En enero pasado, cuando se presentó en este diario, se anunció la inauguración para febrero.
“No quisimos forzamos su conclusión hasta que lo tuviéramos al cien por ciento. Además, como noticia de Semana Santa ya teníamos la Declaratoria”, señala el coordinador de Difusión Cultural de la Delegación, Gerardo Carrillo.
El martes pasado, la escenificación de la Semana Santa en Iztapalapa, de 169 años de antigüedad, fue declarada Patrimonio Cultural Intangible de la Ciudad de México. Esto demuestra la riqueza de Delegación más poblada, a decir de Papadimitriu y Carrillo.
Era necesario poner de manifiesto esa riqueza porque el primer proyecto, el de 2007, contemplaba sólo la Semana Santa. En el nuevo Museo, cuyo recorrido de tres pisos es circular, existe un sentido religioso pero relacionado con las pasiones diarias. Se muestra el caos de las calles, el vía crucis cotidiano, los personajes que padecen las inundaciones o la falta de agua, pero que resisten creando una cultura que busca ser muy propia.
“Este museo muestra lo equivocadas que estaban esas expresiones de que Iztapalapa era el traspatio de la Ciudad, la nota roja”, dice Carrillo.
En el recorrido sobresalen, además de la Sala de la Pasión con una Cristo sangrante y una vitrina con espinas de cruz del árbol del convento, una sala roja con un plano de la Delegación grabado en el piso, una vitrina con una maqueta de simbólica de Iztapalapa, una línea de 60 metros de fotos de las calles y, en la parte final, un espejo de obsidiana para que se identifiquen los pobladores de Iztapalapa que, en su mayor parte, un 85 por ciento, llegaron aquí en los últimos 70 años.
“El museo o centro de la diversidad cultural se convierte en un espacio de provocación para las personas visitantes, para verse a sí mismas o para ver a los otros, para ver lo que nos gusta y lo que no, para hacer visible lo que está frente a nosotros, pero que no queremos ver”, a decir de Martha Papadimitriu.




