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Fernando Lasso Echeverría

El Plan del Zapote: un mito del historial guerrerense

*Los promotores del Plan del Zapote en lo que menos pensaban al levantarse en armas era en repartir tierras a los campesinos. Todos buscaban el poder, al cual Díaz nunca les había dado acceso. Esa fue la única motivación del famoso Plan: la ambición política de caciques locales que ansiaban el mando estatal.

En los inicios del siglo XX, la situación socioeconómica de la población del estado de Guerrero era insoportable, como en la mayoría de las entidades federativas del país; el privilegiado bienestar económico logrado en algunos estados de la república durante el porfiriato, nunca llegó a éste. Sin embargo, no fue el subdesarrollo existente lo que desencadenó protestas sociales en contra; el descontento estaba provocado fundamentalmente porque los gobernantes que tenía el pueblo de Guerrero no eran nativos del estado, e impuestos por el gobierno porfirista, mantenían fuera de la administración pública a los políticos locales; ellos fueron precisamente los que se inconformaron en repetidas ocasiones.
Este ambiente entre la población burguesa del estado crea –a fines del siglo XIX– una activa campaña en contra de Antonio Mercenario, el cubano/español que gobernaba Guerrero, en la cual se vieron involucrados varios jóvenes intelectuales guerrerenses, entre los que destacaba el médico, poeta y periodista cutzamalense Eusebio Santamaría Almonte   –bisnieto del general Morelos– quien en Cuautla cofundó –junto con el abogado igualteco Salustio Carrasco Núñez– un periódico de oposición llamado El Eco del Sur, destinado a atacar al gobernante guerrerense que intentaba reelegirse y –ante la falta de políticos locales distinguidos, que figuraran como líderes populares– lanzan desde la ciudad de México la candidatura del terrateniente y político porfirista segundón, Rafael Castillo Calderón, a fines del año de 1900, en abierta oposición electoral a la reelección de Antonio Mercenario; integraban también este grupo opositor, Blas Aguilar, Francisco Parra, Remigio Mateos, Porfirio Jiménez y el ranchero mochitleco Anselmo Bello, quien comandaba a cerca de 100 hombres armados, sobre todo de Mochitlán y lugares circunvecinos. Pero Mercenario gana las elecciones en forma fraudulenta, y este hecho provoca protestas notables en grupos poblacionales de la mayor parte de la entidad, situación que obliga a Díaz a solicitar la renuncia a Mercenario, quien dimite el 15 de enero de 1901.
Sin embargo, Díaz, obcecado en impedir que Guerrero fuera gobernado por un político originario del estado –al parecer, con la finalidad de controlar los cacicazgos locales y las luchas de grupos que habían viciado la historia local– envía ahora a un poblano como gobernador interino, llamado Agustín Mora. Al llegar el relevo de Mercenario, el grupo político de Castillo exige nuevas elecciones, pero Mora después de algunos meses en el poder como interino, se niega prácticamente a un proceso electoral limpio, rechaza a Castillo como contendiente, y se elige libremente para el siguiente periodo de gobierno; la ausencia de diálogo, y la falta de reconocimiento a los derechos políticos de la población, que derivaron en la elección de Mora, provocan una gran inconformidad que desencadenó oposición franca en el estado, motivada fundamentalmente por el enfado de los guerrerenses por seguir siendo gobernados por fuereños, hecho que desembocó en el mal llamado “primer movimiento armado del siglo XX contra el gobierno de don Porfirio”, inocente rebelión que pretendía hacer llegar al poder estatal a Castillo Calderón, iniciada en abril de 1901  –poco después de la toma de posesión de don Agustín– conocida con el nombre de Plan del Zapote. Y la llamo inocente, porque la amenaza militar planteada en ella era mínima e insuficiente, y porque los dirigentes del movimiento se tomaron la imprudente molestia de avisar previamente a las autoridades locales y federales de lo que iban a hacer.
Esta revuelta –encabezada por don Anselmo Bello, cacique regional de la población de Mochitlán– tuvo poco eco en el resto del estado, fundamentalmente porque sus integrantes –empezando por Castillo Calderón– no eran conocidos en Guerrero, a pesar de que éste se había desempeñado un tiempo como secretario de Gobierno de Otálora Arce, y por otro lado, Bello realizó mínimas actividades previas y formales de proselitismo en el resto de las regiones del estado antes del levantamiento; por ello, el Plan del Zapote sólo provocó discretas repercusiones en Quechultenango, Atoyac, y Tlalchapa, a pesar de que en el texto de este documento –en su inciso 12– se dividía fantasiosamente al estado en tres Departamentos Militares, al mando de comandantes (inexistentes en ese momento) que serían nombrados por los mismos pueblos y asumirían la responsabilidad de defender –de ser necesario, dice el escrito– los principios del Plan; líneas arriba, en el inciso 5, se preocupaban los autores del “aguerrido” texto de que el Plan se remitiera (antes de entrar en acción) a los “supremos poderes” locales del estado, para su conocimiento, y en el 6, también se lo hacían saber a los Supremos Poderes Federales, pero en este punto, tuvieron el cuidado de aclarar, que lo hacían “respetuosamente”.
Al día siguiente de haber entrado en acción el Plan del Zapote, Castillo Calderón –desde la ciudad de México– se apura a enviar una carta al gobernador Mora, en donde intenta justificarse con el gobernante, haciéndole notar que para él fue una sorpresa el movimiento armado y que regresaría de inmediato a Guerrero para intentar volver las cosas a su estado normal. Le hacía hincapié a Mora en su carta, que siempre estuvo a su disposición, y que le recordaba “que le había pedido que se sirviera ordenarle en lo que pudiera servirle, con los pequeños elementos de los que podía disponer”, “pero tuve la pena de que Ud. nunca me dijera nada”, continuaba diciendo en el texto Castillo Calderón. Luego, le decía a Mora en su carta que los asuntos políticos habían asumido un carácter grave sin su conocimiento, y que se esforzaría en impedir que sus efectos fueran desastrosos, cuidando especialmente a toda costa, que su persona (la de Mora) salga enteramente ilesa. Obviamente, lo que Castillo Calderón buscaba era más bien, que fuera la suya la que saliera del problema sin daño alguno.
Lamentablemente, el gobierno federal sí tomó muy en serio la rebelión, y después de breves escaramuzas, fue reprimida brutalmente por las fuerzas militares federales enviadas por Díaz, comandadas por el entonces coronel Victoriano Huerta al frente, quien fusiló sin ningún juicio               –principalmente en Mochitlán– a más de 50 personas –entre rebeldes y algunos familiares de éstos– con lo que logró terminar con el movimiento y dispersar a las pequeñas fuerzas rebeladas, cuyos integrantes huyeron del estado de Guerrero para salvar sus vidas. Por otro lado, el hecho de que este movimiento haya tenido como abanderado a Rafael Castillo Calderón, un acaudalado ranchero terracalentano y político porfirista mediocre y desconocido en el estado, que prácticamente “vivió” la rebelión desde la ciudad de México, no ayudó mucho a esta revuelta; este político, simpatizante del régimen porfirista, que en realidad sólo aspiraba ascender al poder político sin proponer cambios sociales ni agrarios, se desenvolvió después como antimaderista y luego fue partidario apasionado de Victoriano Huerta, cuando éste se posesionó de la Presidencia.
Al fracasar la rebelión, se inicia entonces la persecución de los implicados por la maquinaria gubernamental del Estado. Muchos de los involucrados en el movimiento huyeron de Guerrero hacia la capital del país; sin embargo, de los que se fugaron, no todos tuvieron suerte. El doctor Eusebio Santamaría Almonte –después de sofocada la llamada rebelión castillista– intentó escapar de las fuerzas federales hacia México, pero denunciado por un vecino fue capturado en Mezcala –en donde pernoctaba– y fusilado sin mayores trámites junto con su anfitrión Eliseo Ramírez, en el Cañón del Zopilote. Castillo Calderón fue apresado en la ciudad de México, pero a instancias del diputado Guillén, y de la misma esposa de don Rafael ante don Porfirio, fue expulsado del país primero, y luego, perdonado y nombrado Juez de Distrito en Chihuahua, condicionado a no volver a poner un pie en el estado de Guerrero.
Es pues claro que en contra de la opinión de muchos historiadores locales que lo llaman “el primer movimiento armado en contra de la dictadura de Porfirio Díaz”, y a sus participantes “los primeros mártires de la Revolución Mexicana”, el Plan del Zapote encabezado por Anselmo Bello, no fue tampoco –al igual que el de Canuto Neri– un movimiento armado contra el gobierno federal, ni tuvo nunca fines agraristas como lo afirmó –sin dar fuentes al lector– don Moisés Ochoa Campos en su Historia del Estado de Guerrero publicada en 1968, y han repetido múltiples autores que han escrito sobre el tema posteriormente, tomando como base de su texto este libro.
Como se mencionó líneas arriba, un ejemplar original del plan político proclamado en Mochitlán, fue enviado al C. Presidente de la República, por los mismos autores, signado por el presidente municipal de Mochitlán, don Porfirio Jiménez y su secretario de nombre Juan (cuyo apellido no está claro en el escrito), distinguiéndose perfectamente en la primera hoja el sello del ayuntamiento correspondiente. Este documento se encuentra en el archivo que perteneció a don Porfirio Díaz, y que actualmente está en poder de la Universidad Iberoamericana, y del cual una copia fiel fue traída a Guerrero por el historiador e investigador Florencio Benítez, domiciliado en Iguala, quien gentilmente me la proporcionó. Los 17 incisos plasmados en este documento tienen un contenido netamente político local, pues desconocieron en ellos al gobernador en turno, y exigían sufragio efectivo en las elecciones que procedieran posteriormente; por otro lado, censuraban al Congreso local, por haber validado la reelección de Mercenario y manifestaban oposición abierta a la reelección en los puestos públicos; así mismo, es notorio que en ninguna parte del texto se menciona algún propósito de reparto de tierras. El terrateniente don Anselmo Bello, dueño de la hacienda de Nejapa –al igual que los Figueroa Mata 10 años después– en lo que menos pensaba al levantarse en armas era en repartir tierras entre los campesinos. Todos buscaban el poder, al cual Porfirio Díaz nunca les había dado acceso. Esa fue en realidad, la única motivación del famoso Plan del Zapote: la ambición política de caciques locales que ansiaban el mando estatal, no el reparto agrario, y mucho menos, el cambio del gobierno federal.

Presidente de Guerrero Cultural Siglo XXI.

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