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Federico Vite

Cosa nostra

 

La novela negra italiana reúne autores míticos como Giorgio Scerbanenco y oficiantes de lujo: Cario Emilio Gadda, Umberto Eco o Leonardo Sciascia. Ellos han trabajo con bastante fortuna en las honduras de este subgénero, incluso han creado subgéneros del subgénero. Tomando como base la categoría de thrillers, los italianos dieron inusual fuerza a los detectives privados y los antihérores; mezclaron el caldo de cultivo del canon hasta derivar en libros al estilo hard boiled, whodunit, cozy, serial killer. Lo atractivo de todo esto, aparte del disfrute de la lectura, es reflexionar sobre cómo sacan de la realidad los argumentos de sus libros.
El Negro (Mondadori, 2000, 141 páginas), de Giuseppe Ferran-dino es una novela negra de culto. Originalmente publicada en 1993 en Italia, pero prácticamente ignorada. En 1998, la prestigiosa editorial Gallimard acerca a los lectores franceses este libro protagonizado por Pericles y llama la atención de los especialistas en el género y la fama de El Negro comienza.
Se vende a montones la novela y, como si agacharan la cabeza los italianos, reeditan la obra de Ferrandino en Adelphi, empresa comandada por Roberto Calasso, un monstruo literario con gran olfato para encontrar autores singulares.
El protagonista, alguien a quien los demás consideran un idiota, es uno de esos soldados que utilizan los mafiosos para dar un aviso; no es alguien que liquida gente, sólo la humilla. Su trabajo consiste en ir con la persona señalada y violarla. Pericles se encarga de eso, de hacerlos sufrir porque no cumplieron lo estipulado por el jefe: Luigino Pizza. El problema es que Pericles entra a una iglesia para meter en cintura a un cura perspicaz que ha soltado la lengua en sus sermones, pero se?topa con la hermana de otro mafioso local, la monja Signorinella, y, sin entender por qué se pone nervioso, comete el peor error de su vida. No hay vuelta atrás, tiene que huir de Nápoles porque la camorra lo matará ejemplarmente.
La prosa de este hombre nacido en Ischia, caracterizada por el recurso del punto y seguido, es directa. Hay muy pocas oraciones largas, pareciera que El negro es parte de un reportaje para un periódico. Los hechos son lo único importante. Y aunque breves, son intensas las oraciones, lancetazos que va enhebrando Pericles, quien piensa con poca claridad, pero actúa rápidamente. El negro es una historia redonda, sin pirotecnia, en la que de la mano de un mafioso limítrofe se muestran algunos claroscuros del alma humana. La única manera de comprobar que de verdad hay mucho trabajo en la prosa es justamente cuando parece fácil y la historia prácticamente corre sola, sin interrupción alguna. Tal vez a eso se refería Leopardi al hablar del estilo, señalaba que la velocidad y fuerza de la prosa está en transmitir emociones sin obstáculos. Y eso descubro en este libro.
En 1999, Ferrandino publicó Il rispetto (ovvero Pino Pentecoste contro i guappi),?El respeto: (o Pino Pentecoste contra los guapos), novela en la que aparece el singular detective Pino Pentecoste, encargado de lidiar contra la camorra napolitana. Me llama la atención de Ferrandino que recurre al monólogo con frecuencia. Pino, por ejemplo, pasa la mayor parte del libro en una habitación. El autor densifica la neurosis y las cavilaciones del protagonista; ya los adictos a la novela negra sabrán lo complicado de este recurso, en especial porque no hay un despliegue de?peripecias violentas, de acción pues, sino porque la intensidad del relato deriva y corre por la mente del detective que busca la manera de entender por qué es importante el respeto. “Sin respeto no es posible confiarse al otro, nos hay forma de conocer las intenciones de nadie”, refiere el propio Pino.
Antes de comenzar su trabajo como escritor, Ferrandino estudió medicina en la Universidad de Nápoles. Actualmente vive en Roma, pero pasa largos periodos en Chicago. Su formación ha sido durante su trabajo como guionista de cómics. Aparte de las novelas negras, ha escrito Lidia e i turchi, una fábula hecha por encargo para la editorial Mondadori. Suele no dar entrevistas, prefiere hablar de cómics. No teoriza sobre la importancia de la novela criminal. Escribe de esos hombres que se sienten a sus anchas en los barrios bajos, en los mundos oscuros, donde la idea de justicia es extravagante, ambigua y casi siempre funesta.

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