Anituy Rebolledo Ayerdi
Cómo han pasado los años (XIII) Los cuarenta
El Río de la Plata
Las campanas de la parroquia de La Soledad tocan a rebato aquel 18 de agosto de 1944. Así lo han hecho durante siglos para alertar a la población ante la amenaza de peligros graves. Los acapulqueños, también como siempre, se ponen de pie para enfrentar unidos y solidarios una nueva calamidad. Desde cualquier punto de la ciudad es posible ver una gruesa columna de humo denso y amenazador. Emerge de una embarcación anclada en la bahía para elevarse verticalmente pues no sopla una brizna de brisa.
Trepados en el nunca mejor llamado anfiteatro de Acapulco, los habitantes del puerto (29 mil en el censo de 1940) observan acongojados la “ardentía” de un enorme barco en el centro de la bahía. Se trata del argentino Río de la Plata cubriendo cruceros turísticos entre su país y Los Ángeles, California, con escalas en este puerto. Los acapulqueños hacen de la “quemazón” un espectáculo porque ya saben que en la nave no permanece ningún pasajero o tripulante. Y es que fue notorio el desalojo de los mismos bajo el argumento de combatir una plaga de ratas.
Testigos más cercanos al siniestro son necesariamente los pasajeros. Más de doscientos de ellos ocupan toda la playa sobre la que más tarde se vaciará el concreto del malecón actual. Las mujeres lloran desconsoladas imitadas por los muchos menores, ateridos. Los señores, por su parte, lanzan toda clase de imprecaciones exigiendo la presencia del “cornudo Capitán”.
El alcalde Enrique Lobato Cárdenas, de oficio orfebre (“oreros”, se les s decían aquí), hace lo único que está en sus manos. Notifica telegráficamente el suceso al gobernador, general Rafael Catalán Calvo, quien hace lo propio con el presidente de la República, general Manuel Ávila Camacho y éste a su vez al secretario de Marina, general Heriberto Jara. México era entonces un pais beligerante. El propio presidente Ávila Camacho había declarado la guerra dos años antes a las potencias del Eje Berlín-Roma-Japón,
El Río de la Plata con 180 metros de eslora y capacidad para 400 pasajeros (258 en primera clase y 146 en tercera), formó parte de un lote de embarcaciones vendido por al gobierno italiano al argentino, remontándose su botadura a 1923 con el nombre de Principessa María.
¡Hundan el Río!
Consumado sin mayores problemas el desembarco, el capitán se comunica con su superioridad naval. Informa alarmado que tres acorazados estadunidenses permanecen enfilados frente a la bocana del puerto. Manifiesta su temor de un ataque por parte de los gringos para apoderarse de la nave. No obstante que era imposible confundir al Río con una nava beligerante. Su nombre, el de su país y la bandera del mismo cubrían con grandes caracteres todo babor y todo estribor. Será entonces cuando se produzca la orden insólita, dramática de ¡“hundan el Río, no debe caer en manos de los norteamericanos! Una orden que solo pudo haber salido de la Casa Rosada, sede de los poderes federales argentinos, y por ese motivo acatada por el capitán del crucero.
Rechazada en un primer momento, por absurda, la versión del incendio provocado, ésta será confirmada por los mandos navales de Acapulco. Denunciarán acciones violentas por parte de los marinos argentinos cuando un remolcador mexicano pretende llevar la nave hasta la base naval de Icacos, donde se facilitaría la extinción del fuego Apenas enganchada la nave al remolcador, sus tripulantes la inmovilizan lanzando una segunda ancla, procediendo enseguida a la inundación de las bodegas.
Los pasajeros
Amanece el 19 de agosto y los pasajeros del Río de la Plata continúan en la playa si despegar la vista de la enorme columna de humo que anuncia el fin de la embarcación. Muchos de ellos son presa de una mezcla explosiva de pánico, angustia y dolor. Solos, dejados a su suerte por la tripulación, se acercan a los lugareños suplicando ayuda. Son comunes las solicitudes de alquiler de lancha o canoa para acercarse a la nave en llamas. “¡Mi cofre con joyas vale millones, pago lo que me pidan por salvarlo!”, clama una anciana con llanto desgarrador.
¡Ni loco!, ¿qué tal si el barco explota?, responde un lanchero de La Candelaria.
¿Explosión? Aquí es cuando nace una de las muchas leyendas en torno a un cargamento bélico en la panza del barco de pasajeros, haciendo crecer la crispazón entre aquellos hombres y mujeres implorando el rescate de sus bienes dejados en la nave. El jefe de una familia brasileña ofrece a gritos a una recompensa de 50 mil dólares para quien salve un cofre dejado en su camarote.
Advierte que no se trata de joyas sino las cenizas, títulos y medallas de un ancestro prócer de aquel país, rescatadas apenas por sus descendientes.
El arribo al puerto del embajador de Argentina en México devuelve en gran medida la tranquilidad de los forzados náufragos. Les asegura el pronto retorno a sus lugares de origen y el apoyo oficial para los reclamos que tuvieren que hacer a la compañía naviera. Personal de la secretaría de Relaciones Exteriores, a cargo del paisano Ezequiel Padilla Peñaloza, atiende con gran diligencia a los varados y les ofrecen facilidades para su libre tránsito por el país.
¿Oro del Tercer Reich?
El Río de la Plata arderá durante tres días y tres noches para luego ser engullidas sus 18 mil toneladas por las aguas de la bahía. Es depositado suavemente sobre un lecho marino de 30 metros de profundidad, frente a Punta Guitarrón (latitud 15°5.2´ norte, longitud 99° 5.2´oeste). Ahí permanece su cascarón después de tantos años de exploraciones por parte de buzos mexicanos y extranjeros. No obstante, la embarcación sigue negándose a entregar su más preciado tesoro. Habla una de muchas leyendas de un cargamento de centenares de barras de oro del tesoro alemán. Viajarían para ser depositadas en bancos argentinos donde reposarían hasta el renacimiento del Tercer Reich. Para entonces sus herederos ya tomarán mate y bailarán tango.
El yate Sotavento
Terminado el conflicto europeo, el presidente Miguel Alemán adquiere un yate al que bautiza como Sotavento, modestísimo comparado con el de algún jeque árabe o millonario gringo. Lo habría justificado presupuestalmente como instrumento de relaciones públicas y para el cumplimiento cabal de las importantes tareas náuticas del ejecutivo federal. Construido en astilleros de Nueva Orleans bajo la supervisión del secretario de Marina, Luis Sachaufelberger, y un costo de 600 mil dólares. Medía 56 metros de eslora por 9,30 de manga y desplazaba 503 toneladas. Un día de marzo de 1947 los acapulqueños amanecen con la novedad de que tienen un presidente marinero, como Popeye, el Marino de las caricaturas, y que su barco fondeará en el puerto.
La célula local del Partido Comunista Mexicano, encabezada en el barrio de La Candelaria por Emeterio Deloya y Carmen Cortés, considera tal compra “un insulto para la histórica “juaneación” de los acapulqueños”. Por su parte los socios de la Banca del Zócalo (ágora deslenguada, insobornable y a veces irrespetuosa), hace una sugerencia al presidente Alemán: “Saciar sus ansias de marinero en alguna trajinera de Xochimilco, Sotaventinha” o como quiera llamarle, más segura y menos onerosa para la Nación”.
El mandatario veracruzano, en opinión del cronista Carlos E. Adame, era un apasionado del mar. Razón de sus frecuentes viajes al puerto para navegar en el Sotavento. Unas veces lo hará a Zihuatanejo y otras a Puerto Escondido, Oaxaca, nunca solo. Acompañado por la familia, empresarios, personalidades extranjeras, artistas, colaboradores, amigos y muchas damas. Alemán, según una vana presunción del sector varonil de México, era un “castigador nato”, un galán irresistible, un garañón insaciable al que ninguna se le iba viva”. Su sonrisa era la del millón.
Hablando de damas en el Sotavento, ellas llegaban al muelle buscando siempre el anonimato, cubiertas con amplios sombreros de palma y lentes oscuros. Pretensión inútil por lo menos en los casos de María Félix , por su andar de reina, y el de Leonora Amar. Brasileña apiñonada, 1,69 de estatura, rostro angelical, enormes ojos verdes y formas armónicas y rotundas. Y por si algo faltara, el apelativo Amar al que hacía honor a la menor provocación.
Leonora Amar
Será ella, Leonora, la responsable de atentar contra la armonía y felicidad de de la gran la familia mexicana. Todo por indiscreta. Divulgará, entre quienes quieran escucharla, su relación sentimental con el simpático Michelito. Provocará tal deslenguamiento una verdadera conmoción en los pasillos del Poder. Razones de seguridad nacional, esgrimen algunos, oues se trata de una mujer extranjera. Con todo y que se tenía asegurado el silencio de los periódicos, algún consejero del corazón presidencial urgirán terminar con la fuente misma del mitote. ¿Matarla?, ¡No! ¡Solamente echarla del país! La pregunta del propio mandatario de ¿no les parece una medida exagerada?, obligará el cambio de planes. La dama del conflicto, en tanto, seguía derrochando belleza, gracia y estilo en el Ciro’s, del hotel Casablanca.
Alguien del mismo círculo íntimo del “PA” (poder absoluto), donde nunca faltan los alcahuetes, los correveidiles e incluso los mariposones, propone la solución ideal; ¡buscarle marido a la brasileña! Gran boda por la iglesia, fiesta elegantísima y harta publicidad en los medios. El propio proponente se ofrece para buscarle novio a la brasileña y pide ayuda para organizar el banquete y la luna de miel en Acapulco, faltaría más.
Y las campanas nupciales tocan dos semanas mas tarde.. Y es que se trata de salvar al Presidente Alemán de los reproches de la Primera Dama y de que su nombre sea objeto de chistes colorados. En efecto, Leonora Amar llega un domingo a la iglesia de la jaisosaity capitalina. Luce más hermosa que nunca, sus grandes ojos parecen lanzar destellos verdes sobre el altar y su vestido traído de París provoca comentarios de envidia entre las asistentes. Minutos después arriba al lugar el novio y la sorpresa será mayúscula cuando se le identifique como el actos argentino Luis Aldas, pasadito de peso y sin chiste, en opinión de dos madrinas.
Pero los detalles de la boda y lo que siguió, lo dejamos en manos de Paty Chapoy y Pepillo Origel.
Alm-Ike
Contra los 58 metros de largo del Sotavento estaban los 144 metros del yate Abdul Aziz, del rey Farad de Arabia Saudita. Si bien coincidían sus cabinas decoradas con madera de teca, el yate árabe las superaba con añadidos de ébano. Cinco los pisos de la nave saudí, dos de la mexicana. Los herrajes del Sotavento comprados en las ferreterías Trani y Muñuzuri, Las puertas del Abdul poseían manijas de plata, los grifos del agua de oro macizo y las bañeras de lapizlázuli. Olímpicas sus dos albercas.
Con todo, ninguno de aquellos palacios flotantes fueron abordados por el héroe de la Segunda Guerra Mundial, general Dwigt Eisenwoer, entonces presidente de los Estados Unidos. Invitado por el presidente Adolfo López Mateos, platican a bordo de la embarcación que recorre la bahía. El mandatario militar oye absorto al mexicano aunque en realidad no lo escucha. Absorto en el esplendor y belleza de la bahía de Acapulco, el general de cinco estrellas imagina como acomodar en ella, perfectamente alineaditos, a todas las unidades de la poderosa Séptima Flota del Pacífico. “Si caben”, musita para sí.
Los capitanes
Fueron capitanes del Sotavento el almirante Mario Rodríguez Malpica, el oceanógrafo Héctor Argudín Estrada, Eugenio Villalobos, Ramón Torres Rosas, Héctor Ramírez de Arellano, Ortiz de Zárate y Medina y Luis Carlos Ruano Angulo. Este último, secretario de Marina en el gabinete del presidente Salinas de Gortari.
Los presidentes
El presidente Adolfo Ruiz Cortines abordó dos o tres veces el Sotavento hasta descubrir que se mareaba. Gustavo Díaz Ordaz no lo abordará nunca por temor a un naufragio sin él saber nadar. Ordenará finalmente destinarlos a estudios del mar en calidad de barco oceanográfico.
El Sotavento deja de ser el yate presidencial el 1 de febrero de 1974, luego de más de 20 años de servicio y de formar parte del paisaje de la bahía amarrado en el malecón, frente a la plaza Álvarez.




